COLUMNISTAS CUMBRE DEL G7

Rusia, de nuevo en el centro del escenario global

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Después de dos décadas de declinación en la arena mundial, Rusia ha regresado al lugar central que corresponde a su inmensa geografía, su historia de gran potencia, sus fabulosas reservas energéticas, su arsenal nuclear y su veto en el Consejo de Seguridad. El conflicto con Ucrania, lejos de resolverse, sigue desarrollándose. La última manifestación tuvo lugar en la última cumbre del G7, en Alemania, donde los líderes occidentales mostraron su perplejidad sobre cómo actuar ante Rusia y su líder.
Como escribió George Friedmann: “los conflictos geopolíticos tienden a repetirse”. Ucrania es un país que oscila entre Europa y Rusia. El sur y el este del país es habitado por una población rusa o prorrusa, mientras que el oeste sueña con ser admitido en la Unión Europea y convertirse en miembro de la OTAN. Ha vuelto a ser uno de los ejes del conflicto de poder que enfrenta, en una suerte de reedición de la Guerra Fría, a Occidente con Rusia.
 La rica Ucrania, con sus productivas praderas, está asentada en el espacio ex soviético, un área de influencia al que Moscú no desea ni puede renunciar. Ucrania convive con esta realidad inexorable. Su gigante vecino, desde los zares hasta hoy se ve a sí mismo como un vasto territorio sometido al real o potencial ataque de fuerzas extranjeras. Convicción que se ha visto reafirmada, en los últimos dos siglos al menos dos veces: con la invasión napoleónica de 1812 y la de la Alemania nazi en 1941. Para Moscú el cinturón de seguridad constituido por las repúblicas ex soviéticas no es un terreno con estados plenamente soberanos, sino la zona de influencia de lo que los rusos llaman el extranjero cercano (Near Abroad).
 Cuando en los años ‘80 Gorbachov impulsó el abandono ruso de Europa del Este y la renuncia a la “doctrina Brezhnev” se convirtió en un héroe en Occidente, pero se se ganó el desprecio infinito de sus conciudadanos. Después de la caída del Muro de Berlín y la disolución del imperio soviético, Occidente se entregó a la imprudente política de expandir la OTAN a las naciones ex integrantes del Pacto de Varsovia. Una Rusia debilitada aceptó la humillación. Pero en los años 2000 el mundo volvió a cambiar: el aumento del precio de las commodities energéticas y el fuerte liderazgo del presidente Putin, pusieron a Rusia nuevamente en la primera línea de los acontecimientos mundiales.
Occidente optó entonces por un camino errático, contraproducente y riesgoso. Promovió revoluciones de colores en Ucrania, Georgia y otras ex repúblicas soviéticas y las invitó a formar parte de la OTAN, en una actitud provocativa para con Moscú.
Putin calificó entonces a la caída de la URSS como el mayor error geopolítico del siglo y Occidente lo convirtió en la “bestia negra” del sistema internacional y desperdició la oportunidad que éste brindó al comienzo de su gobierno de construir una agenda de cooperación con gestos concretos como el cierre de las bases rusas de Cuba y Vietnam, o George Bush después de los atentados masivos del 11 de septiembre de 2001.
 Demonizando a Rusia, las potencias occidentales consiguieron lo contrario a lo que buscaban, porque la llevaron a solidarizarse con Siria, Irán y Venezuela. En términos talleyrandianos, podríamos decir que Occidente “olvidó todo y no aprendió nada”. El autor de la doctrina de la “contención” de la Unión Soviética, el afamado diplomático George Kennan, recomendó no provocar inútilmente a la dirigencia del Kremlin y propugnó siempre “dejar una puerta abierta” para salvar la dignidad del liderazgo ruso.
 Los intereses permanentes de Occidente, es decir la preservación de los valores de los derechos humanos, gobiernos limitados y economías abiertas, serán mejor atendidos por liderazgos que procuren entender qué opciones son las más beneficiosas dentro de un mundo que es como es y no como pretendemos que sea. 

*Profesor de Política Exterior, colaborador de la Fundación DAR.



Mariano Caucino