COLUMNISTAS RELACIONES BILATERALES

Rusia renovó el cortinado

Cómo impacta en la política internacional el contacto personal de los diplomáticos. Los trascendentales encuentros de Frondizi y Kennedy. El impulso de Putín, entre el pasado soviético y el esplendor de los zares.

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El empalme entre los planes de un presidente argentino – Arturo Frondizi– y los de uno norteamericano –John Kennedy–, que se materializó en Palm Beach en la Navidad de 1961, encuentra una primera explicación cuando se consideran las dificultades políticas con las que ambos tenían que lidiar en sus respectivas arenas domésticas, las que necesitaban neutralizar mediante acciones diplomáticas que tuviesen un claro impacto.
El norteamericano necesitaba que su electorado pudiese creer en su intención de abandonar la política del “Gran Garrote” (big stick, así definida por el presidente Teodoro Roosevelt en 1901), porra de notoria ineficacia después del bochornoso fracaso de la invasión a Cuba. Uno de los argumentos de convicción consistía en reunirse con líderes latinoamericanos de países relevantes que respaldaran su flamante iniciativa de la “Alianza para el Progreso” (inversiones norteamericanas para mejorar “la vida de todos los habitantes del continente”).

Por su parte, Frondizi tenía que dar a la relación con el norteamericano un relieve tal que mitigara el efecto que provocó en los medios conservadores de Buenos Aires su cauto encuentro con el Comandante Ernesto Guevara, así como su reunión en Uruguayana con Janio Quadros, su par del Brasil, quien había hecho sus presidenciales con una escoba para “barrer la corrupción”, enarbolando el lema a campanha do tostão contra o milhão (“la campaña del centavo contra la de los millones”).

Los dos presidentes, Frondizi y Kennedy, compartían en 1961 una mirada moderna y pragmática del mundo, y en ese sentido (usando la nomenclatura actual) se los podría catalogar como “progresistas”.
Pero además de la coincidencia en el tiempo de dos políticos con necesidades y enfoques convergentes, las relaciones entre la familia Kennedy y la del canciller argentino Miguel Ángel Cárcano, fueron un elemento que ayudó para que la visita se materializara en el lugar y la intimidad informal que nimbó la atmósfera de aquella víspera de Navidad.

Cárcano y familia mantenían relaciones de amistad con los Kennedy desde 1938; en aquel entonces el padre del luego presidente Kennedy era embajador de los Estados Unidos en Londres, ciudad a la que llegó, también como embajador, Miguel Ángel Cárcano. La gestión de Joe Kennedy no fue de las más exitosas, ya que no era partidario de la guerra contra Alemania y así lo decía públicamente. Dos veces intentó obtener una reunión con Hitler, y a mediados de 1939 el presidente Roosevelt puso fin a su misión. Renunciar a la guerra, como se vio luego, no traería la paz.

Cárcano, en cambio, continuó en su puesto hasta 1943. Durante esos años los jóvenes Joseph (h) y John Kennedy conocieron a los Cárcano y siempre recordarían la hospitalidad que les brindó el embajador de Argentina.

Por eso, cuando el presidente norteamericano recibió un llamado de Cárcano diciéndole que era importante que se efectuase una reunión entre los dos mandatarios, quien le hablaba era el mismo que fuera colega de su padre y quien, ya de regreso a la Argentina, lo recibiese –finalizada la guerra– en su estancia de Ascochinga.

Lo que aquí interesa es marcar la incidencia que –como en este caso– tienen las relaciones personales para facilitar diálogos diplomáticos útiles al país. Frondizi era un intelectual con caudal político comprobado y tenía la característica de dar a la política internacional una cabida importante en una agenda por demás recargada por las casi imposibles condiciones de gobernabilidad que le creaban los círculos conservadores y militares de Buenos Aires. Kennedy también sufría de condicionamientos: al margen de su condición de católico y demócrata, se lo consideraba “demasiado liberal”.

Ambos presidentes fueron desalojados de sus sitiales antes de completar el mandato. Sabemos que Lee Oswald fue quien empuñó un arma que disparó contra JFK; lo que no sabemos (y no es probable que lo sepamos) es quién empuñaba a Oswald. También sabemos quién indicó a Arturo Frondizi que debía retirase de su despacho, pero lo que permanece en penumbras es la identidad de quienes dieron a los militares la orden de expulsión.

Hoy todo es diferente; evitaremos por ello la mención de las discrepancias más estridentes entre los dos países, sus presidentes y las configuraciones mundiales. Nos parece en cambio oportuno recordar el valor que ciertas formas profesionales agregan a la conducción de los asuntos internacionales. Formas poco o nada relacionadas con cuestiones de clase sino más bien vinculadas con el respeto tácito a ciertos modos de “juego limpio” y que nada tienen que ver con negar los durísimos choques que genera cualquier intercambio entre titulares de poder. Se trata más bien de reglas no escritas pero valiosas, que ayudan a evitar cruces mediáticos inconducentes. Ruidosos sopletes de esparcir hojas muertas.
Cuando en el film del mismo nombre, la reina Cristina de Suecia (Greta Garbo) le pregunta al embajador de España (John Gilbert), por qué los españoles hacen tanto alboroto a propósito de algo tan simple y elemental como el amor, añade: “Nosotros, los suecos, somos más directos”. Antonio (el embajador) replica: “Bueno, eso es civilización; o sea, ocultar lo elemental con algo de glamour”.

En suma, que en el mundo postnuclear y postfreudiano que se perfila, es aconsejable rodear de algunas formas civilizadas a las relaciones de poder. O, si se quiere, de evitar que todo encuentro bilateral se presente como un combate entre gladiadores, que es el formato de cobertura al que son tan afectas las redacciones de tantas mesas de edición. La reunión Frondizi–Kennedy en Palm Beach puede ser un buen ejemplo.
Hoy todo es diferente, decíamos. En veintiocho años, desde 1980 hasta 2008, nuestro consumo de información se ha incrementado en un 350%, informan los ensayistas Laurent Beccaria y Patrick de Saint-Exupéry. Se prevé que seguirá creciendo. “La ultraconexión es igual a la ultrainformación”, enfatizan. Tom Wolfe, periodista, escribe (Bloody Miami): “Ese anticuado medio de comunicación al que ya nadie con menos de cuarenta años prestaba atención, es decir, la prensa escrita”. La forma en que los jóvenes ven al mundo alrededor de ellos es creada por otros medios. Los jóvenes rusos encuentran en el teléfono móvil, el SMS, y la mezcla entre el idioma nacional y el inglés, cómo canalizar sus necesidades de identidad y de comunicación. ¿Puede haber consecuencias lingüísticamente hablando sin que las haya en la cultura? Cuestiones a tener presentes para calibrar ciertas iniciativas políticas.

En Moscú, durante la madrugada de octubre de 1613, los badajos de las campanas percuten notas de festejo: los invasores polacos han sido derrotados y la ciudad vuelve a ser rusa. Corolario de esa liberación es el ingreso de la familia de los Romanov al poder. El último, Nicolás II, fue asesinado en 1918 junto con los demás miembros de su familia.

Hoy, el presidente Vladimir Putin ha decidido reemplazar un feriado nacional evocativo de la Revolución de Octubre de 1917, por uno que celebre la entrada de los Romanov en la historia rusa. Putin restaura en el 2013 un repertorio aristocrático minuciosamente asesinado por los soviets en 1918. Al mismo tiempo, se inaugura en la Plaza Roja una estupenda exposición dedicada a los sucesivos mandatos de los Romanov.
Para evitar cualquier interpretación superficial, el presidente ruso ordenó la impresión de un nuevo conjunto de libros de historia. Su réplica a las críticas fue de manual de gulag: “Trato de reducir la confusión de los rusos sobre su propia historia”. En la exposición sobre los Romanov, algunos detalles sobresalen. Por ejemplo, los paneles luminosos táctiles que indican el crecimiento de Rusia en territorio, población y poderío económico bajo el reinado de cada Zar.

En reemplazo de la “Cortina de Hierro”, Rusia levanta una de bruma, reconstruyendo un pasado que dé vigor a su presente, estimule un nacionalismo embrionario y desaliente a aquellos gobiernos que piensen en desprender algún Estado de sus “bordes”. Hoy todo es diferente. Cualquier cosa es posible, excepto no pensar en las consecuencias de lo que ya no es igual.



Rafael Bielsa / Federico Mirré