COLUMNISTAS ISRAEL Y GAZA

Sangre, lágrimas, ruinas y psicosis

El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, defiende el derecho de Israel a defenderse de los cohetes de Hamas, pero no ignora que la situación en Medio Oriente deberá ser “administrada” por un tiempo.

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El 31 de agosto de 1997 –un día después de la muerte de Lady Di–, a las 4 de la madrugada, una veinteañera descubre tras una baldosa de su baño una caja con fotografías, juguetes y cromos que un niño había escondido cuarenta años antes. Toma una decisión: encontrará a su dueño y le devolverá sus alhajas.

La muchacha (Audrey Tautou) es la protagonista principal de la película Amélie, un arrasador éxito desde Francia hasta Japón, que se introdujo en la cultura a punto tal que existen itinerarios turísticos que muelen las calles del barrio parisino de Montmartre –escenario del film–, con escalas en la cafetería Les deux moulins, en la boca del subte Lamarck–Caulaincourt o en la Basílica Sacré-Cœur. Los japoneses son visitantes por excelencia de esta ciudad del séptimo arte con toldos rojo Tiepolo, sillas vienesas y bocacalles protegidas por arpilleras para que no las tapen las hojas muertas.

Así como no puede haber placer en la condición humana que no esté acechado por la posibilidad del padecimiento, también existe el llamado “síndrome de París” (pari shokogun, en japonés), un trastorno psicológico transitorio (alucinaciones, paranoia, hostilidad, despersonalización, mareos, taquicardia) producido por los fuertes contrastes entre el París imaginado (el de Amélie) y la realidad, donde conviven el bullicio metropolitano y el enérgico carácter de los habitantes. Una vez al año deben ser repatriadas tres decenas de japoneses víctimas de la aguda desilusión.

Acaso la cifra haya variado durante los pasados quince días de este mes. Los choques del sábado 19 y del domingo 20 entre pro palestinos y judíos (saqueos, incendios y destrozos) dieron un marco a la manifestación del 23, convocada bajo el lema “Paz en Oriente Próximo”. La ecuanimidad del convite no logró evitar que virara a una unánime protesta contra Israel, con proclamas como: “Israel, asesino; Hollande, cómplice”, “Hamas, resistencia; Palestina vivirá” o “Sionistas, fascistas, son los terroristas”, apenas interrumpidas por los aplausos que suscitó un grupo de judíos ortodoxos, que se añadieron tras un cartel que afirmaba “El sionismo es la desgracia de los judíos”.

En Francia viven unos 6 millones de musulmanes y 600 mil judíos que –a medida que Israel en Gaza enrojece el verano– amenazan contrariar lo dicho por el primer ministro Manuel Valls: “Nací en Barcelona (…). Mi lengua materna y paterna es el catalán. Después, el español y el italiano. Aprendí francés gracias a mis padres y a la escuela republicana. Me naturalicé francés a los 20 años. Lo dije en mi investidura como primer ministro: Francia es un país único en el que un ciudadano nacido en otro país puede ocupar puestos de gran responsabilidad”. Mientras tanto, otro puñado de japoneses es repatriado, víctima del “síndrome de París”.

Jerusalén, como la “ciudad luz”, tiene su síndrome. Una enfermedad psíquica caracterizada como psicosis con signos delirantes: quien la padece se identifica por completo con un personaje del Antiguo o del Nuevo Testamento, y lo emula. Es frecuente que los judíos imiten a personajes como Moisés o el Rey David, y los cristianos, a Jesús de Nazaret y Juan el Bautista; casi no se verifican casos entre los musulmanes. Woody Allen caracterizó bien esta dolencia en su película Zelig.

En la Franja de Gaza, junto con el tableteo de armas ligeras, las explosiones como ladridos cortos, los rotores afónicos de los drones, los motores asmáticos de las ambulancias insuficientes, pareciera haber un anillo de altoparlantes que repitiera los dicterios más tajantes del Levítico. Por las calles de Shiyaiya –el núcleo de los ataques más enconados desde el comienzo de la ofensiva israelí– zumba el viento de las palabras funestas: “Perseguiréis a vuestros enemigos, quienes caerán a espada delante de vosotros. Cinco de vosotros perseguirán a cien, y cien de vosotros a diez mil; vuestros enemigos caerán a filo de espada ante vosotros”.

La Liga Arabe calificó a estos bombardeos como “masacre” y “crímenes de guerra”; la ONU, como una “acción atroz”; para Amnistía Internacional los bombardeos de instalaciones civiles “se suman a posibles crímenes de guerra que deben ser objeto urgente de una investigación internacional independiente”. El ministro israelí de Economía, Naftali Bennett, declaró que era contrario al cese del fuego: “Pagamos un alto precio y no vamos a hacer el trabajo a medias”. Peter Lerner, portavoz del Ejército, reafirmó que iban a continuar “esta operación de lucha contra el terrorismo”.

En Madrid, la gazatí Fátima rompe el ayuno del Ramadán, soldada al teléfono y a Twitter. Debido a los incesantes cortes de luz en la Franja, su familia tiene que racionar la batería: está apagado todo el día excepto los minutos que tardan en hacer una llamada y confirmar que continúan con vida. Rami –marido de Fátima– creció en Shiyaiya, el barrio que el día 20 sufrió la Operación Margen Protector del ejército israelí: murieron 72 palestinos, 17 de ellos, niños. Su familia está bien: había evacuado su casa dos días antes.

El secretario de Estado norteamericano, John Kerry, desde El Cairo, defendió los “esfuerzos legítimos y adecuados” de su aliado israelí “para protegerse” contra los disparos de cohetes palestinos. Pero no ignora que la situación en Medio Oriente deberá ser –como mínimo– “administrada” durante los próximos años. Tampoco ignora que existe el “síndrome de Irak” o “de la guerra del Golfo Pérsico”, que oscila entre la fatiga crónica, los vértigos y problemas de piel hasta la pérdida de memoria, la falta de aire y la resistencia a la insulina. En los últimos años este síndrome noventista ha influenciado la política exterior norteamericana, por ejemplo en la estrategia de “liderar desde atrás” en Libia, en las grandes proclamas sin consecuencias a propósito de la Primavera Arabe, en la amenaza de Obama de bombardear Siria (respaldado en el Congreso por los capitostes republicanos), y desde donde tuvo que volver “cuando sus planes se toparon con una intensa hostilidad por parte de un público determinado a no ser arrastrado hacia otra guerra en Oriente Medio”.

Los problemas viejos y graves rara vez tienen una solución nueva y ligera. Un libro indispensable para aproximarse al conflicto palestino-israelí es La vida entera, de David Grossman. Ora, la heroína israelí, ordena a Sami, desde hace años su chófer árabe, que la lleve hacia el norte. Sami enciende la radio. “Era la emisora del ejército Tsahal y en un noticiario especial hablaba el primer ministro. El gobierno israelí se ve en la obligación moral de desbaratar el culto a la muerte de sus enemigos, decía, porque en momentos como éstos tenemos el deber de recordar que frente a un enemigo que carece de límites y de cualquier consideración moral, estamos en nuestro derecho de actuar con el fin de defender y proteger a nuestros niños”. Sami cambia la emisora; pasa a una árabe y se queda escuchando a un locutor que lee una enardecida proclama con un fondo de música militar. Aunque él tiene derecho a escuchar lo que quiera, Ora le ordena que apague la radio; Sami desobedece. Antes de eso, ella le había dicho que la llevara hasta donde el país se acababa, y él había dejado escapar: “Para mí hace ya tiempo que este país está acabado”. Antes de eso ella, Ora, había pensado que debía hablar con él, Sami, “de cosas de las que nunca hayamos hablado antes, de los orígenes de mi equivocación de hoy, de los miedos y del odio que mamamos los dos en la leche de nuestras madres”.

“Si fuera un líder árabe, jamás firmaría un acuerdo con Israel. Es normal, nos apropiamos de su país. Dios nos lo prometió, pero eso a ellos no les concierne, no es el de ellos. Sólo ven una cosa: hemos venido y les hemos robado su país. ¿Por qué lo deberían aceptar?” (David Ben–Gurión, estadista israelí).



Rafael Bielsa / Federico Mirré