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Sarmiento, Frondizi y la Argentina integrada

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Sarmiento, en Facundo (1845), afirmaba que “la inmensa extensión de país que está en sus extremos es enteramente despoblada, y ríos navegables posee que no ha surcado aún el frágil barquichuelo. El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión... de todos estos ríos que debieran llevar la civilización, el poder y la riqueza hasta las profundidades más recónditas del continente, y hacer de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Salta, Tucumán y Jujuy otros tantos pueblos nadando en riquezas y rebosando población y cultura, sólo uno hay que es fecundo en beneficio para los que moran en sus riberas: el Plata...”.
Pues bien, 170 años después buena parte de esa tarea queda pendiente. Es una realidad incontrastable que los pueblos ubicados en “las profundidades más recónditas del continente” no se encuentran “nadando en riquezas y rebosando población y cultura”.
El modelo económico de virtual monocultivo sojero impuesto desde hace más de una década, lejos de llevar las riquezas a las profundidades del “continente”, ha dado cierta y selectiva prosperidad a la pampa húmeda y sumergido a los pueblos del interior, librándolos a la suerte del caudillo, atados al populismo clientelista que les da migajas para esclavizarlos.
En determinados think tanks se promueven ideas supuestamente igualadoras, destructoras de privilegios, eficientistas, en apariencia atractivas. Pero si se separa la hojarasca, bajo el relato del cambio aflora un sesgo conservador del modelo que posterga las enormes potencialidades de la Argentina fuera del puerto y los 300 kilómetros que lo circundan. Reviven ideas liberales clásicas y de los 90.
Se argumenta desde la libertad absoluta e igualitaria basada en la decisión del voto de todos los argentinos, de Ushuaia a La Quiaca, hasta el costo que soportan los contribuyentes de CABA y Buenos Aires por las cuantiosas transferencias a las provincias más pobres, pasando por un supuesto desbalance de representación política en contra de la Ciudad Puerto y la Provincia.
La solución: ajustar, bajar las transferencias. Que éstas no financien oligarquías provinciales; o se cataloga a ciertas provincias como “inviables”. La idea que subyace es que hay provincias de nuestra patria que son un lastre para el conglomerado porteño-pampeano.
Otras eran las ideas que planteaban Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio en los 60 cuando exponían sobre desarrollo “horizontal” de la Argentina.
Esto es, en palabras de Frondizi, “extender las bases dinámicas que lo impulsan (al desarrollo) a todo el territorio nacional y a todos los sectores de la producción y los servicios”. En consonancia, Frigerio sostenía que no es una nación “un país cuyo desarrollo industrial estuviera concentrado en una porción del territorio mientras vastas extensiones se mantuvieran en el aislamiento y el subdesarrollo”, y agregaba: “Por eso, la política del crecimiento nacional se asienta en la noción de la integración geoeconómica, de la distribución armónica de los ingresos entre las diversas regiones del país, de la comunicación fluida entre ellas, de la formación de un mercado nacional único, de la elevación del nivel de vida y de la cultura de todo el pueblo...”
El pensamiento portuario, en cambio, se desentiende no sólo del elemento jurídico-político de que las provincias preexisten a la República Argentina, sino también de las nociones integradoras de “nación”, “cultura” y, en última instancia, “nivel de vida” de la Argentina extrapampeana.
La clave está, sin dudas, en la “integración geoeconómica” de la Argentina por vía de políticas económicas nacionales que favorezcan la inversión y la producción del interior, les devuelvan a las provincias recursos genuinos vía coparticipación, hagan su producción competitiva, con mejoras en el transporte, las comunicaciones y los recursos humanos, de modo de quebrar la lógica histórica de la prosperidad sólo pampeano-porteña.
Sarmiento, de alguna manera, contradijo a Tocqueville, quien dos décadas antes que el sanjuanino consideró que el hecho de ser un “país vacío” era una bendición que aseguraba a los estadounidenses libertad e igualdad. Tal vez los dos tuvieran razón.

*Director del Centro de Estudios  Para el Desarrollo. Socio del CPA.



Oscar Garay