COLUMNISTAS SCIOLI, MASSA Y MACRI

Scioli, Massa y Macri, tres en uno

Por Roberto García | Los tres principales canndidatos presidenciales no se diferencian. Encuestas y dedo oficial.

Foto:Pablo Temes

Cuando esta semana se abra el año electoral, quedan más o menos chamuscados o bendecidos los tres candidatos de siempre, a uno de los cuales los argentinos le cederán su confianza por cuatro años de gobierno: Daniel Scioli, Sergio Massa o Mauricio Macri. No se distingue a otro en el horizonte trasero. Sorprende la natural permanencia y aspiración del tenue trío, casi una milagrosa aventura por carencias territoriales propias –alguno ni sabe si es dueño de la casa en que vive–, escaso respaldo popular o movilizador, liderazgo poco reconocido, autonomía de cualquier partido, deliberado vacío ideológico. Y sobre todo, igualdad de criterios proselitistas. Por no aludir en semejanzas a la coincidencia sobre futuras medidas de gobierno.

Más que tres, son uno: ninguno es de izquierda, menos de derecha, todos opinan que hay que rescatar lo bueno del actual gobierno y descartar lo malo, consideran necesario corregir el rumbo económico, ninguno habla de corrupción y, por supuesto, quieren combatir el narcotráfico y la inseguridad. Se podría añadir un extenso bla bla con más generalidades. Futbolísticamente, juegan al cero a cero, a mantener el empate entre ellos, a la distracción del rival. O a la buena fortuna a la hora de los penales.

Lo que creen. Nadie sabe si algun huracán habrá de arrasar a uno de ellos antes de marzo, pero parece improbable que esto ocurra, y menos que un cuarto aspirante se les arrime. Deben contemplarse, igual, operativos de los servicios de inteligencia que bombardeen a uno de los indeseables del Gobierno, como en ocasiones anteriores hicieron con De Narváez o Enrique Olivera. Massa supone que ya es de amianto y nada lo conmoverá; Macri presume de ser un leal adversario (frase que le atribuyen a la mandataria), tanto que hasta Aníbal Fernández ya no lo tiene entre sus oraciones prestadas: mudó del vago Macri al burro Massa. Y Scioli debe creer que cualquier imputación en su contra también afecta a la Casa Rosada.

Se trastorna igual por otras razones: la pesadilla Cristina –nunca comprometida con su candidatura, más bien reticente y saboteadora– amenaza optar por Florencio Randazzo, Julián Domínguez, Sergio Urribarri u otra figura del plantel oficialista. Se cree que es por conservar más tiempo su poder, no que exprese un sentimiento hostil (dudosa observación sobre una mujer que casi siempre se apega a lo que manifiesta). Sin embargo, hay un teorema que asedia a Cristina, la desequilibra: cuanto más aumenta su crédito ante la opinión pública, Scioli pierde fortaleza como postulante y les concede oxígeno a sus competidores partidarios. Pero esa tendencia favorable que parecía beneficiar a la dama, además de no ser inmóvil, ha comenzado a revertirse: Cristina ya llegó a un tope, ciertos episodios últimos le dañan y erosionan la imagen –y le han generado un estrés familiar que nunca había sospechado– aun en sectores populares. Se complica como electora, el dedazo entra en crisis y el gobernador respira con mayor capacidad aeróbica. Casi una paradoja, al tiempo que se desvanecen otros soñadores del Frente para la Victoria. No en vano, se repite en el Gobierno con cierto desahucio: “Ya van a ver cuando nosotros no estemos”. Sea el que sea –se convencen–, ninguno será mejor. Desencantado final.

Números. No ha podido el Gobierno, tampoco los ajenos al trío corporativo, vulnerar la imposición de un elector que dice conocer a los votantes: las encuestas. Ni aun pagando. Un Delfos al que se someten no sólo los candidatos, también la población. Macri, Massa y Scioli son lo que dicen los sondeos, existen por lo que afirman esos interesados números cambiantes y prevalecen gracias al soporte inercial, adicional, de los medios. Importan más que una plataforma, un debate, quizás una idea. No son la confrontación Nixon vs. Kennedy, ni De la Rúa senador frente al aluvión peronista, menos una declaración de principios.

Supera ese combo a los propios partidos: al radicalismo o al socialismo, por ejemplo, ni se les ocurre pensar en un dirigente propio para encabezar una fórmula, ya se resignaron –con buena voluntad– para incluirse en un segundo término. Claro, lo dicen las encuestas, son Escrituras tan sagradas como el teorema de Cristina: finalmente, determinarán a quien la gente debe votar, una hechura realizada por idóneos, peritos o avivados que, una vez pasados los comicios, apenas si rendirá cuentas a sus clientes.

Mientras, como también uno es hijo de esta fenomenología moderna, para saber quién de los tres candidatos va hoy al frente en las preferencias, se sugiere esta recomendación: en lugar de encandilarse con un encuestador u otro, todos inevitablemente contratados por los aspirantes, convendría elegir los resultados de una docena de ellos, luego comparar los trabajos, obtener una media y así aproximarse a una realidad en la fantasía electoral. Finalmente, somos todos lo que dicen las encuestas.



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