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Scioli y La Cámpora, mucho más que dos

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La víctima –algunos presagian que se transformará en victimario– es el hombre con más posibilidades de lograr la sucesión presidencial. Pero no el poder, imagina y pronostica Cristina. Nadie puede contra la caja y la lapicera, aseguran casi todos, con el libro de historia en la mano. Cómo lograr lo imposible, se preguntan muchos. Algunos, como el re-reelecto Urtubey, le auguran esperanzados una muerte política, el fin de su carrera y el principio de las clases de tejido.
En su etapa final, la Presidenta mueve y maneja los hilos del poder como nadie lo hizo antes, y de pato rengo no tiene un pelo. Ninguna figura política recibió tantos presagios desvalorizantes y pesimistas, “grita como loca”, “el que maneja todo es él” “ella sólo es una brillante oradora” “él la tiene que aguantar”. Pero Cristina tuvo la oportunidad y el tiempo suficiente para demostrar que no hubo en la historia argentina reciente nadie que con su articulada y plena dedicación se mantuviera, ella y su gobierno, con alta imagen positiva. Destronó a cuanto cacique peronista que conservaba alguna cuota de poder. El experimentado chueco Mazzón, tejedor de negociaciones casi imposibles, fue reemplazado por el paladar negro Waldo de Pedro, sin escuchar grito de reclamo alguno. Como muñecos, así cayeron tantos otros viejos popes del peronismo,
también sin chistar.
Ahora Cristina vive rodeada por la nueva militancia, La Cámpora (n. 2006) que intenta reeditar aquella juventud perdida de los 70. Un grupo de Unidos y Organizados detrás de un poder digitado por la Presidenta y sin gran representación política, léase votos. Con gran capacidad de multiplicarse para ocupar lugares hegemónicos y estratégicos, invadieron organismos regulatorios de un Estado que dice estar al servicio de un modelo, nacional y popular, según ellos. Viejo y autoritario, para los demás. Los “soldados de  Cristina”, sombras de aquellos, la mayoría sin ideas ni contenidos; y menos oratoria, para provocar esa música tan añorada
de la juventud maravillosa.
 Entre tanta muchachada, Scioli mira las encuestas y se prueba el traje de presidente, y Karina ya se siente primera dama. Con el gobernador, la guerra siempre estuvo declarada, pero nunca como ahora. Lo del manco quedará como simple anécdota de una larga tortura humillante hasta llegar a la interna del 9 de agosto. Comerá varias veces tierra hasta ganarle a Randazzo, pero por la menor diferencia posible. Así ella, la Presidenta, incluirá legisladores fieles, manejables y obsecuentes en sus listas. En caso de que Daniel asuma la presidencia el 10 de diciembre, es muy probable que ella también sea presidenta, pero de la Cámara de Diputados. Nada de vida personal, nunca la tuvo. Manejará desde allí (o desde afuera) esa primera minoría del peronismo que será condicionante para el futuro presidente, expuesto a casi pedir permiso para mandar una ley al Congreso. Antes, la elección a dedo del vicepresidente en la fórmula, y en campaña, el ministro de Economía confirmado. Si Scioli no hace buena letra, se inmoviliza al Congreso. Ella es una experta en devorárselo en momentos difíciles.
El dolor de hombre herido, duro capricorniano, aguantador, apretando los dientes, pudo y puede soportar cualquier desprecio. Cualquier humillación, ¡adentro! Aceptar sin reto a duelo, las agresiones y ridiculizaciones constantes del ministro Randazzo, el competidor de los trenes. Reconocer candidatos a Aníbal Fernández, el bonaerense todo terreno, al experto de Julián Domínguez y al intendente del distrito mayor, Espinoza, y borrar de un plumazo a sus sucesores naturales, Santiago Montoya, el recaudador, y su ministra, Cristina Alvarez Rodríguez. Todo se lo tragó, hasta simular que eran amigos sus peores enemigos, o caminar junto a sus peores detractores. Sólo le queda vivir el final de su larga batalla en caso de lograr la victoria. Scioli, condicionado por Cristina y rodeado por una Cámpora que termina siendo el socio soñado para no morir en el intento.

*Socióloga y periodista.



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