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Se acabaron los aparatos

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A lo largo de la historia, las instituciones, las actividades y las visiones del mundo de los seres humanos cambiaron gracias al desarrollo tecnológico. Ni la familia, ni la sexualidad, ni la vida cotidiana se parecen en nada a las que teníamos hace cincuenta años. Se transformaron las relaciones de autoridad. Los niños, que deificaban a sus padres, los tratan como si fuesen compañeros de la escuela, los feligreses que veneraban a los sacerdotes los consultan poco, los alumnos discuten con los maestros, los menos educados se ríen de los más sofisticados. En el campo de la política, algunos no son conscientes de que vivimos en medio de la revolución del conocimiento más vertiginosa desde el origen de nuestra especie.

En América Latina, con frecuencia se trata de explicar lo que ocurre con categorías usuales en el siglo pasado. Se difundió entre los intelectuales un conservadorismo solemne que trata de encasillar la realidad en sus conceptos arcaicos. Hasta mediados del siglo XX, los “aparatos” fueron el mecanismo de comunicación privilegiado de los candidatos con los electores. En la república conservadora sólo votaba el aparato. La gente entregaba sus documentos a cambio de comida o de algún favor, y los miembros del aparato votaban en su nombre. Posteriormente, en la era de la radio y la televisión, los candidatos buscaron el apoyo de otros líderes nacionales o locales, gobernadores, intendentes, punteros, que parecían dueños de la voluntad de miles de votantes. Entusiasmados, los candidatos sumaban el aporte de cada uno de ellos y soñaban con los votos que podían sacar. La campaña era una carrera por conseguir apoyos de dirigentes, tomarse fotos con ellos, negociar canongías. Los votantes venían detrás. Las personas se informaban acerca de la política a través de esos dirigentes, que les explicaban cómo era el mundo y los inducían a votar por alguien.

Hace años, todo eso empezó a cambiar y hemos llegado a la situación actual. Se rompieron las cadenas de dependencia. Actualmente, los ciudadanos se comunican entre sí permanentemente, sin límite de edad, ubicación geográfica o formación intelectual. Se informan de todo lo que quieren cuando quieren, sin pedir permiso a los punteros o a los sacerdotes. Todos tienen celulares, entran a la red, orientan sus preferencias electorales conversando acerca de temas que les interesan, y no son los de los políticos. No le preguntan al puntero o al intendente por quién votar. Los candidatos de la nueva era se dirigen directamente a esos votantes autónomos. Saben que su voluntad no es propiedad de nadie. Cuando apoyan a un candidato, éste sube en las encuestas, y detrás de los votantes vienen intendentes, punteros y financistas. Cuando el candidato cae, los líderes locales van detrás de sus votantes y los financistas pierden el celular. Los dirigentes actuales son dirigidos por la gente, y si no lo entienden pierden su favor.

Hasta hace sesenta años, se usaban en todo el continente boletas como las de esta elección, que fueron reemplazadas por boletas únicas o por el voto electrónico para desestimular el fraude. Mientras exista este tipo de boleta, algunos punteros y líderes locales mantendrán el negocio de “permitir” que se cuenten los votos. Dicen que aunque un candidato convenza a los votantes, éstos no podrán votar y por último no se contarán sus votos por la capacidad de fraude del aparato. Este chantaje se debilitó en estos años gracias a la tecnología. Ya no se pueden hacer grandes fraudes. Todo ciudadano tiene un celular-cámara que puede documentar las anomalías, y entre los muchos que se necesitan para cometer irregularidades, siempre habrá quien quiera llevar las pruebas del ilícito a un programa de televisión, para disfrutar de esos minutos de celebridad con los que tanto sueñan los ciudadanos de a pie. En la política actual, hay que olvidarse de comprar líderes y aprender a comunicarse con la gente común, que es la que finalmente manda.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.



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