COLUMNISTAS ESTRÉS, DIVERTÍCULOS Y MALHUMOR

Secretos y misterios de otra internación de la Presidenta: lo que no dicen los partes médicos

Qué le ocurrió la presidenta. Los primeros síntomas y los médicos que la atienden. Diagnósticos contradictorios y tratamientos polémicos.

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Foto:Pablo Temes

Todo se precipitó sobre la tarde del domingo 2. En medio del viento y de la lluvia que arreciaban sobre la Capital e inundaban zonas de la provincia de Buenos Aires, la Presidenta comenzó a sentirse progresivamente mal. A ese malestar general se le sumaron escalofríos y fiebre que acompañaban un dolor intenso en la fosa ilíaca izquierda. La fosa ilíaca izquierda es la zona que abarca el cuadrante inferior izquierdo del abdomen.

La Unidad Médica Presidencial (UMP) se movilizó de inmediato. En presencia de este cuadro clínico, su director, Marcelo Ballesteros, comprobó en el examen físico que, a la palpación, el tracto sigmoideo del colon estaba inflamado y doloroso, por lo que orientó el diagnóstico presuntivo hacia una patología intestinal infecciosa de origen desconocido, que ameritaba la internación inmediata de la paciente con el fin de realizar los estudios necesarios para establecer un diagnóstico definitivo e instaurar el posterior tratamiento.

Se decidió que el lugar de internación fuera el Sanatorio Otamendi. La admisión al Otamendi tuvo algún sobresalto, ya que la habitación presidencial estaba ocupada por otra paciente. Ante ello, hubo quien desde la UMP sugirió la posibilidad de trasladarla al Hospital Austral. Se generó entonces un breve cabildeo, al término del cual prevaleció el sentido común y se determinó que la internación fuera en el Otamendi. La decisión de llevar a Cristina Fernández de Kirchner a ese centro médico tuvo lógica, puesto que allí se le había realizado un chequeo general –sobre el que volveremos– en agosto del año pasado.

Al ingresar al sanatorio, la Presidenta estaba con poca fiebre pero con mucho dolor y malestar general. El primero de los siempre escuetos partes médicos brindados por la UMP evidenciaba que no había un diagnóstico certero. No bien se la admitió en el Otamendi se le tomaron muestras de sangre y orina, no sólo para los exámenes de rutina sino también para la realización de hemo y urocultivo, respectivamente. A esa altura no se descartaba, entre uno de los diagnósticos posibles, una infección urinaria concomitante. Se procedió a colocarle un suero y se le comenzó a administrar una combinación de antibióticos de amplio espectro por vía intravenosa. Dado lo avanzado de la hora, se coincidió en esperar al lunes para efectuar una batería de nuevos exámenes complementarios orientados a precisar el diagnóstico de certeza.

Junto con ello, el doctor Ballesteros adoptó la determinación de convocar a un grupo de destacados médicos del Otamendi para tomar parte del equipo. Ellos fueron: Alberto Lambierto (infectólogo y director médico del sanatorio), Daniel Pryluka (jefe del servicio de Infectología), Federico Saavedra (coordinador del servicio de Clínica Médica), Carlos Karmazyn (jefe del servicio de Emergencias) y Eduardo Diez (jefe del servicio de Diagnóstico por Imágenes). 

La Presidenta pasó esa primera noche molesta. Se le agregó un estado de desasosiego que se acentuó a lo largo del día. Fernández de Kirchner tiene noción cabal del impacto político que producen cada uno de los padecimientos de su salud, sobre todo ahora que el vicepresidente, Amado Boudou, tiene la entidad política de la nada.

El lunes el equipo médico trabajó con intensidad para arribar al diagnóstico. Por la tarde, se completó un estudio tomográfico detallado del abdomen, que dio pie a un contratiempo tenso. La indicación que se hizo fue de una serie de tomografías de abdomen y de la totalidad del tracto digestivo. Para ello, era necesaria la administración de sustancia de contraste por vía intravenosa y por vía oral.

No bien supo de esta novedad, la Presidenta objetó la necesidad absoluta de ese procedimiento, cosa imposible dado el cuadro inflamatorio y la necesidad de evaluar la progresión de la afección sobre la pared del propio intestino. Entonces, los médicos debieron insistir durante un buen rato a fin de convencerla. Finalmente, la paciente aceptó el contraste por vía intravenosa pero no por vía oral, para lo que se encontró un medio alternativo.
Tras todos estos estudios se arribó, finalmente, al diagnóstico de una diverticulitis acompañada por una sigmoiditis. En el escueto parte médico emitido desde la Casa de Gobierno poco después de las 20 hs, se mencionó sólo la sigmoiditis, omitiéndose la diverticulitis, que es el verdadero origen del cuadro que padece la Presidenta.

El sigmoides –así llamado por su forma de ese– es el segmento final del colon que desemboca en el recto. Los divertículos son protrusiones en forma de pequeñas bolsas de la pared del intestino grueso. El sigmoides es una zona particularmente sensible para esa patología, ya que el mayor porcentaje de los divertículos se producen a lo largo de su trayecto. Es el caso de la Presidenta, puesto que la sigmoiditis ha sido secundaria a la inflamación infecciosa de su divertículo.

El cuadro puede tener diversos grados de severidad según aparezcan o no complicaciones. La más temida es la perforación que, en los casos en que no es contenida por la grasa pericolónica, puede dar origen a una peritonitis severa precedida por un plastrón. El tratamiento consiste en una combinación de antibióticos de amplio espectro  –generalmente ciprofloxacina y metronidazol– y dieta. Los primeros cinco días, los antibióticos se administran por vía intravenosa para luego continuar por vía oral hasta completarlo.

El hallazgo del divertículo representó una novedad para los médicos que atienden a CFK. En efecto, durante el chequeo médico que se le realizó en agosto del año pasado –del que se hizo mención antes– se le practicaron, entre otros exámenes, una videoendoscopía alta y una videocolonoscopía. La videoendoscopía alta se acompañó de una biopsia de estómago destinada a descartar la existencia del Helicobacter Pylori, que es causal de algunos cuadros de gastritis o de úlceras gástricas. El resultado de esa biopsia fue negativo.

Lo que sí se halló en la endoscopía fue la existencia de reflujo gastroesofágico, afección que suele ser el origen de faringolaringitis a repetición, como las que suelen aquejar a la jefa de Estado. La videocolonospía, en cambio, fue normal. La confirmación diagnóstica de la diverticulitis acompañada de sigmoiditis, permitieron ajustar el tratamiento antibiótico que se había instituido el domingo por la noche a la espera del resultado de los hemocultivos. Surge la pregunta: ¿cuál fue la razón por la que se decidió no hacer mención de la existencia de la diverticulitis en ninguno de los partes emitidos por la UMP?    

El martes transcurrió sin mayores novedades aun cuando la Presidenta permaneció todavía dolorida y con algún episodio febril. El miércoles fue un día difícil. La paciente estuvo dolorida y, por momentos, desasosegada. Su humor no fue bueno. Un nuevo episodio de fiebre ocurrido mientras se estaba a la espera de los resultados del hemocultivo, inquietó a sus médicos. Ante ello, y a los fines de mantener una expectativa armada frente a la eventualidad de una posible complicación que obligara a una intervención quirúrgica, se contactó a un destacado profesor de cirugía de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

Afortunadamente, sus servicios no fueron necesarios, ya que a partir del jueves el tratamiento instituido acentuó sus efectos positivos y el cuadro comenzó a evolucionar de una manera favorable, con reducción significativa del dolor y sin la repetición de los episodios febriles. Ese día, además, se tuvieron los resultados de los hemocultivos, que fueron negativos. En este marco, hubo una consulta al distinguido infectólogo Daniel Stamboulian.

El viernes fue un día tranquilo desde el punto de vista médico. El humor presidencial, en cambio, no fue el mejor, circunstancia que no sorprendió a los integrantes de la UMP. Cuando esto sea historia, se escribirá sobre el miedo y el ambiente de intrigas reinantes en esa Unidad, con la previsible resultante de efectos nocivos sobre las conductas de sus integrantes. También se escribirá acerca del por qué del deambular de CFK por distintos centros médicos –algo que no resiste análisis lógico– y de por qué se abandonó el uso de la Unidad Presidencial montada en 2004 en el Hospital Argerich.

Desde lo político, este episodio obligó a cancelar el viaje que la Presidenta tenía agendado hacer a Australia para participar del G20, donde esperaba encontrarse con Dilma Rousseff y cruzarse con Barack Obama. Además, su objetivo era el de buscar apoyo en la disputa contra los fondos buitre.

Nada de ello podrá ser posible, ya que una vez que la Presidenta sea dada de alta y abandone el Sanatorio Otamendi, el equipo de médicos que la trata le indicó reposo estricto con prohibición para desplazarse por fuera de la quinta de Olivos durante un lapso de diez días. Todo esto da una idea de la severidad del cuadro clínico.

Una vez que lo supere, seguramente se le indicará una dieta para prevenir la recurrencia del cuadro. En general, ésta es una patología asociada a la de colon irritable que, por lo tanto, es muy influenciada por el estrés. No hace falta redundar sobre los efectos negativos sobre la salud que generan las tensiones propias del ejercicio del poder, sobre todo en personas que tienen los rasgos conductuales que presenta la Presidenta.
Por eso, lo más importante para ella será definir cómo piensa encarar su vida de aquí en adelante. Eso es sobre lo que debería reflexionar profunda y serenamente Cristina Fernández de Kirchner, a quien le auguro una pronta y total recuperación para su bien, el de su familia y el del país, al que debe gobernar hasta el 10 de diciembre de 2015. 

Producción periodística: Guido Baistrocchi.



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