COLUMNISTAS PAIS SIN RESPIRO

Semana de pesadilla

Los últimos días ponen en evidencia esa costumbre nacional de negar los problemas. Pérdida de confianza.

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Foto:PABLO TEMES

Los argentinos vivimos negando los problemas, hasta que cada tanto las cosas explotan por algún lado. Esta vez fueron las huelgas de policías provinciales y la ola de saqueos violentos en distintos puntos del territorio. Inquietante como síntoma de que algo grave sucede en la sociedad, se lo interpreta ya sea como malestar social, ya como alarmante crisis de las normas sociales o como pérdida de poder del Estado, al que se ve como rehén de sus propias estructuras. Pero no parece existir un consenso social sobre la necesidad de actuar drásticamente, de tomar el toro por las astas y atacar frontalmente esos problemas de fondo. Hay voces que reclaman siempre ir al fondo de los problemas; pero son voces aisladas, no conmueven los resortes donde se deciden las políticas públicas, es como si la dirigencia, las organizaciones políticas, la Justicia, las legislaturas, los ejecutivos de los gobiernos, el voto de los ciudadanos que eligen a éstos, fueran inmunes a las señales de alerta.

Muchísimas personas comunes saben dónde se distribuye droga, pero pocas están dispuestas a actuar en consecuencia. En todo el país se encuentran autoridades locales y personas que hablan de los comportamientos ilegales notorios que involucran a jefes policiales, y eso es así desde hace seguramente un siglo, pero no se actúa con determinación para resolverlo. A poca gente se le escapa donde residen los núcleos más problemáticos de nuestro sistema educativo, pero más allá de rasgarnos las vestiduras por el mal desempeño de nuestros estudiantes no hacemos nada serio para encararlo. Todos sabemos que los programas de asistencia social -por imprescindibles que hayan sido- no resuelven el problema de la pobreza, pero no parece que estuviésemos dispuestos a hacer algo más que eso para enfrentarlo.

Así, de repente, después del respiro electoral y de un cierto alivio por el cambio de gabinete, las cosas se complican y en un santiamén el país constata que está mal. Todo mal. Policías en huelga, saqueos violentos, gobierno desorientado, inflación, malas señales económicas. Tan solo una semana atrás empezó a carcomernos la evidencia de los malos resultados educativos -gracias a las pruebas PISA, que hasta lograron que el ministro del ramo por una vez conceda que la educación efectivamente anda mal-.

Los saqueos -por su magnitud, por la violencia, por el clima de “vivir en tierra de nadie” que generan- conmueven a la sociedad. Llueven interpretaciones alternativas sobre sus causas: desigualdad social, altos niveles de pobreza, sociedad anómica con baja capacidad de acumular capital social, policía sin remedio, cúpulas policiales impunes, “saqueo” de guante blanco propagado por todos los vericuetos de las organizaciones estatales y muchas de las privadas. Todo eso nos sucede -¡y vaya si nos sucede!- y eventualmente puede explicar el caos en el que de repente puede convertirse la Argentina en pocas horas; decisiones, no hay.

No faltan por cierto los rápidos reflejos para hacer política coyuntural utilizando este alarmante estado de cosas -como si la Argentina no hubiera pasado por situaciones comparables varias veces antes y todos no fuésemos, en alguna medida y de alguna manera, cómplices y partícipes necesarios de la declinación del país-. Y en parte se entiende, desde luego, porque el gobierno es gobierno porque fue votado entre otras cosas para hacerse cargo de los problemas que le tocan.
Lo cierto es que las expectativas que despertaron el cambio de gabinete, el paso atrás de la presidenta y algunos anuncios iniciales se han esfumado en pocos días. Se tiene la impresión de que este gobierno sigue careciendo de estrategias de manejo de crisis y de reflejos para producirlas tan pronto hacen falta; como suele decirse, al gobierno le sobra relato pero le falta diagnóstico. Como confirmando que realmente le va mejor cuando se recluye lejos del mundanal ruido, la presidenta tuvo una rentrèe desafortunada en el acto de conmemoración de los 30 años de democracia y en los mensajes por vía de los medios interactivos que acostumbra a producir a diario. Lejos de servir de respaldo a su dinámico nuevo Jefe de Gabinete, le complicó el momento, ya de por sí difícil.

Al durísimo impacto en la confianza que produce el estado de convulsión social, se suma el efecto agregado por el rápido desgaste del gabinete, la sensación de que todo sigue más o menos igual y que la negación sigue siendo la marca indeleble que deja el gobierno en todo lo que toca. Las expectativas inflacionarias retoman su dinamismo anterior, ante la falta de señales del nuevo equipo económico y bajo el signo de los aumentos salariales ahora liderados por la policía. Es que no hay cuadratura del círculo: si se mantienen controles de precios, cepo cambiario y restricciones al comercio exterior -incluyendo el menudeo de las compras por Amazon-, las expectativas inflacionarias no pueden bajar. Se fue Guillermo Moreno; lo único que cambia es que algunos empresarios se animan a decir lo que antes no decían.

Algunos gobernadores han salido mejor parados que el gobierno nacional en estos días de pesadilla. Revalidando los motivos que lo mantienen al tope de la estima en las encuestas de opinión pública, el gobernador Scioli, al frente de una provincia socialmente volcánica, retomó la iniciativa yendo de frente a los problemas con determinación y a la vez un enfoque dialoguista con otros gobernadores y con sus opositores, que termina marcando la línea que el gobierno nacional -no sin vacilaciones- adopta.

Pero el balance es complicado. El saldo de esta semana es un país que sufre más malestar, con más incertidumbres políticas y económicas, y fuerte aumento de la sensación de inseguridad. Lo que preocupa a los argentinos -inseguridad, inflación, desempleo, educación- desde esta semana preocupa aun más.



Manuel Mora Y Araujo