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Semiosis infinita

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Foto:Cedoc

Vino a almorzar a PERFIL hace pocos meses. Estaba alegre e irónico como siempre. No había en él ninguna señal de consciencia de finitud cercana. Al irse, me dice: “En el libro no está lo último sobre el kirchnerismo, pero eso lo sigo en el tercer tomo”. Se refería a La semiosis social 2, que había publicado recientemente, después de casi cuatro décadas de haber escrito su obra canónica: La semiosis social, libro de cabecera en todas las carreras de comunicación, con el cual se funda la sociosemiótica y se inaugura la teoría de los discursos sociales.

Eliseo Verón fue también uno de los padres de la llamada “semiótica de segunda generación” (él bromeaba con que había que crear ya la de tercera), compartiendo con Umberto Eco ese recorrido y amistad. Lo que no le impidió criticarle el uso de la mirada a cámara como señal de frontera entre la “paleotelevisión” y la “neotelevisión”. Para Verón siempre hubo y habrá mirada a cámara, lo que él llamaba el eje de los ojos en los ojos. Y tuvo razón: la TV actual cada vez tiene más mirada a cámara, y hasta la ficción incorpora ese recurso de los viejos noticieros. El ejemplo más reciente es la serie de Netflix sobre la política en Estados Unidos, House of Cards, donde el protagonista de la ficción cada tanto se aparta de la escena, mira a cámara, se dirige frontalmente a la audiencia y cumple el papel de narrador directo, como el del coro clásico del teatro griego de tragedia.

En agosto pasado, Verón expuso en contra de la Ley de Medios en una audiencia de la Corte Suprema. Los medios oficialistas lo destrozaron; él no defendía a Clarín, sino sus propias ideas. Se oponía a la simplificación de que “la ciencia está del lado de la verdad y la ideología del lado del error, de la ilusión, de la deformación y del enmascaramiento”. “Lo ideológico –escribía Verón ya en 1975– es una dimensión constitutiva de todo sistema social de producción de sentido (...) lo que hace que un discurso que se supone describe lo real sea un discurso científico no es una pretendida ausencia de ideología”.

Era ignorancia creer que Verón había ido a la audiencia de la Corte Suprema porque trabajaba para Clarín. Además de escribir regularmente en PERFIL desde 2008, realizó todos los estudios de mercado del lanzamiento del frustrado diario Libre en 2010, que se lanzó en competencia con el diario Muy de Clarín.

Durante años, Eliseo escribió puntualmente en PERFIL; hasta marzo pasado, cuando su enfermedad emergió notoriamente. Pero al principio le costó vencer el miedo que siente la mayoría de los intelectuales frente a la regularidad del columnismo periodístico, que demanda cierta cantidad de caracteres en un período de tiempo fijo, haya o no inspiración. Nos reíamos juntos con sus temores, justo él, el mayor experto en discursos. Pero el cruce de especialidades (campos discursivos, diría él) siempre genera pudores: yo nunca me animé a pedirle que él fuera el director de mi tesis para la Maestría en Subjetividad que aspiro defender en su querida Facultad de Filosofía, una vez que haya perdido centralidad en el debate político el conflicto del kirchnerismo con los medios.

El cruce entre periodismo y academia era otro de los temas afines. Me contó que había dejado de dirigir la maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés en conjunto con Clarín sólo por falta de tiempo: “El tránsito empeora y cada vez se me hace más difícil pasarme casi dos horas en auto para ir del centro a San Fernando”. Y le despertaba mucha curiosidad el Posgrado en Periodismo de Investigación que comenzó la Universidad del Salvador en conjunto con Editorial Perfil.

Eliseo fue siempre un libre pensador, inasible por ninguna institución. No obstante haber sido influido por la cultura francesa y haber desarrollado gran parte de su carrera en París durante el pico de ebullición de las ciencias sociales (siempre se recuerda que Verón fue discípulo de Lévi-Strauss, el padre del estructuralismo, y tradujo al español su obra cumbre), inspiró su visión de la semiótica en un lógico norteamericano del siglo XIX cuya corriente estaba en las antípodas de la filosofía continental francesa de los 70.

La semiótica de Verón se corre del modelo binario de Saussure, inspirador del estructuralismo, y se construye alrededor del modelo ternario de Charles Sanders Peirce –lo que en el obituario de Página/12 se simplificó como “una especie de Boca-River de la semiótica”.

Su Semiosis social 2 comienza con una cita de Peirce: “El pensamiento es la melodía que hace de hilo conductor de nuestros sentimientos”. Y, para dar al lector una idea de consistencia de la lógica de Peirce, Verón reproduce un texto inconcluso de su inspirador en el que explica lo que él llamaba “mi regalo al mundo” de la siguiente forma: “Para erigir un edificio filosófico que pueda vencer a las vicisitudes del tiempo, mi preocupación no va a ser la de colocar cada ladrillo con la más bella exactitud, sino instalar cimientos profundos y masivos (de) una teoría tan comprehensiva que, por un largo tiempo, aparezca como un trabajo destinado a completar los detalles de la obra entera de la razón humana”.

En el mismo texto, Peirce, como si estuviera dirigiéndose a Verón con casi un siglo de anticipación, escribe que “primero quiero dirigirme a mi lector, para expresarle mi sincera estima y el profundo placer que es para mí dirigirme a alguien tan sabio y paciente. Conozco su carácter bastante bien, porque tanto el objeto como el estilo de este libro hacen seguramente de él uno entre millones”.

Verón fue uno de esos “entre millones”, quien también hizo su propio “regalo al mundo”. Creer que podía oponerse a la Ley de Medios por estar a sueldo de alguien es no comprender la dimensión de pensadores que tienen como audiencia generaciones que trascienden su época.

Lo mismo vale para Ernesto Laclau, como muy bien se explica en el documento de cinco páginas sobre ambos que se publica en esta edición, a partir de la página 58.



Jorge Fontevecchia