COLUMNISTAS EL ECONOMISTA DE LA SEMANA

Sensatez homeopática en el mundo del parche

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La economía de 2014/15 será parecida a la de 2012/13: bajo crecimiento, alta inflación, empleo estancado. La política económica estará abocada a administrar la escasez de divisas, alternando dosis homeopáticas de sensatez los días pares con parches voluntaristas los días impares, donde la proporción de cada ingrediente definirá el legado que reciba el próximo presidente.

Si el Gobierno pretendiera recuperar el capital político perdido (54% de votos en 2011, 30% en 2013) con la misma receta que trocó derrota por victoria rotunda entre 2009 y 2011, se toparía con cajas vacías (Banco Central con reservas menguantes, emisión desbordada y patrimonio negativo si se restan los “activos basura”), sin margen de crédito y un mundo que ya no soplará tan favorablemente (Brasil ya no tracciona, los precios de commodities no suben, la tasa inicia un sendero alcista). Estará haciendo “chispas en un bosque seco”, con una estabilidad financiera y cambiaria precaria que ya no contará con el dique de contención de un gobierno fuerte.

Mediano plazo: cal y arena. Tras la derrota electoral, la primera reacción oficial impulsó iniciativas alentadoras: el pago de deudas por fallos adversos en el tribunal de controversias del Banco Mundial, la voluntad de negociar con fondos buitre tras dos sentencias negativas, la aparente intención de abordar algún plan de pagos con el Club de París, el más dudoso proyecto de un nuevo índice de precios tutelado por el FMI.

Pero no será un camino lineal: contemporáneamente, arreciaron las presiones a bancos y cerealeras para suscribir bonos del blanqueo y se limitó el crédito interno a los exportadores con la peregrina pretensión de que traigan dólares del exterior. Ideas de corto alcance y probada ineficacia.

El nuevo combo de medidas debe ponderarse en su contexto: no pasaron tres semanas desde la promulgación del Presupuesto Nacional 2014, donde el Gobierno parece desconocer cualquier estrés de su estrategia financiera al prever el uso de US$ 10 mil millones reservas y $ 76 mil millones de emisión (terminará siendo más), para financiar un agujero fiscal superior al 5% del PBI.

Fallaría el Gobierno si pensara que dos manos de pintura serán suficientes para reparar un hogar donde colapsaron las cañerías de los servicios públicos (energía, transporte), se derrumba el techo protector de las reservas y se levantan los cerámicos del piso inflacionario.

No está “cerrando” temas, sino “abriéndolos”: detrás de los fondos buitre hay otros acreedores en default por US$ 15 mil millones que están esperando la resolución del pleito judicial; los conflictos abiertos en el tribunal del Banco Mundial engloban reclamos por unos US$ 20 mil millones (US$ 10 mil millones de Repsol); el Club de París exigirá la supervisión del FMI para avalar una refinanciación de la deuda de US$ 9.500 millones (impagable cash).

En otras palabras, sólo se está levantando la alfombra para ver cuánta basura hay acumulada. Un primer paso necesario, que seguro cuenta con el aval de la máxima autoridad política, pero no irreversible si el Gobierno se impacientara ante la falta de resultados rápidos, o se confiara prematuramente ante efectos favorables (una especie de paradoja del éxito), o simplemente sucumbiera a la fábula del escorpión.

Urgencia de corto plazo: parar la hemorragia. Pero no hará falta esperar dos años. Ya en el cortísimo plazo, a su regreso la Presidenta no podrá eludir desafíos urgentes. La realidad se muestra impiadosa con funcionarios que exprimen su imaginación para obtener US$ 400 millones vía Cedin y US$ 40 millones del Baade: el blanqueo que prometía revertir la tendencia cambiaria apenas equivale a una semana de caída de reservas. El Central pierde US$ 3 mil millones en el último bimestre (US$ 1.800 millones en octubre), a un ritmo semejante al del período previo al cepo cambiario.

Censurada la posibilidad de ahorrar y girar dólares al exterior, y limitadas las importaciones, la dolarización se canaliza hacia paquetes turísticos y autos importados, mientras la oferta voluntaria se deprime a niveles ridículos porque nadie pone un dólar donde no sabe si lo va a recuperar. Sólo la convalecencia presidencial explica la morosidad en la adopción de medidas. Recuérdese que, con estos niveles de fuga, el Gobierno tardó sólo tres días para adoptar el cepo tras las elecciones de 2011.
Las opciones no abundan, y ninguna es gratuita. La aceleración devaluatoria estabiliza el atraso cambiario, aunque no ayuda a contener reservas en tanto convalida expectativas sin brindar un sendero cambiario previsible, y dispara el riesgo de una carrera nominal dólar-precios-salarios.

Apretar el cepo –limitando las compras con tarjeta– no parece la solución, dado el impacto inexorablemente alcista sobre la paridad informal, y el rendimiento ya agotado del racionamiento vía cantidad, que sirvió para convertir “una corrida en una maratón” pero no para revertir el sentido de la fuga de divisas (que persistirá mientras no se corrija el atraso cambiario).
El desdoblamiento cambiario (subiendo la paridad para viajar, importar bienes suntuarios, exportar bienes más elaborados o procedentes de economías regionales) aparece como la alternativa más elegante para suavizar la demanda (racionamiento vía precio), e incluso estimular alguna oferta voluntaria (si se extendiera a la paridad financiera).
No será indiferente el contexto. Si fuera implementado como una medida aislada, sin una “hoja de ruta” consistente y consensuada con todos los miembros del gabinete económico, un mercado sensible para experimentos podría interpretarlo como el primer paso de un sendero anárquico de final impredecible. En cambio, enunciado en un programa antiinflacionario que incluyera alguna moderación fiscal (para relajar las necesidades de emisión) y algún premio real al ahorro en moneda local (tasa de interés), junto a un esfuerzo perseverante de recomposición del acceso al financiamiento externo, podría descomprimir la tensión cambiaria y ganar algo de tiempo para consolidar una transición ordenada hacia un gobierno que pueda gozar de credibilidad persistente, ya irrecuperable para la autoridad actual.

A largo plazo, sin programa antiinflacionario que corrija el atraso cambiario, no habrá alquimia financiera que revierta el déficit cambiario y la caída de reservas. Es hora de terminar con la farsa inflacionaria. No porque lo digan el FMI o los “agoreros de siempre”. Sino por los pobres.



Hernan Lacunza // Empiria Consultores