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Sacó número? Llene el formulario, haga esa cola y pague el impuesto. ¿Trajo el apto médico?, ¿el número de CUIT?, ¿el libre deuda?, ¿la fotocopia del DNI?, ¿está en ayunas?, ¿se hizo el enema?, ¿tiene el ciclo básico, el posgrado, el máster?, ¿el título certificado por la Subsecretaría de Coordinación de Trámites homologado por la Secretaría de Asistencia Poscoital del Ministerio de Relaciones Públicas y Cooperación con la Comunidad ? Ah, no, para la constancia va a tener que pedir otro turno y empezar de nuevo.

Firmas, sellos, antecedentes, legajos, acceder a una libreta de casamiento, a un certificado de estudios, participar en una licitación pública, postularse a una vacante, la burocracia exige a cada paso pruebas a los ciudadanos de que son quienes dicen ser, que están preparados para lo que se ofrecen o piden y que pueden probarlo. Trámites para todo... menos para postularse a “presidente”, “gobernador” o “legislador”.

Cualquiera, nacido acá, con la suficiente ambición –y mucha guita disponible, propia o ajena–, apoyado por empresas, narcos, “fundaciones” o por ONG “solidarias”, se hace unos afiches con su foto, media sonrisa, arregla con Tinelli para tener “imagen” y, si le sale, al cabo de un tiempo, consigue el “sello” partidario que lo legitima para presentarse y, ¿por qué no?, ganar. Ganar, cobrar, vivir de la guita pública, administrar el negocio y comenzar a devolver favores. Hasta Aníbal Fernández se anima.

Milicos, Perón. Bailarina, Isabel. Un cantante, Palito Ortega. Un ex piloto de Fórmula 1, Reutemann. Un ex motonauta que competía solo y pagaba para que lo transmitiera Canal 9 y publicaran en la tapa de Clarín sus hazañas deportivas, Daniel Scioli. Hubo y hay de todo, médicos, ingenieros, sindicalistas. Pero son los abogados los que hacen diferencia en el recuento. Tal vez porque son expertos en el “verso” necesario que debe tener un candidato. Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde, Rodríguez Saá, Kirchner y Cristina, colocada a dedo por su esposo. Todo lo que tuvieron que hacer los “elegidos” fue presentar el DNI, una declaración jurada y firmar el acta en el momento de asumir. Cero espera, cero cola. En comparación, cero trámite.

Recuerdo ahora la copla que escuché cantar a una maestra rural en Humahuaca, Jujuy: “Siempre me están diciendo que me aguante la pobreza/ el que no lleva la carga/ no sabe lo que pesa”. Y se me ocurre proponer la difusión por las redes sociales de un hashtag. Si prende, la “iniciativa popular” podría ser impulsada luego como proyecto de ley. Es una idea sencilla. Así como hay quienes quieren encerrar nuevamente durante un año, bajo control militar, a los “ni ni”, los jóvenes a los que el sistema no les ofrece otra aventura posible que el consumo de drogas o el delito, los ciudadanos exigimos un “servicio civil obligatorio” a quienes se postulen como candidatos.

El “servicio”, anual, consistiría, mes a mes, en vivir situaciones cotidianas. Un mes para pedir turnos y atender a toda su familia en hospitales públicos, un mes compartiendo casilla con una familia en la villa, un mes viajando, ida y vuelta, en el Sarmiento y en el subte B en horas pico, un mes saliendo de madrugada a buscar empleo, un mes cartoneando todas las noches, un mes durmiendo en la calle, un mes ayudando en clase y en tareas domésticas a maestras de escuelas públicas, un mes conviviendo con tribus de pueblos originarios, un mes sin agua, sin cloacas, un mes en el interior de Formosa, del Chaco, y un mes trabajando en un yacimiento del extremo sur, en invierno, hasta completar el año.

Es posible así que, en pocos gramos de muestra, los aspirantes sepan lo que “pesa” vivir en este país para la mayoría. Las “caravanas” por los barrios, las selfies, los besitos a los niños, aceptar las jodas de Tinelli, el “debate” en canales de cable, todo eso ya no alcanza. Hay que poner el cuerpo y sentir la carga, candidatos.

*Periodista.



Carlos Ares