COLUMNISTAS MALES

Shakespeare para millones

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Voy a una función de teatro y me encuentro con un dúo musical, Los Carlinga, que en una especie de remedo de cabaret vienes canta y cuenta –incluso a pedido, improvisando– las obras de teatro de Shakespeare. La experiencia es a la vez graciosa y exasperada y extraordinaria. En casa, enciendo la computadora y veo House of Cards. Por una confusión de géneros para mí incomprensible, se ha tendido a tomar la eclosión de series como un renacimiento de la novela del siglo XIX, un rebrote balzaciano de La Comedia Humana o del movimiento de masas tolstoiano, a cambio de advertir que, tras esa apariencia de despliegue –puros extras o secundarios– lo que se esconde es una sucesión de relecturas de las posibilidades del teatro televisado. En ese sentido, House of Cards es una serie de interiores, recorre los pasillos del poder y de la intriga, La Casa Blanca y sus alrededores –lobbys, sexo y periodistas. La serie tiene una particularidad: se basa en una novela de Michael Dobbs, escritor estadounidense que nació en Gran Bretaña, y tal vez sea por efecto de esa binacionalidad que, pese a sus adaptaciones, es de lo más shakespeariana. Su protagonista, Frank Underwood (Kevin Spacey) y su mujer Claire (Robin Wright) componen un matrimonio macbethiano, aún hasta el extremo inverosímil –pero dramáticamente justificable– de que Underwood –a punto de ser designado candidato a vicepresidente– se encargue manualmente de ejecutar sus crímenes y borrar sus huellas. Pero, como sabemos, el arte opera por selección y discriminación, en cambio en la vida todo es confusión e indiscriminación, o al menos lo era hasta que el Premio Nobel de la Paz 2013 comenzó a ejecutar en persona a los presuntos enemigos de su patria, de noche y en una habitación oscura, manejando los comandos de los drones como si jugara a la play station. Y es que la realidad también aspira a la belleza de la teatralidad y al simulacro.
Con Allen Ginsberg, me gustaría declarar que he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura de creer en una u otra verdad, enfáticamente pronunciada. La mentira se ha vuelto espectáculo: hay gente que sube fotos de una tomateada en algún poblado español y coloca como epígrafe “Asesinatos en Venezuela”, lo que no quiere decir que los crímenes no ocurran. Por suerte, el peronismo se ha vuelto universal y el Papa abre los brazos para que el mal ceda.

Daniel Guebel