COLUMNISTAS DEVALUACIONES CONTROLADAS

Si el mundo cambia, ni el Fútbol para Todos nos salva

Las variaciones del tipo de cambio de Brasil y Uruguay impactan en la economía argentina tanto como la potencial reducción de la liquidez global, que producirá vientos en contra.

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En la misma semana, con un par de días de diferencia, Brasil eliminó un impuesto que frenaba el ingreso de capitales de corto plazo, mientras que Uruguay tomó la medida inversa. A Brasil le preocupa que la devaluación del real se acelere, impactando sobre la inflación local. A Uruguay le preocupa que la apreciación del peso uruguayo se acelere aun más, impactando sobre la competividad. A unos les preocupa un dólar demasiado caro, a otros un dólar demasiado barato.

Estos “problemas” entre nuestros vecinos cercanos no hacen más que reflejar una situación monetaria global inédita. Como se sabe, para salir de la crisis financiera de 2008, el Banco Central de los Estados Unidos (el emisor de la moneda de reserva global) se dedicó a emitir, bajar las tasas de interés al mínimo y comprar títulos públicos y privados a todo trapo, hasta cuadruplicar sus activos. En castellano básico, aumentó la cantidad de dólares circulantes en el mundo, generando una devaluación del dólar, y su contracara, un aumento del precio de los activos dolarizados, incluyendo el de las commodities.

Esto hizo que una parte de esos dólares “sobrantes” pasaran a engrosar, vía ingreso de capitales y de mayores precios de las exportaciones, las reservas de los bancos centrales de los países emergentes, dando lugar a una fuerte apreciación de las monedas de dichos países, algunas por cambios en el tipo de cambio nominal (se hizo más barato el dólar respecto de las monedas locales); otros vía aumentos fuertes de la tasa de inflación (como en nuestro caso).

En Brasil o Uruguay hubo que poner barreras al ingreso de capitales, mediante distintas restricciones e impuestos, para evitar que el real o el peso uruguayo se encarecieran demasiado, aunque, con poco éxito. En el caso argentino, en cambio, nuestra “solución” fue espantar, con políticas intervencionistas, arbitrarias y antimercado, a los inversores, incluyendo a los ciudadanos locales, provocando una “exitosa” salida de capitales de más de 80 mil millones de dólares entre 2007 y 2012 (parte de los cuales fueron el “ingreso de capitales” uruguayo).

Nuestros vecinos recibían dólares del comercio exterior, de la inversión extranjera directa y de los capitales de corto plazo. Nosotros, en cambio, cortamos todos los puentes que nos unían con la comunidad económica global, dejando sólo en pie el canal del comercio, afectado, de todas maneras, por restricciones de todo tipo.

En las últimas semanas, el Banco Central de los Estados Unidos ha empezado a sugerir, por ahora con medias palabras, que su política de expansión monetaria podría virar hacia un esquema más conservador en los próximos meses. La sola mención de este eventual cambio, aún lejano en el tiempo, alteró los flujos de capitales, el valor del dólar y de las tasas de interés en el mundo, al menos por unos días.

La región, como no podía ser de otra manera, es extremadamente dependiente del único Banco Central que importa –el emisor de dólares “verdaderos”– ya sea por los flujos de capitales o por los precios de nuestros productos de exportación.

En ese contexto, la política económica local, si bien menos dependiente directamente, por lo arriba comentado, de los flujos de capitales, es altamente dependiente del precio de las commodities –soja y minería para exportación, naftas y gas licuado para importación– e, indirectamente, de los flujos de capitales, por su efecto sobre Brasil, nuestro principal socio comercial en rubros claves.

En ese sentido, tanto la devaluación/apreciación del real, y los cambios en el nivel de actividad de la industria brasileña, como la apreciación/devaluación del peso uruguayo y su atracción para capitales y turismo argentinos deberían ciertamente importarnos.

Y sobre todo debería importarnos un eventual cambio, en los próximos años, en el escenario de liquidez global, que podría generar un violento “viento en contra” para la economía argentina.

En síntesis, hemos asistido, en estas semanas, a ciertas “corrientes de aire” negativas para la región. Todavía no se ha formado una tormenta y es posible que tarde bastante en desarrollarse.

Sería mejor, sin embargo, empezar a tomar precauciones y atar todo lo que está suelto, porque si, efectivamente, en los próximos años el mundo “se nos cae encima” en serio, ni televisando un River-Boca por día podremos disimular las consecuencias.



Enrique Szewach