COLUMNISTAS ECONOMISTA DE LA SEMANA

Si funciona, sirve

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Otra maldita nota sobre el déficit fiscal… pero no. En plena campaña electoral es muy común escuchar las falencias del oficialismo. Las críticas aparecen, a veces, desde los lugares menos esperados, pero los temas siempre son los mismos. Uno de ellos es un caballito de batalla… sobre todo para los economistas: el déficit fiscal.
Los manuales de finanzas públicas tradicionales, basados en la teoría marginalista, suelen omitir, casi hegemónicamente, la idea de gastar más –emitiendo, o como sea necesario– para crecer más.

La mayor parte de los economistas, por su formación ortodoxa, tienen un instinto revulsivo a la idea de imprimir dinero, y una tendencia a identificarla con inflación. Básicamente, el pensamiento convencional sugiere que emitir dinero para financiar al fisco es inflacionario.

Tanto la idea monetarista –más dinero circulante es igual a más inflación– como los que sostienen que el “exceso de gasto público” es inflacionario coinciden en la misma explicación: la inflación es un fenómeno de exceso de demanda. ¿Qué significa esto? Dicen que la economía está “recalentada”, como si fuera un guiso de hace dos o tres semanas que por la pinta no va a caer muy bien. En definitiva, los salarios argentinos son “demasiado altos”… o insinúan que “hay que bajar los costos salariales”.
Lo más interesante del análisis es que dichas frases son repetidas una y otra vez en toda situación del día a día por trabajadores asalariados. En fin, la sociología tiene un trabajo que hacer allí.

Pero en economía existe un viejo –y no tan viejo– grupo de poskeynesianos en las afueras de la ciudad de Nueva York, en el Levy Institute del Bard College, que en los últimos años vienen diciendo cosas distintas. Hablan de un concepto nuevo, incluso hasta dicen haber construido una nueva teoría monetaria a la que hacen llamar “teoría monetaria moderna”. Esta teoría está basada en el concepto de finanzas funcionales desarrollado por Abba Ptachya Lerner en su artículo “Functional finance and the federal debt”.
Esto de las finanzas funcionales va completamente en contra de la opinión generalizada que se escucha en las calles. El principio principal de este tipo de finanzas es juzgar las medidas por su efectividad.

La idea central es que las políticas de gasto, recaudación y endeudamiento del Gobierno serán todas realizadas con una mirada puesta en los resultados económicos de estas acciones y no en cualquier doctrina tradicional que establece lo que es correcto y lo que es erróneo… En pocas palabras, si funciona sirve, si no no.
No podemos hacer una ley que diga que somos felices, pero sí podemos intentarlo gastando. Si el objetivo es el pleno empleo, bajo esta perspectiva la única solución es gastar más. En palabras de Lerner, si esto significa que hay un déficit, mayor endeudamiento, “impresión de dinero”, etc., entonces estas cosas en sí mismas no son ni buenas ni malas, son simplemente los medios para lograr los fines deseados de pleno empleo y la estabilidad de precios.

La propuesta de Abba, o de otros autores como Georg Friedrich Knapp, contraria al pensamiento convencional, propone la inexistencia de limitaciones intrínsecas al tamaño de deuda por el déficit público (aclaremos, en moneda propia, en Argentina, deuda en pesos). Incluso, el aumento del déficit público no necesariamente hace aumentar la deuda porque se debe tener en cuenta el costo (interés) del endeudamiento.

Encima de esto, se rechaza la tendencia a la utilización plena de la fuerza de trabajo y del capital. Entonces, si el principio de sustitución factorial (supuesto marginalista) no se cumple, desde un punto de vista objetivo y científico las “finanzas sanas” se volverían irracionales. ¿Por qué esperar una vuelta al pleno empleo automática si no hay sustento científico para hacerlo?

Mathew Forstater, director de investigaciones del Binzagr Institute for Sustainable Prosperity (http://www.binzagr-institute.org), otra usina poskeynesiana norteamericana, sostiene que el pleno empleo es clave para la estabilidad social: sin empleo ni ingresos seguros, los ciudadanos son vulnerables a ideologías peligrosas, chivos expiatorios y a movimientos políticos antidemocráticos. Algunos autores argentinos como Matías Vernengo (http://nakedkeynesianism.blogspot.com.ar/), entre otros, sostienen el enfoque de las finanzas funcionales como válido.

Para los teóricos económicos, como este grupo de keynesianos que sostienen este enfoque, la idea de “presupuesto equilibrado” debería ser abandonada. Si un economista promueve un “presupuesto equilibrado” como fin en sí mismo –como lo “correcto” a realizar, ya que sería irresponsable hacer otra cosa– sin tener en cuenta los efectos potenciales sobre los objetivos de política macroeconómica, esto no sería consistente con el principio de las finanzas funcionales, sino que se debería llamar finanzas disfuncionales.
Pero, ¿por qué no se aplica esta teoría que sería benéfica para todos? ¿Cuál sería el límite?

En economías que emiten moneda internacional no habría límites económicos a la expansión. Pero aquí en Argentina no todo es tan fácil. El gasto público no puede ser ilimitado, pero no porque pueda inducir inflación por exceso de gasto o por emisión, sino porque crecer más implica importar más y finalmente quedarse sin dólares seguido, generalmente, por una brusca devaluación que dispara los precios internos.

Para no quedarse sin dólares, no importa el déficit sino cómo se gasta. Y la única salida es la política industrial de sustitución de importaciones; esa misma que el “sentido común” dice que se agotó en los 70, la que permitió el salario más alto en la historia argentina en el año 1974, la que llevó el Torino a Nürburgring de la mano de Juan Manuel Fangio y Oreste Berta y la que supuestamente está más viva que nunca en el gobierno de Donald Trump.

Santiago J. Gahn / UNLP