COLUMNISTAS OPINION

Signos, símbolos, lecturas

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Gillo Dorfles
Gillo Dorfles Foto:Cedoc Perfil
Nombraron ministro a un empleado de La Nación y del Grupo Clarín, falta poco para que nombren a uno de PERFIL. ¿Eso quiere decir que podría ser yo? ¡De sólo imaginarlo, ya tiemblo! Tendría que armar urgentemente un equipo, hacerme de un stock de camisas lisas celestitas, y sobre todo tener planes e ideas. De hecho, ya tengo una: cada vez que el Gobierno esté pasando un mal momento –es decir, siempre– podemos llamar a algún juez corrompido para que procese rápido a Cristina o a algún funcionario del gobierno kirchnerista, y también con nuestros socios del Grupo Clarín para que por su cadena nacional no se hable de otra cosa que de la corrupción del kirchnerismo como forma de tapar el ajuste y nuestros desastres. ¡Gran idea! Ahora mismo me pongo a preparar un Power Point para el día de la presentación, y si es necesario también un Excel con el cronograma temporal de acciones, cuya primera operación será…perdón… ¿Cómo?...No entiendo…No es posible…Aquí me dicen que el Gobierno ya viene haciendo eso. Que hace un año que se dedica básicamente a eso y a ninguna otra cosa….no lo puedo creer… ¡Me robaron la idea! En fin, renuncio antes de asumir, qué tremendo. Triunfar no es lo mío. Algunos nacen para pito y otros para corneta, y yo, entonces, tendré que morir escribiendo estas columnitas por dos mangos sobre libros que nadie lee.

¿Nadie lee? ¿Nadie lee a Gillo Dorfles? Yo creo que sí es leído. Nacido en Trieste, Italia, en 1910, todavía vivo, entre los años 50 y 70 escribió textos clave sobre estética, en especial sobre el concepto de Kitsch, palabrita que rápidamente tuvo una circulación imparable. Entre medio, escribió textos notables en un horizonte de erudición que abarca desde la cultura de masas, como en Nuevos ritos nuevos mitos (Lumen, 1969), la crítica de arte, como en El devenir de la crítica (Espasa Calpe, 1979), la influencia de lo mítico en la tradición moderna, como en Estética del mito (Editorial Tiempo Nuevo, 1970) o incluso la arquitectura, como en La arquitectura moderna (Ariel, 1980). Pero de una u otra manera, su objeto de reflexión son los signos, la importancia de lo simbólico, en el momento de crisis de las pos-vanguardias de los 60 y del triunfo global de las sociedades de consumo y sus nuevos modos de alienación social (mutantis, mutantis, y en el caso argentino, deberíamos trazar una genealogía del momento –el kirchnerismo– en el que el consumo se volvió un valor positivo, se volvió progresista, e incluso, casi, de izquierda. Para el kirchnerismo consumir era visto como un modo de emancipación social. En la falta de una mirada crítica sobre el consumo como problema, reside una de las razones evidentes por las que el kirchnerismo nunca fue de izquierda y, sobre todo, una de las claves de su debilidad ética, su mediocridad intelectual, y su fracaso político).

Volviendo a Dorfles, en algún punto cercano a Lévi-Strauss y también a Barthes, encarna también un cierto tipo de intelectual italiano abierto al cruce entre estética e historia, y a dejarse llevar por el clima de época. Leyéndolo, avistamos una Italia pre-Berlusconi. Una Italia industrial, con consumo y casi pleno empleo, que se moderniza (el auge del diseño industrial de vanguardia, etc.) y ese mismo proceso de modernización es objeto de crítica y sospecha.