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Simplicidad y facilismo (la navaja de Scalabrini)

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Estos asuntos de economía y finanzas son tan simples que están al alcance de cualquier niño. Sólo requieren saber sumar y restar. Cuando usted no entiende una cosa, pregunte hasta que la entienda. Si no la entiende es que están tratando de robarlo.” Palabras más palabras menos, las palabras de Raúl Scalabrini Ortiz, pensador marxista-radical-peronista referente del nacionalismo de entreguerras. Su opinión no es inocua: está arraigada culturalmente (en la sospecha que despiertan la economía en particular, y los argumentos elaborados en general), se extiende a otros aspectos del debate intelectual (y en la política new age de imágenes sin guión) y es el caldo de cultivo de atribuciones fáciles de males y penurias a unas pocas personas (en particular, al técnico pedante que viene a explicar lo obvio de manera difícil).
Pero, sobre todo, la opinión de Scalabrini es precisamente incorrecta: el desarrollo, la economía, las finanzas, las instituciones o la política son conceptos complejos, difíciles de reducir a un conjunto de sumas y restas infantiles. De hecho, parafraseando, podríamos decir: si se entiende todo –si alguien explica en un par de líneas cómo hacer dinero y vivir de rentas, cómo resolver el déficit de desarrollo con el que cargamos hace décadas, cómo reconstruir instituciones devastadas (o que nunca tuvimos) o cómo desandar el errático personalismo heredero del caudillismo para recuperar el sistema de partidos, y todo resulta claro como el agua– es probable que nos estén engañando. O, más específicamente, que nos estén contando sólo una parte de la historia.
Dicen que, exigido una y otra vez por un periodista para que le brindara una versión de la teoría de la relatividad que fuera lo suficientemente simple para sus lectores (o para él mismo), Einstein contestó: “Podría decirle que la relatividad es masa más tiempo, pero ya no le estaría hablando de la relatividad.” Una versión anecdótica de la célebre “Hagan las cosas tan simples como sea posible, pero no más simple que eso” atribuida, tal vez apócrifamente, también a Einstein. Lo que puede leerse, a su vez, como una versión aforística de la cita completa: “No puede negarse que el fin supremo de toda teoría es que sus elementos básicos e irreducibles sean tan simples y pocos como sea posible sin resignar una representación adecuada de los datos de la experiencia”, dictada en la Herbert Spencer Lecture de Oxford de 1933, a la que a veces se refiere como “la navaja de Einstein” (cuanto más parsimoniosa la teoría, mejor) por su analogía con la célebre navaja de Occam, a su vez derivada de Aristóteles (cuantas menos hipótesis, mejor) y Ptolomeo (cuánto más simple la hipótesis, mejor), etc.
En suma, simplicidad sin facilismo.
Uno no le puede exigir al especialista que nos facilite la digestión de alimentos complejos reduciéndolos a una papilla irreconocible e insulsa. En cambio, sí le puede y le debe exigir definiciones, precisiones. ¿Qué hay detrás del cómodo consenso de campaña, de qué hablamos en concreto cuando invocamos palabras fetiche como desarrollo, instituciones, inversión, educación, calidad, productividad? ¿Cuáles son los costos, los esfuerzos, las esperas (siempre las hay, salvo en el discurso proselitista) necesarias para salir de la calesita de ilusiones efímeras en la que nos movemos desde hace décadas?
El facilismo es, valga la redundancia, más fácil. Nos dice que nuestro fracaso se explica por la crisis global, el embargo de los buitres, el mesianismo de un superministro o la absurda obcecación de un secretario, la conspiración del capitalismo contra sí mismo. Muerto el perro, muerta la rabia, nos promete.
Pero es difícil atribuir este loop argentino de treinta años a un par de perros. Nuestra historia no es lineal y posiblemente contenga muchas explicaciones, todas ellas necesarias. Del mismo modo, nuestro futuro, nuestro desarrollo, contiene muchas líneas simultáneas, y describirlo es una tarea larga. Tan larga que si intentara sintetizarla en este espacio los estaría
engañando.

*Escritor y economista.



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