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Sin autocrítica sobre salarios e inflación

El Gobierno descubrió que las subas de sueldos por sobre las de productividad son insostenibles. Y los gremios, que las alzas de precios ahogan a sus afiliados.

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El hecho relevante de la semana que pasó ha sido el paro general, decretado por algunos gremios alineados en las CGT “opositoras”.

Conceptualmente, el punto central de la protesta gremial surge del enfrentamiento de dos descubrimientos tardíos, dos “despertares”, si se me permite un poco de poesía.

En efecto, el primer descubrimiento es el del Gobierno que, de pronto, reconoce que aumentos salariales sistemáticamente superiores al crecimiento de la productividad resultan insostenibles en el tiempo y, tarde o temprano, hay que volverlos a la realidad.

¿Recuerdan las encendidas defensas del actual ministro de Economía de la política salarial que homologaba el Gobierno? “El aumento salarial es virtuoso. Aumenta el consumo, la demanda, la inversión, la recaudación, el gasto y el crecimiento, y no genera inflación”. Nunca se nos explicó en qué momento los salarios perdieron esa “virtud”.

El segundo descubrimiento pertenece a los sindicalistas, que verifican que la elevada inflación, que resultó funcional a su poder, tiene ahora nefastas consecuencias sobre sus afiliados y representados. También aquí quedaron atrás los discursos sindicales, cuando eran oficialistas y no opositores, que subestimaban la inflación. “Hay un poco de inflación, pero no es un problema, porque hay trabajo, y los salarios se ajustan por encima de la inflación. ¿Qué prefieren?, ¿la estabilidad de los cementerios?”.

Pero bueno, como dijo el amigo Hugo, citando al General, “la verdad es la única realidad”. Y la realidad es que la inflación es hoy un impuesto clave en la recaudación fiscal. Por lo tanto, no se encaró un programa integral para bajarla, que incluyera la reducción de las expectativas de inflación, exacerbadas por el descontrol nominal de noviembre y diciembre, un grave error estratégico, uno más, del equipo económico. Por ello se han homologado aumentos salariales en torno a la inflación pasada y no futura.

Para el caso del sector público, la única manera de resolver esta ecuación es que la inflación, que está del lado de los ingresos, supere al aumento de los gastos (subsidios, salarios y jubilaciones). Y para el sector privado, debido a la caída de actividad y al control de importaciones y precios, es ajuste de empleo, horas extras y, eventualmente, nueva demanda por aumentar el tipo de cambio, demanda que, dependiendo cómo se instrumente, puede meternos en un nuevo miniciclo de descontrol nominal, como el ya mencionado.

En otras palabras, como el Gobierno generó una aceleración de la inflación justo antes de las paritarias, éstas cerraron en valores cercanos a la inflación pasada. Pero la economía necesita que el salario real, que subió artificialmente en el fragor del populismo pro consumo de estos años, de manera incompatible con la falta de inversión y la baja productividad de nuestra economía, se acomode a la nueva realidad. Pero al consolidar aumentos nominales elevados, la única forma de que el salario real caiga es que la inflación supere los ajustes salariales.

En este contexto, el apretón monetario llega tarde. Evitó una aceleración mayor de la inflación, en medio del mantenimiento del desborde fiscal, pero la dejó en valores muy altos. (Es como pasar de 180 kilómetros por hora a 140). Ahora, si la tasa de inflación baja, los acuerdos salariales, en lugar de ajustar el salario real, lo desajustarían. Si sube más, vamos a un desastre macro. Y si queda estable, es el escenario de estancamiento productivo y alta inflación.

Y en esa “trampa” es donde estamos. A menos que se consiga suficiente crédito externo como para reemplazar parte de la recaudación del impuesto inflacionario, aun a costa de dejarle al futuro gobierno otro problema más. Quizás, ahora, se entienda mejor por qué todos los países del mundo, salvo tres o cuatro, saben que “con la inflación no se jode”, y en cuanto se mueve un poquito para arriba, instrumentan lo que haga falta para frenarla, aun a costa del nivel de actividad y de perder popularidad. Porque de la droga de la inflación es muy difícil volver sin elevados costos.

La sociedad argentina, en cambio, cae en esta droga persistentemente y se “interna” para rehabilitarse cada tanto.

En los discursos de estos días, tanto de sindicalistas como de políticos, un poco de autocrítica al respecto no hubiera venido mal.



Enrique Szewach