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Sin esperar al Mesías

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Hacia 1970, el psicoterapeuta estadounidense Arnold Beisser (1925-1991) formuló la Teoría paradójica del cambio, que se convertiría en un pilar fundamental de la psicoterapia gestáltica. En síntesis esa teoría sostiene que el cambio se produce cuando la persona se convierte en lo que realmente es, no cuando trata de convertirse en lo que no es. Esto significa que cambiar no es desechar todo para lanzarse hacia adelante en cualquier dirección, sino que todo cambio requiere previamente una profunda introspección, un proceso de autoconocimiento, que puede tener momentos dolorosos, para saber quién se es, qué se necesita, con qué recursos se cuenta y también quién emergerá al final de ese proceso. Probablemente sea alguien que tenga muchos de los aspectos previos, sólo que elevados a un alto grado de conciencia, y asumidos con responsabilidad.
La palabra cambio adquiere resonancias significativas en este momento de la Argentina. El domingo 25 de octubre dos tercios de la sociedad (alimentados por la clase media, siempre despreciada y satanizada en el discurso y el relato populista) dijeron lo que ya no admiten. En ese sentido ganó, ante todo el No. No a la intolerancia. A la mentira como única verdad. Al insulto gratuito y resentido como forma oficial de comunicación. A la negación y adulteración sistemática de la realidad. A la megalomanía en la cima del poder. A la pobreza estructural. A una intelectualidad oportunista y obsecuente atrincherada en un absurdo “pensamiento nacional”. Al narcotráfico y a la delincuencia instalados en cargos y funciones gubernamentales. Al usufructo rapaz del Estado, propiedad de la ciudadanía, en beneficio propio. A la naturalización del crimen en las calles y en la vida cotidiana. A la manipulación de la Justicia y a su desprecio cuando no puede ser usada para granjearse impunidad. A la corrupción más desembozada de la que haya memoria en tiempos democráticos. Al desprecio por las instituciones republicanas. A la soberbia y a la prepotencia como argumentos políticos. A la decadencia educativa. A la prebenda y el clientelismo en lugar del esfuerzo y el trabajo. A la utilización perversa e inmoral de los derechos humanos y de la memoria colectiva. A la penalización del salario mediante impuestos usurarios. Al uso de empresas estatales (como la ineficiente e impresentable Aerolíneas Argentinas) como guaridas de pandillas militantes. A la falsificación permanente de la historia. A los pactos y complicidades con gobiernos terroristas o antidemocráticos. No a todo aquello que obnubiló la mente de tantos a lo largo de doce años siniestros, cuya oscuridad se percibirá con más perspectiva y certeza a medida que el tiempo (ese gran escultor, como lo llamaba la incomparable Marguerite Yourcenar, autora de Memorias de Adriano)ajuste las lentes y emerjan a la superficie aspectos hoy inimaginables del desquiciado elenco que encabezó este proceso.
Pero el cambio no se agota en el no. Es necesario que esa masa cuántica de la sociedad convierta la energía conque negó, en una energía afirmativa. Aquí puede aplicarse la teoría del cambio de Beisser. Es el momento en que cada ciudadano, que dijo su no, se pregunte cómo es la sociedad en la que quiere vivir. Con qué valores, con qué tipo de relaciones humanas, con qué proyectos comunes, con qué contratos morales. Los doce años que agonizan fueron posibles gracias a mucha indiferencia, concesiones, oportunismos, silencios y desprecio por la política. Cambiar significa empezar a vivir como en la sociedad a la que se aspira. Hacerlo en el día a día: trabajo, familia, deporte, negocios, conductas en la calle, en las rutas, en el lenguaje. Esto no lo dispondrá ningún gobierno, la responsabilidad (como bien apuntaba Hannah Arendt) es siempre individual. Si hay en la sociedad reservas o fuerzas morales, el cambio consistirá en explorar esos yacimientos y ponerlos en actividad. No es fácil, requiere trabajo y compromiso. Si la sociedad argentina no es la que se vislumbró en estos años, que serán de amarga memoria, tiene una oportunidad ahora (una más) de convertirse en lo que sí es. Y cada quien debe asumir la tarea, sin esperar que el 22 de noviembre traiga al Mesías. Reflexionar sobre esto puede ser una manera de aprovechar bien la vigilia de las próximas tres semanas.

*Escritor y periodista.



Sergio Sinay