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Sin fin de ciclo judicial

Detrás de la ambigüedad de Scioli, CFJ siguió avanzando con desenfado sobre jueces y fiscales. La reinclusión peronista.

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Foto:Pablo Temes

El ya consagrado candidato oficialista empezó a desplegar su campaña. En la que apuesta a mostrarse como artífice de una reconciliación en marcha. Lo graficó esta semana yendo del abrazo con Menem en La Rioja a una emotiva declaración de amor a Máximo en Santa Cruz. Su clave es convertir la ambigüedad que muchos le reprochan en arma de seducción, y representar así a una amplia porción de la sociedad que quiere sólo un cambio de estilo, menos confrontación, y que además acompañó en su momento al menemismo y recuerda hasta con cariño al riojano, y ahora hace lo propio con Cristina, y no ve contradicción en ello.
Mientras tanto, la todavía Presidenta no se estuvo quieta. Se dedicó toda la semana a la Justicia, su principal obsesión de estos tiempos, a la que no descansará hasta convertir en su exclusivo juguete. Con lo cual deja bien en claro por un lado que no se equivocan ni el votante peronista del llano ni el propio Scioli cuando ven la lógica de pasar de menemista a kirchnerista. Pero por otro que la reconciliación será de la familia peronista, no estará abierta a los demás, ni mucho menos se les permitirá sentarse a la mesa del poder: el poder se volverá exclusivo instrumento de esa gran casta, tal vez distribuyéndolo más parejamente, sí, pero sólo entre sus facciones.
Cristina actuó como siempre hace, con desenfado: en un solo día, mientras la Corte seguía dudando de la conveniencia y oportunidad de frenar el desplazamiento de jueces y fiscales independientes, o avalar los reclamos de inconstitucionalidad de la Ley de subrogancias, la Presidenta firmó de un plumazo 15 decretos designando setenta jueces, subrogantes y fiscales. Que se suman a los muchos que impulsa el oficialismo en el Consejo de la Magistratura y provincias, para controlar juzgados con incumbencia en casos de relevancia institucional, como AMIA y el pacto con Irán, de corrupción, o procesos electorales.
Lo hizo aupada por la creciente “sensación de continuidad” de estos días: con Scioli instalado en cabeza de las encuestas, tiende a fortalecerse la idea de que el enroque general de funcionarios que el oficialismo le está proponiendo a la sociedad será consagrado en las urnas. Así que los que quieren un cambio se quedarán con las ganas y los que se han atrevido a desafiar al poder pagarán las consecuencias. Es la hora ideal para que truene el escarmiento, y ganarle de mano a las demás facciones peronistas. Scioli con sus votos vendrá luego a legitimar lo que ella haya dispuesto. Y se conformará con que lo dejen poner a alguno de los nuevos miembros de la Corte, cuando sea la hora de volver a ampliarla. Tal vez entonces Lorenzetti haya superado su casi constante ambigüedad, que disfraza cuando puede de espíritu salomónico. Pero a nadie le va a importar.

Confiados. Quienes todavía confían en el estilo moderado de Scioli, y le atribuyen un potencial efecto terapéutico sobre las dañadas instituciones de la República, deberían advertir los fuertes incentivos que existen para que el peronismo, de su mano, se esmere aún más en distribuirse la torta judicial y abroquelarse frente a los reclamos que puedan hacer los extraños. Y es que el peronismo se prepara para gobernar en la etapa que viene con mucha menos plata y menos verticalidad que en la que pasó. Probablemente también con menos polarización. Así que necesitará no menos si no mucha más protección judicial. Porque más problemas serios podrían llegar a resolverse en los tribunales.
Para poner un simple ejemplo, si durante el kirchnerismo sólo algunas provincias disidentes se atrevieron a dar cauce judicial a sus reclamos por fondos apropiados ilegítimamente por la Nación, ¿cuántas lo harán a partir del año próximo, cuando esos fondos serán más necesarios que nunca para asegurar la supervivencia política de las elites territoriales y el presidente tendrá muchos menos medios que ahora para alinearlas simbólicamente con “el modelo” o asignar premios y castigos arbitrarios con los que salir del paso?
El peronismo nunca fue respetuoso de la división de poderes ni de los frenos y contrapesos republicanos, pero menos que menos lo fue con poca plata en los bolsillos. En momentos como esos, el segundo gobierno del primer Perón, su infausto regreso en los setenta, los primeros tiempos de Menem, los últimos de Cristina, es más firme que nunca la fe en su más primaria concepción del poder: la Justicia independiente no existe, hay Justicia amiga o enemiga.
No se le conocen, por otro lado, a Scioli ni a su entorno disidencia alguna de esta concepción. Que además ha sido elevada a doctrina consagrada en estos años, con la colaboración incluso de sectores moderados y civilizados del partido, que tiraron a la basura lo que habían ido incorporando de fe republicana, aunque más no fuera por los golpes de la vida y ósmosis del ambiente, sus predecesores en la cúspide del PJ de los años ochenta y noventa.
Esta dirigencia pareciera haber vivido una verdadera contrarreforma antiliberal, bien a la vista si se compara el ánimo que en su momento guió los pasos de Esteban Righi y el de Gils Carbó, o los planteos del ministro Rosatti vis a vis los que suele hacer Julio Alak. En resumen, el problema no son sólo La Cámpora y los jóvenes fanatizados, es toda una dirigencia con motivos y argumentos para actuar como si la ley no fuera más que un suplemento del poder.
Hace pocas semanas se realizó un encuentro de Justicia Legítima donde se despotricó contra lo único rescatable que hizo el kirchnerismo frente al Poder Judicial, contribuir a una Corte Suprema mínimamente independiente. El argumento que expuso allí el ex canciller Jorge Taiana, una persona en general moderada en sus opiniones, fue revelador: “la judicialización de la política es el resultado de la debilidad de los poderes conservadores, que embarran la cancha para tratar de evitar una mayor legitimidad de la transformación y la ampliación de derechos. La politización de la Justicia es lo contrario, es lo que tenemos que hacer, es la razón del surgimiento de Justicia Legítima”.
Si la usa el “gobierno popular” la Justicia se politiza y el pueblo es feliz. No importa si en el camino también zafan los funcionarios corruptos, se esconden los por qué de acuerdos internacionales, etc. Lo que hay que evitar es que la usen los demás. Tan simple y conveniente como eso. Y de tan simple y conveniente es risueña la expectativa de que van a renunciar porque sí a esta idea.

*Politólogo.



Marcos Novaro