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Sin mentiras

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El futuro ya llegó. Ni promesa ni amenaza. Tan sólo la realidad descarnada que ya no admite maquillaje ni impostación. Ya no alcanza con invocar razones abstractas y grandilocuentes como “el modelo con inclusión”, “la Patria” o agitar los lemas de barricada del “proyecto nacional y popular” porque frente a los dolores concretos de tantos de nuestros compatriotas, la verborrea oficial enmudeció. Ahí está como desolado símbolo de ausencia, el vacío de la Casa de Gobierno. Cerró sus puertas por vacaciones. Asiento formal del Poder de la Nación, el lugar en el que los ministros debieran reunirse normalmente con la Presidenta, si la normalidad fuera un valor entre nosotros. El lugar al que, también, los dirigentes de la oposición debiéramos acudir en gesto de ayuda o reclamo, tal como demanda la ciudadanía. Sin reparar que parte del desamparo radica precisamente en esa ficción de gobierno. ¿A quién acudir si la virtualidad simula la gestión? Se naturalizó la confusión del Gobierno con el Estado y el rosado del Palacio gubernamental, símbolo en el pasado de la unificación, se iluminó como una discoteca, a la que se accede tan sólo con invitación. No es de ahora. El primer indicio apareció en la crisis del campo, cuando los ministros en lugar de estar dentro de la Casa de Gobierno, gritaban en la Plaza. Hoy, desde las sombras, se invoca a la Presidenta para legitimar las decisiones que se anuncian frente a los micrófonos. Por esa falsa premisa de que la existencia la otorga el aparecer, el debate político se tornó un simulacro y redujo a los periodistas a ser simples “corre”, “ve” y “dile”, que hirió tanto a la política como a la prensa. Vivimos de alerta en alerta y nos amenazamos con lo que debiéramos prevenir. Ya sea el clima, la inflación o el estallido social como falsa solución.
Resulta paradójico que el mismo gobierno que se referencia con la explosión del 2001 hoy ignora o desprecia el legítimo malestar que agita nuestra sociedad. Se teme más la pérdida del poder que el dolor de tantos compatriotas abandonados a la buena de Dios, desamparados por un Estado que ideologizó la intervención del Estado, pero los dejó al arbitrio del clientelismo político como rehenes electorales. Ni las multitudes indignadas, ni la derrota electoral de octubre, ni el creciente malestar de la ciudadanía con la dirigencia política modificaron lo que es un anacronismo en democracia, el deber a obedecer del partido en el poder. Una disciplina partidaria que redujo el debate parlamentario e impuso las mayorías para configurar el régimen totalitario del “vamos por todo”, tal como lo expresan las leyes que buscan subordinar a la Justicia y el retorno a la vida política de dos instituciones temidas en el pasado, la Iglesia y el Ejército. Pero en cuanto la Iglesia que bendijo las armas de la dictadura hoy está comprometida socialmente para erradicar tanto la pobreza como el negocio mas rentable del siglo que vivimos, el trafico de personas. Y en la figura del papa Francisco simboliza la solución pacífica de los problemas. En el Ejército, con la designación de un militar entrenado en el espionaje que sustentó la “guerra sucia” que se declara soldado de la Presidenta antes que de la Constitución y las leyes de la democracia, desenmascaran el verdadero carácter de un gobierno que hizo de la confrontación y la delación la negación de la política.
De modo que frente a tal choque con la realidad, no tenemos muchas opciones. A no ser, mirar de frente, con coraje, las llagas de nuestra sociedad para evitar que otros espejismos recreen una nueva ilusión. O construimos un gobierno de las instituciones o jamás derrotaremos con el republicanismo democrático el personalismo autoritario que nos atraviesa como un mal histórico. Por eso no debemos desdeñar las demandas morales. Si el combate a la inflación como a la corrupción aparecen como prioridades, no debiéramos perder de vista la intolerancia, esa cultura de la confrontación que por detrás de las banderas flameantes del sectarismo esconden la irresponsabilidad de los que son incapaces de hacer propio el sufrimiento ajeno. Y los argentinos ya cargamos con demasiado dolor sobre nuestras espaldas históricas. Ojalá el 2014 sea el año en el que aprendamos a vivir como compatriotas, sin artificios ni mentiras.

*Senadora de la Nación.


Norma Morandini


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