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Sin respuesta

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El papa Francisco se pregunta: ¿pero qué somos?, ¿acaso el Creador no nos hizo a su imagen y semejanza? ¿cómo es posible que cometamos las crueldades, las perversidades, las maldades que ejercemos contra otros y contra nosotros mismos? Y una se siente impotente, sabe que no puede contestar a esas preguntas y que sólo puede consentir, decir sí, así somos, para bien y para mal, como nos lo dicen los diarios, la tele, la radio, las novedades que nos llegan impresas o habladas. Sí, Santidad, eso somos. Eso, una mezcla de lo infame con lo noble. ¿Sabemos con qué nos vamos a encontrar cuando nos toca actuar? ¿O creemos que lo sabemos y acabamos por engañar y engañarnos? No, por favor, no me diga que no.
Basta con echar una mirada a nuestro alrededor, basta con oír lo que se dice en voz baja o a los gritos, basta con darse vuelta y mirar hacia la historia. Ya lo sé: abundan los ejemplos de solidaridad, de generosidad, de sacrificio para ayudar a otros. Y es por eso que nos preguntamos lo mismo que el papa Francisco: pero ¿cómo puede ser?, ¿de qué estamos hechos? ¿O es que la cosa es aun más complicada? Yo no estoy hecha de la misma materia que esos padres que encadenaban y amordazaban a su hijo de siete años, y sé que usted me va a decir que no tiene ningún parentesco de sangre ni de conciencia con los torturadores de estudiantes revoltosos o de opositores al gobierno de los milicos, Dios nos libre y nos guarde. Ya sé, ya sé todo eso, e insisto: ¿de qué estamos hechos? ¿Qué tenemos de aquel antepasado común a los monos y a los humanos que hace seis millones de años aullaba en la sabana? ¿Qué gotas de la sangre de Lucy corren hoy por nuestras venas? ¿Qué de aquellos Sapiens que “ya eran nosotros” hace cien mil años? ¿Qué de los que hace seis mil años trazaron los primeros torpes signos sobre un hueso abandonado en una cueva? ¿Qué de los que vivieron en el intervalo de noventa mil años que van de esos signos a la computadora? ¿Qué de los que inventaron la rueda y de los que siete mil años después diseñaron la primera nave espacial? Hace apenas seis mil años que escribimos; hace apenas seis mil años que estampamos nuestras incertidumbres y perplejidades en papiros, en papeles y en mármol, y todavía no podemos aclarar el origen de esta mezcla infame y maravillosa que nos tiene acorralados con dudas y signos de interrogación. ¿Qué somos, a ver, qué somos? ¿Cómo podemos ser tan generosos y tan avaros, sin fisuras, sin abismos, cómo? Será eso quizá la esencia de convertirnos en humanos a partir de casi la nada para llegar a los santos y a los verdugos. La pregunta siguiente es cómo se hace para llegar a ser santo descartando al verdugo. No, por supuesto que yo no lo sé. Supongo que usted tampoco. Y también supongo, sin esperanzas, que los únicos que pueden responder son los fanáticos adictos a una religión, cualquiera sea, a los que, no necesito decirlo, no recurriría ni en los peores momentos de desaliento.
Y bien, tal vez no todo esté perdido. La pureza también es peligrosa. No, no retroceda desalentado: bástele recordar los nombres de aquellos que en su momento buscaban la pureza y se dará cuenta de lo que quiero decir. Así como no hay nada mejor que el mestizaje cuando se trata de la supervivencia de los seres humanos, hay que insistir en que no hay nada mejor que la mezcla de los materiales con los que parece que el Creador contaba cuando se le ocurrió esta idea de dotar de vida inteligente a esta bola que no deja de rodar alrededor de un sol dorado. Y bien, con eso contamos. Con eso y con el adjetivo que acaba de aparecer, eso: inteligente. Ajá. ¿Y entonces? Entonces, tal vez (dije tal vez, ¿eh?) nuestra misión en la bola ésta que rueda y rueda en esta lejana galaxia al borde del universo, si es que el universo tiene bordes, nuestra misión sea desbrozar la mezcla a medias infame y a medias sabiamente honorable, como quien separa granitos de arena, de este lado los blancos, de este lado los marrones, de este lado los translúcidos. Menuda tarea. ¿Y qué? ¿Alguien le dijo a usted que la cosa iba a ser fácil? Lamento desilusionarlo: no hay escapatoria.