COLUMNISTAS DIA DEL TRABAJADOR


Sin voz

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Son muchos los casos de los que se han quedado sin voz, y más allá de que todos ellos pueden arrastrar historias tristes, hay algunos que nos llaman particularmente la atención.

Tenemos cantantes que la han perdido, algunos de ellos por sus excesos, otros por enfermedades. Docentes, traductores, relatores, personas dedicadas al doblaje y otros. Incluso, en un cuento de Benedetti, Pacto de sangre, un abuelo decide voluntariamente perder la voz, callarse para siempre con el propósito de beneficiar a su nieto.

Un caso curioso es el de Juan José Castelli, uno de los protagonistas de la Revolución de Mayo de 1810. Este abogado, integrante de la Primera Junta, fue uno de los líderes que convocaron al cabildo abierto. En esos días, y en el propio Cabildo, Castelli se destacó por sus arengas, negociaciones y convocatorias. Fue conocido como “el orador de Mayo” y resultó nombrado, el 25 de mayo de 1810, vocal de la Primera Junta de Gobierno.

El escritor Andrés Rivera, en su novela La revolución es un sueño eterno, hace de Castelli un personaje en el que el “orador de la Revolución” pasa sus últimos días, paradójicamente, con cáncer de lengua. Dice Rivera en la novela: “Castelli sabe, ahora, que habló por los que no lo escucharon y por los otros que no conoció y que murieron por haberlo escuchado”.

Estos son casos individuales de aquellos que se quedaron sin voz. Por analogía, a los grupos que por distintos motivos son marginados, ocultados o postergados se los llama “los sin voz”.

No tienen voz, sucesivamente, los niños y niñas obligados a trabajar, las mujeres golpeadas, los pueblos originarios, los desnutridos y más.
Hoy, no tener voz también puede referirse a aquellos que, en sus problemas y demandas, no acceden a los medios de comunicación, o son tapados por aquellos que hablan más fuerte, en más lugares y con otro poderío.

Cada vez que asoma un nuevo gobierno aparecen los que pretenden redefinir el rol del Estado.

Cada uno de los cinco mil cargos políticos que asumen en un cambio de gobierno se sienten obligados a realizar modificaciones en sus aéreas de influencia.

Generalmente, aquellos que menos saben de la gestión pública son los primeros que reparan en la cantidad de gente que tiene el Estado y allí enfocan sus decisiones primarias.

Paralelamente, ante cada asunción de nuevas autoridades surgen también las voces que piden por los despidos en un Estado que ellos ven sobrecargado de personas. No reparan en la calidad del gasto, sino en el número de trabajadores de cada dependencia.

A los empleados públicos, entonces, se los tilda de vagos, pero nada se dice de que los funcionarios que fueron arribando, producto de la política, no se conectan con los que ya estaban. Incluso los que llegan lo hacen sin reglas claras, sin comprender cuáles son sus propias funciones, lo que provoca, en las reparticiones, que unos pocos acumulen la totalidad de las tareas sustanciales sin saber cómo realizarlas, mientras que el resto cumple labores carentes de sentido, engendrando o alentando motivos de frustración.

Los que aterrizan en la vapuleada administración, al no comprender sus funciones, como consecuencia no desarrollan capacitaciones acordes y se prefiere decir, entonces, que el personal es incapaz. No se habla de la carrera administrativa inexistente, ni de méritos ni premios.

Han sido empleados públicos Borges y Cortázar, Premios Nobel, Favaloro, artistas, médicos, enfermeras, músicos, administrativos.

Son empleados públicos los que realizaron los informes de auditoría que permitieron la condena de los responsables de la tragedia de Once, los emergentólogos del SAME , los bomberos, los científicos.

Podemos disimular todo y decir que la causa de nuestros males se reduce a unos empleados que ocupan oficinas públicas, pero también podemos sentar en una misma mesa a los recién llegados con aquellos que hace rato que están. Una mesa que junte a funcionarios políticos con ideas claras y a empleados con voluntad de bien común.

Los trabajadores del Estado sabemos que existen en nuestras filas los que no tienen voz, también los que la tienen, pero que todo es inútil si del otro lado no hay alguien que escuche. No cumplamos con el refrán que dice que no hay peor sordo que el que no quiere oír. El Estado debe transformarse en una herramienta al servicio de la población, y no de una ideología o las empresas.

*Secretario adjunto de la Asociación del Personal de los Organismos de Control (apoc), secretario general de la Organización de Trabajadores Radicales (otr), CABA.



Federico Recagno