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Soberbia y necesidad

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Algunas actitudes resultan difíciles de comprender y, sin duda, mucho más compleja será la explicación que sobre ellas recoja la historia. En otros tiempos estuve cerca de alguno de los protagonistas de Carta Abierta y me asombra que, con las vueltas de la vida, ese sector participe de este incomprensible fanatismo oficialista.

Fui amigo del matrimonio Kirchner, nunca ignoré su pasado ni el núcleo central de su pensamiento. Sólo la debilidad política que sufrimos como sociedad puede dejar a un grupo feudal y conservador del interior instalado en el espacio del progresismo. No era ese el rumbo elegido para gobernar. Demasiados años de poder en Santa Cruz hacen imposible inventar dedicación a los derechos humanos y a los necesitados. Y ni se nos ocurra revisar sus vidas en la dictadura, siempre más cercanas al colaboracionismo y a los negocios que a la dignidad de los perseguidos. Desde los ministros a los gobernadores, todos los personajes que hoy actúan operan más cerca de las prebendas que de la justicia. El pasado de la mayoría de los funcionarios es tan endeble o confuso como aquellos a los que acusan cuando se confunden y se asumen como héroes de resistencias ajenas.

Es insólito que se culpe a supuestos enemigos poderosos cuando los mayores poderes económicos y mediáticos han sido construidos desde el gobierno y están a su servicio. El sello del neoliberalismo viene a sustituir al odiado enemigo que ayer ocupaba la mera mención del imperialismo. Claro que son demasiados los funcionarios y legisladores, gobernadores e intendentes que hicieron rentable aquella entrega y siguen hoy parasitando esta supuesta patriada. La ideología es utilizada como excusa para el enriquecimiento de demasiados. Se defienden los derechos de los nuevos ricos como si se lo hiciera en representación de los pobres. Y después de diez años, imaginan que si dilapidan los dineros del Estado y les explota la inflación, pueden acusar sin culpa alguna a las corporaciones y a los enemigos de la justicia.

Intentan confundir el lugar infantil del trasgresor con el necesario rol del transformador. Nombrar decenas de miles de empleados públicos, gastar fortunas en medios oficialistas, dilapidar recursos en aerolíneas mientras agoniza el transporte público, todo eso marca una mirada frívola que en poco o nada ayuda a los necesitados.
Cuando universalizan la acusación a los que no piensan como ustedes dejan en claro que son poco amantes de la democracia. Pienso distinto y al escucharlos acusarnos de defender oscuros intereses creo que la soberbia los ha enfermado de necedad. Han hecho del Estado un botín supuestamente revolucionario y prácticamente delictivo. Los que cuestionaron la paz que Perón, Balbín y la dirigencia política proponían en los setenta se deslumbran hoy con el poder desnudo de un pragmatismo autoritario y provinciano.

La coyuntura dio riquezas agrícolas que el gobierno dilapidó como soluciones políticas coyunturales o gastos absurdos, la infraestructura ha retrocedido y la ayuda generó más clientela electoral que integración social.

Los países hermanos avanzan en paz, con monedas estables y gobiernos que merecen respeto. En ellos triunfa el verdadero progresismo, lo expresan Mujica en Uruguay y Bachelet en Chile, Dilma Rousseff en Brasil al igual que Lula, y hasta Bolivia y Perú avanzan sin las angustias que el autoritarismo reinante nos somete a los argentinos.

El verdadero apoyo de los intelectuales a la política es siempre crítico y cuando se transforma en obediencia, deja el lugar del pensamiento para inscribirse en el espacio del necesitado. En los setenta se equivocaron eligiendo el marxismo, la violencia y el sueño de ser vanguardia esclarecida. De jóvenes nada les resultaba digno de su ambición; pareciera que en el final de sus vidas decidieron conformarse con poco a cambio tan sólo de un lugar en el mundo del poder.

Haber cuestionado a Perón por reformista en los setenta y enamorarse de los Kirchner en el presente es demasiado contradictorio para explicar lealtades. Muestra una soberbia que los enfrenta siempre con el pueblo, y que, con la enorme presencia del Papa varios de ustedes volvieron a reiterar. Nada tienen de nacionales ni de populares, reiteran la soberbia que engendró en el ayer aquella consigna hoy más vigente que nunca “Alpargatas si, libros no”. Si los intelectuales son ustedes “los libros” significa para las mayorías el camino al error. Perón nos ordenó en sus finales no ser “ni sectarios ni excluyentes”. Ustedes nos imponen estigmas de derrotadas izquierdas que nada tienen que ver con lo popular. Por eso prefieren a Cámpora, el General les quedaba grande y el pueblo muy lejano.

*Ex Diputado Nacional.



Julio Barbaro