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Sobre los hijos apropiados

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Los seres humanos somos sujetos de crisis. Aunque nos produzcan temor, podemos enfrentarlas: una cosa es la catástrofe de una identidad y una vida alienada en un otro despótico y criminal, y otra la crisis que posibilita el encuentro con los orígenes y la verdad. En este punto sostenemos que necesidad psicológica y posicionamiento ético se apuntalan recíprocamente. “Sentí que el mundo se me caía a mis pies”. Es la expresión que utilizó una joven para transmitir sus sentimientos al ser informada sobre su verdadera identidad.

Esta frase muestra que el sufrimiento es extremo y que la vivencia de catástrofe la inunda en ese momento, como ocurre inicialmente en las crisis. Las crisis aparecen con la sensación de lo súbito, de lo inesperado, aunque  sus orígenes puedan ser evidenciados. Subjetivamente, la vivencia es de pérdida de continuidad de la propia existencia, con angustia y miedo que pueden llegar al pánico o a sensaciones de extrañeza o despersonalización. Se pierden o se debilitan los apuntalamientos previos, y es necesario encontrar otros. Otra joven dice: “Imaginate, cambiás de ropa, de casa, de gente, de vida”. No se trata de  subestimar el sufrimiento inevitable, sino de reconocer la necesariedad de la verdad para salir de la alienación, creando así las condiciones para  un reposicionamiento subjetivo en el que quede privilegiado el lugar de sujeto y no de objeto. Algunos jóvenes relatan haber sentido miedos, angustias, temores intensos a pérdidas futuras, cuando de niños fueron informados en un juzgado sobre su verdadera identidad. También en las familias legítimas, se producen situaciones críticas. En primer lugar, el solo encuentro con un niño o joven buscado por años, es profundamente movilizador. Por otra parte el niño o joven  imaginado, fantaseado, con determinadas características, no será nunca el real, que lleva inevitablemente las marcas de su historia traumática.

El encuentro es un proceso, requiere un trabajo elaborativo de reconocimiento recíproco.


*Psiquiatras. Fragmento del libro Porvenires de la memoria.



Diana Kordon y Lucila Edelman