COLUMNISTAS LA MUERTE DEL GRAN JOHAN CRUYFF Y EL PAPELON DEL COCINERO INTENDENTE

Sobre lutos, genios y estar en el horno

PERFIL COMPLETO

“Todos los pozos profundos viven con lentitud sus experiencias: deben esperar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad.
Todo lo grande se aparta del mercado y de la fama”

Friedrich Nietzsche (1844-1900), de ‘Así habló Zaratustra’, XIII, De las moscas al mercado.

 

Nada sé sobre recetas, tiempos de cocción, cortes de carne, caldos o nombres de verduras. Alguien como yo, que durante años creía que los repollitos eran importados de Bruselas, no podría trabajar como chef o cocinero de fonda. Ni siquiera ser un digno anfitrión para una previa de partido con amigos frente al televisor. Dependo de la comida hecha, los microondas, la picada con fiambre y queso. Envidio a quienes dominan ese arte seductor que se me hace inaccesible. Tipos con clase, sabiduría, talento y buen gusto. Como Martiniano Molina.  

Vaya uno a saber si por vocación de servicio, orgullo personal, amor al barrio, vanidad o entusiasmo desmedido, este hombre exitoso y de excelente imagen mediática llegó a la intendencia de Quilmes, donde acaba de protagonizar una de las escenas más patéticas de la historia política argentina.

No exagero. Si un periodista, luego de una sesión del Concejo Deliberante donde se recordó el 40º aniversario del golpe de 1976, le pregunta a quien maneja la ciudad por el destino del tristemente célebre Pozo de Quilmes –un centro de detención clandestina de la dictadura también conocido como El chupadero Malvinas– porque existe un proyecto para convertirlo en un Museo de la Memoria al estilo de la ex ESMA y su respuesta se refiere a los problemas de infraestructura y de bacheo, estamos mucho más que en el horno, muchachos.

La excusa de su confusión por culpa de la voz débil del periodista fue, por decirlo de manera amable, candorosa; sobre todo habiéndose tomado un día para aclarar las cosas. El hombre estaba a su lado y tenía el tono de Plácido Domingo. “Honestamente no lo escuché. Pero si ofendí a alguien, pido disculpas”, dijo. Y cumplió con el axioma que, según la gravedad de la metida de pata, aconseja. “No aclares que oscurece”. Ay.
Ese mismo 24 de marzo, mientras los Macri y los Obama sonreían aquí y en el Llao-Llao, en Barcelona moría, un mes antes de cumplir los 69, un hombre que hizo historia a fuerza de talento, rebeldía y audacia. Que irrumpió en el mundo del fútbol y rompió con todos los moldes en los tiempos del no de Alí a Vietnam, el Mayo Francés y “la imaginación al poder”, Malcolm X, el avión negro de Perón, la minifalda y el Sgt. Pepper’s de Los Beatles.

Si Nietzsche mató a Dios, Hegel a la historia, Barthes al autor y Foucault al hombre, podemos afirmar que Hendrik Johannes Cruijff  llegó al mundo para sepultar al abominable catenaccio que se imponía en aquellos años 60. Un sistema eficaz pero mezquino, de vuelo bajo. Algo así como la negación de la belleza.

Johan Cruyff provocó una revolución que nació en un país sin tradición futbolera y en el Ajax, un club sin huella en el continente que, con él, ganó tres Copas Europa consecutivas: 1971, 1972 y 1973. Elegante, fibroso, sólido pese a su aparente fragilidad, su metro ochenta se deslizaba por el césped mientras su mente leía el futuro.

Maestro del engaño, encaraba y salía como un rayo hacia el lado menos pensado. Imposible de rastrear, era un 9 que aparecía cuando era demasiado tarde para lágrimas. Parecía más veloz gracias a su increíble freno. Picaba, hacía la estatua y volvía a despegar, enloqueciendo rivales. Era hábil, le pegaba con precisión de billarista, era frío en el área, ganaba de arriba y, si era necesario, volaba para intentar la pirueta imposible. Era, al mismo tiempo, solista y director de orquesta. El equipo giraba a su alrededor con un sistema de apariencia caótica sólo para el no iniciado. Un fútbol total. Así fue bautizado.

El Mariscal Perfumo lo sufrió antes y durante el Mundial de Alemania de 1974, donde la Holanda de Rinus Michel dio cátedra con Johan y sus socios: Neeskens, Rep, Resenbrink, Van Hanegem. Cruyff se quedó sin copa como el Ciudadano Kane de Wells sin Oscar, o Borges sin Nobel. Detalles menores. Su Naranja Mecánica perdió la final con la Alemania de Beckenbauer, Maier y Müller pero ganó su lugar en la historia, desmintiendo el simplismo de quienes condenan al olvido a los segundos.  

Mientras Pelé se apagaba en el Cosmos neoyorkino y Maradona hacía jueguito en el entretiempo de los partidos que jugaba Argentinos en su cancha, Cruyff fue el más grande. En el Ajax, en el Barcelona –donde llegó ya maduro– y hasta en el Feyenoord, el clásico rival de su club, donde se encaprichó en jugar luego de una pelea con los dirigentes. Allí ganó Copa y Liga y entonces sí, dijo adiós, a los 37 años.  

Reconciliarse con el Ajax y dirigirlo fue la continuación de la idea por otros medios. Que alcanzó su clímax con el Dream Team que armó en el Barça. Cuatro Ligas al hilo –desde 1991 a 1994– y la primera Copa de Europa. Aquel equipo jugaba con dos puntas que partían desde las bandas –Stoichkov y el zurdo Begiristain– y volantes que triangulaban para sorprender por el medio: Guardiola, Bakero, Amor, Laudrup o el líbero Koeman. El 9 sin sombra jugaba sin 9 fijo. Genio y figura. Antes muerto que sencillo.

Solo el cigarrillo pudo quebrarlo. Un infarto lo obligó a descargar su ansiedad con chupetines. Dejó de entrenar a los 49. Veinte años después, sus pulmones le pasaron factura.

La Masía, Messi, Xavi, Iniesta, Cesc, los equipos de Rijkaard, Pep, Tito Vilanova y éste de Luis Enrique son su legado. Cada vez que nos deslumbre esa danza con balón que parece coreografiada por Pina Bausch, allí estará Johan Cruyff.

“El fútbol se juega con el cerebro: hay que estar en el lugar adecuado en el momento justo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde”, dijo quién supo brillar haciendo lo que sabía, donde debía.

No es el caso de algunos compatriotas, por desgracia.



jasch