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“Sobre” Mandela

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La expresión de Agustín de Hipona: “… veo lo mejor y lo apruebo, pero elijo lo peor” (Video meliora proboque deteriora sequor), ha tenido un pronunciado revival en nuestro país, en ocasión de las honras que se rindieron a Nelson Mandela por causa de su deceso, e inclusive antes. Entre el deseo de sentirse portador de valores y que esto sea reconocido socialmente, y el de satisfacer necesidades corporales, se abre la posibilidad del doble discurso, que empapó los obituarios y otras referencias. A hombres (y mujeres) así, insensibles a la vergüenza y a la justicia, Sócrates recomendaba “apartarlos de la ciudad” como a sabandijas.
En la correcta película “El precio de la libertad”, el empleado penitenciario James Gregory (Joseph Fiennes) mantiene un diálogo mientras “N.M., P. Nº 466/64” (Nelson Mandela, Prisionero Número 466/64, interpretado por Dennis Haysbert) camina por el patio interior de la prisión de máxima seguridad de Robben Island, donde pasó 18 años. Gregory, afrikáner blanco, tiene un contacto diario con Mandela porque de niño aprendió a hablar xhosa –lengua materna del encarcelado– en una granja en el Transkei (provincia Oriental del Cabo). Todavía racista y antidemocrático (Mandela lo influirá paulatinamente), le echa en cara: “Usted dice que el Consejo Nacional Africano no es comunista, pero la Carta de la Liberación dice que se transferirá al pueblo la riqueza mineral, los bancos y la industria. Eso es comunismo, no me engaña con eso”. Madiba (apodo que evoca a un jefe thembu, su clan) no se arredra: “No lo es. De hecho, es nacionalismo”, le responde. “Usted mataría por esos ideales?”, le pregunta Gregory unos instantes más adelante. “Moriría por esos ideales”, dice Mandela con firmeza, el mismo párrafo que repetirá en uno de sus alegatos frente al tribunal que habrá de condenarlo.
Como Mandela no temía sufrir, no sufrió de temor. Hubo grandes argentinos que resistieron durante años la opresión, empecinados en la firmeza indeleble de sus convicciones. El educador católico y peronista Emilio Mignone, en un viejo departamento de la avenida Santa Fe, de paredes altas con la pintura verde cuarteada y libros y más libros confinados en todo sitio, supo decir: “Pero cuando se llevaron a Mónica”, su hija, “lo primero que hice fue mandar un memorándum al resto del consorcio, diciendo todo lo que pasó, sin admitir todas las explicaciones de los militares de que estaban en el exilio, que se habían ido. Y después decidimos hacerlo público, hacer actividad pública. Así como otros se deprimieron, o se escondieron, o se quedaban en la cama...”.
“Adiós glicinas, emparrados y malvones”, escribiría Enrique Cadícamo, “todo, todo ya se fue”. El año pasado el diputado Hermes Binner, mirando –desde afuera– la jaula de Mandela en Robben Island, filosofó frecuentando al propio Mandela: “Si no hay comida cuando se tiene hambre (…), la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan Parlamento”. Fatigado por tanto compromiso creativo, se fue a continuación a pasear por El Cabo. ¿Y Rosario, su ciudad, el lugar donde nací? Tierra de nadie.
Mandela amó a su patria con la mejor versión del sentimiento: la que transforma al amante y a la amada. “Para que este país sobreviva, tenemos que perdonarnos unos a otros, tenemos que entendernos unos a otros”, dijo cuando empezó a entrever que Sudáfrica sería de todos o acabaría por no ser de nadie. Augusto Conte McDonnell, el dirigente demócrata cristiano en quien “se exacerbó la tragedia” (Osvaldo Bayer), pensaba que “la capacidad de construir sobre el dolor es la energía indomable, la energía del compromiso que se proyecta”. Se había dedicado a la lucha por la verdad al desaparecer su hijo mayor tan amado, Augusto María.
Cierta diputada autorreferencial, que no admite contradicción, apenas se difundió la noticia de la muerte de Mandela, subrayó su carácter de ejemplo de magnanimidad: “es el perdón para con quienes lo encerraron”. Magnanimidad proviene de magno (como en Alejandro Magno y Carta Magna), originado en el latín “magnus” (muy grande). Nadie para hablar de la magnanimidad de la diputada como –no digo sus adversarios, sino– sus ex aliados. “Delincuente”, “imbéciles”, son algunas de sus más piadosas exteriorizaciones icónicas de magnanimidad. Binner podría dar fe de lo que digo (mejor, desde Ciudad del Cabo).
No sólo amó a su patria; Mandela amaba a sus compatriotas, a condición de que éstos aceptaran que la pobreza y sus consecuencias no eran algo natural, sino que la creaba el hombre y podía erradicarse mediante acciones de los seres humanos. Su síntesis: “Mi ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades”. Ello suponía que en el mundo globalizado cada uno de nosotros debía ser el guardián de nuestro hermano y de nuestra hermana, y que no debíamos fallar en esta obligación moral.
Madiba hablaba de cuidados, no de delaciones. En esta materia, el nec plus ultra aborigen es y ha sido “H.V., Nº 03” (Horacio Verbitsky, gradación en inteligencia 3 puntos), un individuo que escribe por dinero, divorciando lo análogo y suturando lo opuesto a mandobles de manipulación y alcahueterías, no comprobadas por fuente alguna distinta de su frente muy alta, no del todo despejada, y su lengua muy larga. Desde el Monte (negro) asignado, opera como una deidad aeronáutica.
Tanto a los dioses olímpicos como a los informantes les encanta la vida secreta de los demás, pero mientras que a los primeros les gusta escucharlas a escondidas, a los informantes furtivos les gusta divulgarlas para medrar.
La muerte de Mandela –que hablaba por sí y no mandaba a decir por interpósita persona– liberó las compuertas siempre frágiles del doble estándar nacional.
Murió “P. Nº 466/64”, Madiba, Rolihlala, Tata, Khulu, Dalibhunga, nombres que reflejan su tránsito por la infancia y la vejez, la rebeldía y la paternidad, la iracundia y el diálogo. No escribimos sobre él. Hemos estado hablado encima de la osamenta de su memoria venerable.



Rafael Bielsa