COLUMNISTAS PANORAMA

Sobre pesos convertibles y desendeudamiento

El impacto futuro de la Ley de Gresham, que enuncia que la gente atesora en buena moneda y se desprende de la mala. Riesgos y oportunidades del blanqueo.

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Hace unos 500 años, un señor llamado Thomas Gresham enunció una “ley” que establece que, en un país en donde circula más de una moneda, la mala moneda circula y la buena moneda se atesora. Es decir, la gente gasta con la moneda percibida como menos valiosa, y acumula y guarda la más valiosa.

El equipo económico reconoció, finalmente, que este gobierno emite “mala moneda” y no sólo eso: que los gobiernos que han manejado la Argentina por décadas también lo hicieron. Eso llevó a los argentinos a atesorar –tanto en negro, como en blanco– en monedas relativamente de mejor calidad. Obviamente, una mala moneda es una moneda que pierde valor porque su emisor no la “defiende” y que, por lo tanto, no sirve para ahorrar. Resulta curioso que los responsables de la destrucción de la moneda nacional llamen a esta acción antipatriótica “soberanía monetaria”.

La huida del peso, entonces, es, básicamente, una cobertura contra el emisor. Y si en otros países los ciudadanos ahorran en moneda propia, no es porque sean “patriotas” sino porque son patriotas sus gobernantes, que defienden su moneda en lugar de envilecerla.

Pero, además de cobrar un elevado impuesto inflacionario, el Gobierno decretó, hacia finales de 2011, la inconvertibilidad del peso, terminando con veinte años de bimonetarismo “legal” en la Argentina. Al decretar la inconvertibilidad, generó dos problemas: destruyó el mercado inmobiliario, porque una alternativa de ahorrar en “buena moneda” es ahorrar en inmuebles que, sin liquidez, conservan más o menos el valor, y dio lugar a un mercado informal de dólares, en donde cada vez hubo más demanda y menos oferta porque, simultáneamente, mantuvo su política de financiar gasto público con emisión monetaria. Es decir aumentando la cantidad de mala moneda respecto de la de buena moneda.

La huida del peso no es sólo la huida del impuesto inflacionario, es la huida del “vamos por todo”. Del clima antiinversión, de las confiscaciones. Del fin de los jueces independientes. De la reforma constitucional de facto, etc.
En lugar de cambiar las políticas, la “solución” que encontró el Gobierno para intentar modificar este escenario que ha paralizado la inversión, estancado la economía y el empleo y salario real privados, es inventar una nueva moneda. Un peso convertible, llamado Cedin, que sustituya, al menos parcialmente, al dólar. Pero no sólo han inventado una nueva moneda, sino que a ello le han sumado un innecesario blanqueo. Innecesario, porque en 2011 también había dinero negro y el sector inmobiliario funcionaba igual. Bastaba con restablecer un mercado libre para transacciones inmobiliarias sin uso de las reservas del Central.

En cuanto los representantes del Gobierno aprieten bien el botón y voten, circulará en la Argentina una mala moneda, que se obliga a usar a la gente honesta, y un peso convertible, que recibirán, inicialmente, los evasores, los corruptos y los narcotraficantes, que los lavarán y podrán venderlo a los honestos. Y se seguirá atesorando la buena moneda, que no emite este gobierno.

Como el riesgo es muy alto (¿no podría acaso el Gobierno declarar inconvertible el Cedin, por razones de fuerza mayor, y como con la reforma judicial no hay cautelares contra el Estado, “porque el Estado no quiebra”, pesificar por las malas a los que hayan traído sus dólares?), sólo entrarán en este negocio aquellos para los que el premio por lavar es superior al riesgo de convivir con esta “nueva” Constitución.
¿Bajará la brecha entre el oficial y el blue? Dependerá del grado de sustitución que la gente le atribuya al peso convertible respecto del dólar verdadero. (Dicho sea de paso, con el tiempo se podría extender los Cedin a exportadores con problemas de competitividad, a importaciones no imprescindibles, etc.).

Además del peso convertible, el Gobierno anunció, mientras elogiaba las bondades del desendeudamiento, la emisión de deuda (suena contradictorio, ¿no?). Se trata de un bono a tres años que paga menos de un tercio que los que están en circulación, para “financiar infraestructura”, que se repaga sólo en plazos largos.

En síntesis, pesos convertibles para los ladrones en nombre de la “soberanía monetaria”, y a ver si se consiguen algunos dólares para las reservas. Y endeudamiento de corto plazo, para financiar el largo, en nombre del desendeudamiento.
Como diría la Presidenta: “Too much”.



Enrique Szewach