COLUMNISTAS

Sobre rengos, miedos y la profecia del rulo

PERFIL COMPLETO

“Lo malo no está en que la vida promete cosas que nunca nos dará; lo malo es que siempre las da y deja de darlas”.

Juan Carlos Onetti (1909-1994); de “La vida breve” (1950)

 

La culpa la tiene este fin de semana de elecciones sin fútbol y Nancy Pazos. Todo me llevó a esa vieja historia.
En 1982, en medio de la angustia post Malvinas y mientras los militares preparaban su huida del poder, esta editorial sacó al mercado una de las revistas más locas, inteligentes, divertidas y menos reconocidas de la historia del periodismo argentino. Una revista de culto que se llamó Perfil. Como la empresa; como el diario que, con un dream team, hicimos durante tres inolvidables meses de 1998; como este dominical, que ya cumple sus primeros diez años.

Llegué a esa redacción aún veinteañero, con bastante rodaje y un anhelo: romper estructuras, huir de años de censura y silencio. Y así, junto a gente más grande, más culta y bastante más audaz que yo, fui parte de esa revista increíble en la que hicimos, literalmente, de todo. Fotonovelas, un petit Le Monde, editamos textos antes prohibidos; nos disfrazamos de pordioseros, de jeques que querían comprar a Susana Giménez; de cortejo fúnebre –con ataúd y viuda de riguroso luto–, que intentaba llegar a la Chacarita en transporte público; presentamos un desfile de moda con enanos. Y mucho más.     

Si nosotros no parecíamos muy cuerdos, los que llegaban para proponer notas eran peores. Uno quería hacerse una cresta y pintarse el pelo de colores, pero decidimos sentarlo una semana en una silla de ruedas. Y así persiguió chicas por la calle diciéndoles piropos subidos de tono; cruzó la 9 de Julio con el semáforo en amarillo, discutió con taxistas y bailó en la pista de New York City.

La crónica fue fantástica y la sorpresa llegó después, por carta. La firmaba una Asociación de Rengos que nos felicitaba por haberlos tratado como iguales, sin esa pátina de piedad perdonavidas que los lastimaba tanto como la discriminación. La nota, aun sin proponérselo, funcionó como una forma de integración, de respeto por el otro.

En la semana, Nancy Pazos –colega a la que recuerdo en un lindo sillón en forma de “ese” donde hacía sus reportajes–, ensimismada por su conflictos con Diego Santilli, su ex marido y vice de Horacio Rodríguez Larreta, o irritada por haber sido des-invitada de la mesa de Mirtha Legrand, contó lo que pensaba denunciar allí: “El bulling que en el PRO le hacen a la Renga”. Que no era el grupo de rock, sino Gabriela Michetti, rival de su enemigo íntimo en las PASO.

El exabrupto estalló en los medios y fue criticada sin piedad. Lógico, justo y a la vez paradojal. Porque desde hace 15 años existe una murga muy divertida creada por la Apebi: Los Rengos del Bajo. Rengos en sillas, como los que celebraron aquella nota de Perfil, hartos de tanta amabilidad políticamente correcta. Una misma palabra, percepciones diferentes. Seguimos siendo hablados por el lenguaje, muchachos.  

En fin: rengo me quedó el fin de semana sin fútbol de Primera, salvo esa tierna copita que ayer disputaron un River con la cabeza en otra cosa y lo que quedó del apunado Huracán. Todo lo devora el trío de Superclásicos: el de cabotaje y los 180 minutos por la Libertadores.

Los días previos fueron intolerables, llenos de chicanas y polémicas absurdas. Qué se juega el miércoles, que River pidió un día más para descansar porque tiene menos plantel; que los árbitros; que si el primer choque por el torneo local es importante o no. ¡Ops! Buen punto, ése.
Unos lo ven como un tanteo inocuo. Otros, como el primer paso para sacar una ventaja en la batalla psicológica. Quien lo gane, aseguran, irá con más confianza al primer duelo copero. Salvo que el exceso de confianza les juegue en contra y les licúe esa tensión imprescindible para las grandes finales. Ahá. Una derrota puede provocar un derrumbe anímico, obvio. O, por el contrario, despertar una sed de revancha furiosa. Uf.

Lo que creo es que cada historia será única, irrepetible. Todos especulan, hablan, esconden, disimulan. Nervios. Miedos. Miedo a perder y miedo a ganar, eso que juega en el instante en que la historia se define: cuando hay un segundo para decidir y una vida para recordarlo.

Orión es un caso extraño. Tiene talento, prestigio, liderazgo, pero no llena los ojos: un arquero poco estético y para nada simpático. No hay feeling con la prensa, y se nota. Es divertido ver a tanto colega dar mil vueltas para decir, sin decir, lo que les encantaría que pasara: que Sara sea el titular. El resto son dudas para llenar espacio: Osvaldo-Calleri, Teo-Cavenaghi, Carrizo-Pavón; titulares, suplentes, rotación. Jugarán todos.

Me pregunto qué harán, durante esos diez días, los políticos en campaña. ¿Cómo seducir a un país obnubilado por esa orgía futbolera? ¿Y después qué? Ojalá el show mediático, ay, termine con el último pitazo.

¿Quién gana? Yo no sé, pero Carrió sí. Ella sabe todo, dice. A veces calla, pero sólo para que la extrañemos: parábolas, frases como mazazos, metáforas arjonianas. “Donde vean un rulo, voten; donde vean una pelada, no”, dijo hace días, pícara, como el maestro Po al pequeño saltamontes en un mal doblaje. Wow. Me niego a reducir esa frase a una simple alusión electoral. Para mí hay algo más. Una clave secreta para los Superclásicos. ¿Por qué no, si el universo es un todo?

¿Será, acaso, un guiño para el casi tocayo Lousteau, seguro árbitro en alguno de ellos? Quizá. Pero ¿qué nos revela sobre el futuro que avizora? ¿A quién ve como el vencedor, el que humille y expulse a su adversario del Olimpo de los elegidos?

Sin pelados naturales a la vista, sólo nos queda el duelo de técnicos. Y un indicio que parece decisivo: el pelo algo crespo y con rulitos de Arruabarrena contra el obstinado lacio planchita de Gallardo. ¿Pueden sentirlo?

Es palabra de Lilita.

Mmm… Si fuese de Boca, me preocuparía.



jasch