COLUMNISTAS EL BOCA DE BIANCHI, EL RACING DE ZUBELDIA, CARUSITO Y LOS AÑOS

Sobre viejos chotos y jóvenes boludos

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–Idiotas fueron siempre los jóvenes –declaró Rey–. ¿O hemos de suponer que hay una sabiduría en el inexperto que luego se pierde?
–Sabiduría, no; integridad –opinó Arévalo–. La juventud no carece de virtudes. Por falta de tiempo o experiencia no le tomó el gusto al dinero...
Rey sentenció:
–Una guerra idiota, en un mundo idiota. El más negado te acusa de viejo y te suprime.

Adolfo Bioy Casares (1914-1999), de “Diario de la guerra del cerdo” (1968).


Años 70. Yo, un cronista veinteañero que volvía de la colimba. Frente a mí, en su escritorio, el nuevo director de Siete Días, Julio Porta, un sesentón que meses antes había desembarcado con una redacción nueva. Tenía que decidir qué hacer conmigo. Debo haberle caído bien porque no me echó. Pero lo mejor no fue eso, sino la frase. Una frase que deslizó como al pasar, con una mezcla de melancolía, delicadeza y ferocidad.

—Mire Asch –me dijo–, en este trabajo, como en la vida, hay dos problemas: su edad y la mía. Y si piensa que soy un viejo boludo, le advierto: los viejos boludos no existen. Existen los jóvenes boludos, que envejecen.

Si Bianchi fuese el último Perón, el del ’73, más de uno culparía al “cerco”. Pero Bianchi no es Perón y como su Boca no arrasa, el imaginario tribunero pierde la paciencia. Braman: “Viejo choto”, “desastre”, “atrasa diez años”, “elige mal”, “pifia en los cambios” y otros juicios de similar intensidad trágica. El enojo –interpreto– además expresa el dolor por la destrucción del mito del celular de Dios, símbolo de aquel tiempo feliz, cuando ganar todo era rutina.

Bianchi no es un entrenador sofisticado. Puede que haya perdido, nomás, el celular divino. Lo que no tiene, seguro, son esas piezas que jamás le fallaban. Esa es la clave, no su cédula. En lugar de la telaraña que en el medio tejían Cagna, Serna y Basualdo –que liberaba a Riquelme y lo juntaba con el Mellizo y Palermo–, tiene un colador. Por allí se filtran los rivales que encaran sin piedad a una defensa que no es la que se recitaba como un poema: Ibarra / Bermúdez / Samuel/ Arruabarrena.

Contra Newell’s, Marín se comió un baile terrible con el dúo Casco-Figueroa; solo, como Gary Cooper en A la hora señalada. Ledesma va pero no vuelve. Y Ribair me recordó al pobre Makelele, del Madrid galáctico, corriendo como un loco para tapar los huecos que dejaban los stars. Con Gago en su lugar, era una masacre. Comparar es odioso y en este caso, inútil. Porque Riquelme no es Highlander; Martínez, sin el nivel que alcanzó en Vélez, no es Guillermo; Blandi y Gigliotti no suman medio Palermo; Cata Díaz asusta, pero no impone la serena crueldad del Patrón Bermúdez y… para qué ensañarse.

¿Bianchi? Se lo ve raro. Adaptándose. Le fue mal con los que aburrían pero ganaban con Falcioni; dinamitó todo y armó un plantel nuevo, sin estridencias. Su Boca está lejos de ser un equipo sólido, confiable, muy a su estilo. Grave problema. Porque él, como Monzón, es idolatrado –y tolerado por la prensa, con la que mantiene una relación tensa, de mutua desconfianza– por ser un ganador serial. Necesita la unanimidad del éxito. No tiene, como Ramón Díaz en River, un aura hipnótica que disimule sus fallas. Hoy depende de una defensa que está para el diván; que juega tensa, sin confianza, presintiendo el error.

A su lado, Zubeldía parece un adolescente. Como su Racing. A veces furioso; otras, medio colgado, voluble, incapaz de dominar sus impulsos. Veloz pero atolondrado, hábil pero yeitero. Arrasa o se duerme. El fenómeno trasciende la escasa edad de sus estrellas. Lo mismo pasaba con el Racing de Russo, el de Gio y Teo. Tenía un buen lejos, pero de cerca se notaba la falta; lo vulnerable que se sentía.

En la historia de Zubeldía hay una constante: su precocidad. Habitué en los juveniles de Pekerman, debutó en Primera a los 17 años, en 1998. Una lesión lo obligó al retiro a los 23 y se dedicó a entrenar. A los 26, como ayudante de Cabrero en Lanús, celebró el título de 2007. Tenía 27 cuando le dieron la Primera. Todo a mil.

Cuentan que es obsesivo, detallista; un estudioso. Mito o realidad, en su época de ayudante se decía que era él quien diseñaba la estrategia. Sin embargo, su Racing es la antítesis de ese Lanús fino y letal. No tiene pausa, no maneja los tiempos, no tiene término medio. Es un fighter que sale, palo y palo, a noquear o ser noqueado. Depende de sus geniecillos. Si fallan, no hay plan B; lo que no habla bien de su evolución como estratega.

Sumó muchos puntos, es cierto. Por eso le renovaron el contrato, un exotismo en un club devora técnicos. Cantidad, sí; calidad, no. Rara vez ganó el partido que debía ganar –incluido el último clásico contra Independiente–, esos que definen cosas o cambian la historia. Circular y paradójico, Racing es regular en su irregularidad. Como el amor clásico, garantiza placer y dolor.

Simeone, otro técnico precoz, maduró y supo adaptarse a lo que la coyuntura exigía. Lo hizo en Estudiantes y River –donde fue campeón–, en Catania –los salvó del descenso–, en Racing –lo blindó y lo dejó subcampeón del Apertura 2011– y ahora en Atlético de Madrid, donde levantó tres copas.

Bianchi 64, Zubeldía 32. Y entre ambos, con 51, Caruso, el gran showman. ¡No me podía fallar! Hace dos semanas, divagando sobre los mil candidatos, advertí: “Sólo de una cosa estoy seguro: pronto armará otro escándalo y todos hablaremos de él”. Lo hizo, obvio. Llamó Pizzirrucho al DT de San Lorenzo. Curioso: de lo mismo –serrucharle el piso a Madelón– lo acusó Fabián García, su partenaire en el célebre paso de comedia “¡No me midásss...!”, descomunal éxito en YouTube. “Yo sé hablar y vendo, no como Pizzi”, chicaneó mirando a cámara, mezclando valor y precio.

“El tiempo no tiene nada que ver, cuando se es boludo, se es boludooo…”, cantaba Nacha hace mil años. Adoro ese viejo tema de Brassens.



Hugo Asch