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Sol de otoño

Otoño. ¿Le dije, querida señora, que no me gusta el otoño? Sí, hasta el hartazgo.

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Otoño. ¿Le dije, querida señora, que no me gusta el otoño? Sí, hasta el hartazgo. Pero no me arrepiento, porque el tal está aquí ad portas y ya se hace sentir. Sol, sí, todo lo que quiera, estimado señor, pero detrás viene el invierno y yo lamento no ser millonaria (es el único instante de la vida en el cual me rindo a esa pavada) para contestar por TV a un periodista que preguntó “¿Dónde tiene usted su residencia, señora duquesa?” como ella: “¿En qué época del año?”. Si lo fuera, millonaria, digo, estaría volando (en uno de los aviones de mi flota privada, claro) hacia playas con sol, calor, sol, arena, sol, y demás... Sí, en otoño también hay sol, pero flaquito y debilucho y no muy fuerte. Qué lástima. Y entonces se me ocurre que me gustaría aquello de las parafernalias que se armaban con cada cambio de estación allá entre los Grecios de la Antigua Roma, como califica una amiga a todo lo cual radicare a más de cien años atrás, y si me apura, cincuenta años atrás. Eso: festicholas, farándulas, desfiles, música, bailes, trasnochadas, rápidas contravenciones a la moral y buenas costumbres, y mucha alegría, mucha. Parece que los dioses, Grecios ellos también, no se ofendían, o por lo menos no demasiado, pero que por si acaso los mortales les ofrecían grandes homenajes y exvotos de los cuales más vale no hablar. Sea como fuere, las gentes se resignaban por eso, porque los dioses, y las diosas, ojo, estaban de acuerdo y prometían que las estaciones no durarían mucho, pero la vida buena sí. Después pasaba cualquier cosa, pero el ánimo ya estaba preparado, no importaba mucho nada, ni el clima, ni la lluvia, y ni siquiera los terremotos. Sobreviviremos, se decían. Nosotros también. Sobreviviremos. Pero no nos vendrían mal unos días y unas noches de festejo para despedir la estación que se va y saludar la que se viene. Eso sí, le aviso que yo, al invierno, ni siquiera le hago un gesto amigable. Solamente le digo ufa, ya estás aquí de nuevo, bué, a ver si te apurás, que la primavera viene después, chau.