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Sólo se muere dos veces

La lengua, el clima y la geografía son diferentes, pero la agenda es la misma.

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Populistas, Lula da Silva y Cristina Kirchner.
Populistas, Lula da Silva y Cristina Kirchner. Foto:cedoc

La lengua, el clima y la geografía son diferentes, pero la agenda es la misma. El populismo es echado por corrupción y quiere regresar por la economía. La discusión económica también es la misma: más estado o más mercado. Brasil y Argentina desde hace décadas –desde Getulio Vargas y Perón– comparten el mismo proceso político. Un año antes primero uno, otra vez se adelanta un año el otro, pero son inseparables compañeros en el viaje de la historia. La salida de Cristina Kirchner del gobierno en diciembre de 2015 en Argentina, la del partido de Lula a mediados de 2016 en Brasil. ¿El regreso de Cristina en diciembre de 2017 y el de Lula en diciembre de 2018? ¿O la derrota de Cristina Kirchner con el ocaso del kirchnerismo en 2017 y la de Lula con el ocaso del PT en 2018? Ambos escenarios son posibles, pero lo que es menos probable es que se mezclen las combinaciones.

Brasil y Argentina están decidiendo si el ciclo del populismo queda definitivamente en el pasado o resurge nuevamente.

Napoleón no sabía al salir de Elba que su ciclo histórico estaba acabado y precisò volver a ser derrotado

Lula y Cristina son significantes de proyectos de país que hacen crujir a sus sociedades. La disputa no es sólo electoral, la Justicia en ambos países tendrá un papel importante permitiendo la candidatura o no de Lula al confirmar o no la condena que le dictó el juez de primera instancia Sérgio Moro; y condenando o no a Cristina Kirchner –con o sin fueros– en los múltiples juicios que enfrenta.


Es probable que Lula y Cristina terminen condenados. Y siendo hoy los candidatos de oposición con mayor intención de voto, si fueran candidatos presidenciales es probable que ambos perdieran en un ballotage. Pero sean o no presidentes, sus figuras alcanzan para dividir a las sociedades de sus países. Una división que es insostenible a largo plazo porque no se trata de un disenso civilizado en el terreno de la dialéctica política clásica de la alternancia democrática, sino del uso de la fuerza en la protesta callejera y la violencia verbal en el discurso mediático. La combinación de tensión e indefinición le cobra un costo a sus economías: Brasil y Argentina resurgirán o se hundirán juntos en los próximos años.

Los positivistas, al creer que las sociedades no se suicidan, proyectarán el triunfo de aquello que sea lo mejor para los dos países, mientras cada sector en pugna cree que lo mejor para su país es lo opuesto. El usufructo de esa polarización también se da en los dos países: en Brasil el PSDB, el partido de Fernando Henrique Cardoso que tiene en el intendente de San Pablo, João Doria, un prototipo de Macri para lanzar a la candidatura presidencial, supone que si la Justicia dejara a Lula ser candidato sería más fácil vencer al PT por la cantidad de personas que se le oponen. En la Argentina, Duran Barba y muchos en el Gobierno creen (¿creyeron?) que era mejor competir contra Cristina Kirchner también por el fuerte rechazo que genera en muchos. Para ellos, que Lula y Cristina pasen a retiro porque pierdan una elección presidencial, es mejor que suceda lo mismo pero porque fueran presos.

Los procesos políticos se parecen porque son el resultado de fuerzas que no sólo trascienden a los candidatos sino a los propios países. El ciclo económico del populismo fue posible en el momento de burbuja del precio de las materias primas, mientras que el enfriamiento de la economía mundial se llevó puesto a casi todos los status quo.

Que esté en juego la consolidación como fuerza política mayoritaria de Cambiemos en Argentina y el surgimiento de una nueva política en Brasil versus el regreso del orden  anterior en ambos países, revela en clave freudiana la neurosis que aqueja a ambos países y que hace síntoma en la repetición. La repetición como vuelta al pasado o la repetición como necesidad de que lo que muera, muera dos veces.

El gato que se pasa del precipicio y corre en el aire, recién cae al mirar abajo y descubrir que no tiene apoyo

El título de esta columna es el mismo de un capítulo del libro de Slavoj Zizek El sublime objeto de la ideología. Allí escribió: “En cierta manera, todos hemos de morir dos veces. Esta es la teoría hegeliana de la repetición en la historia: cuando Napoleón fue derrotado por primera vez y trasladado a Elba, él no sabía que ya estaba muerto, que su papel histórico había terminado, y se le tuvo que recordar con su segunda derrota en Waterloo. En ese momento, cuando murió por segunda vez, estaba en realidad muerto”. Zizek da otro ejemplo más ilustrativo de la diferencia entre muerte real y simbólica: “Todos conocemos la escena arquetípica clásica de las caricaturas: un gato se acerca al borde de un precipicio pero no se detiene, continúa como si nada y, aunque ya está suspendido en el aire, sin suelo que pisar, no se cae. ¿Cuándo se cae? En el momento en que mira hacia abajo y se da cuenta de que está colgando del aire. Lo que ilustra este accidente absurdo es que, cuando el gato camina lentamente en e1 aire, es como si lo real hubiera olvidado por un momento su saber: cuando el gato finalmente mira hacia abajo, se acuerda de que ha de seguir las leyes de la naturaleza y cae.”

Retorno de lo reprimido. En este presente de transición,  lo que regresa reprimido en Brasil y Argentina puede ser tanto una versión corregida del apostar al estado como dínamo excluyente de la economía (Lula, Kirchner) o al mercado (Fernando Henrique Cardoso, Menem). Y puede que sea Macri el gato que camina en el aire y todavía no se dio cuenta. O como también que Cristina y Lula puedan ser el Napoleón que se escapa de Elba y precisa su segunda derrota para convencerse de que su tiempo histórico ya pasó.

Argentina y Brasil decidieron poner en el cuerpo de Cristina Kirchner y Lula el símbolo del pasado que quieren dejar atrás o el futuro al que quieren dirigirse. Mientras tanto, las economías de los dos países seguirán sufriendo la indefinición política. Luego, cuando la historia del futuro  haya echado sus cartas, sufrirán más sostenidamente o gozarán de los beneficios de haber tomado el camino correcto.