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Somos amigos, ¡por favor!

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Fue para reírse. De hecho, me reí a carcajadas. Y también fue para preocuparse; alguna vez en la historia una cosa así pudo producir una guerra. Todos pensamos a veces algo de otros, o lo decimos, en términos como los que usó el presidente Mujica. Del mismo modo, sabemos lo que muchos piensan del presidente Mujica; más allá de que tiende a caer simpático, muy simpático, y es una persona querida sin duda, hemos oído expresiones comparables para referirse a él. Yo las he oído hasta en boca de algunos de sus compatriotas. Pero esas cosas no las dicen en público y delante de un micrófono, claro. No se dicen ciertas cosas en ciertas situaciones, y sobre todo cuando se llega a ciertas posiciones.

Pero el presidente Mujica lo dijo. No ahorró detalles ni referencias, como para que fuese imposible retractarse ni alegar equívocos. ¿Estaría enojado? Podrá tener sus razones, pero…

¿Qué cabe hacer a partir de esta situación? Se tiene la impresión de que las reglas de la diplomacia ya están desajustadas de la vida real. El mundo real, los factores reales de poder, han perdido recursos para mantener a los protocolos en su lugar y mandar debajo de la alfombra lo que conviene ocultar a la mirada de todos. Es posible que en todos los tiempos gobernantes y personas de alta posición pública hayan dicho barbaridades similares, pero las más de las veces no trascendieron. Ya no hay manera; cada vez más, todo trasciende, todo se sabe, aquí, como en la Corte de Inglaterra –las gaffes al estilo Mujica del príncipe Felipe referidas a China son memorables–, o en las grabaciones de los devaneos de Clinton en el Salón Oval, o en algunas notables expresiones de Berlusconi...

Si un presidente puede decir algo así en una situación pública –más allá del accidente de un micrófono que debería estar en off y está conectado– es que queda poco lugar para la diplomacia y el protocolo. La realidad ya es otra.

En esta realidad de hoy, el poder se parece cada vez más a la vida de la calle y se maneja cada vez más con las mismas prácticas de la gente de la calle. Y en la vida cotidiana, ¿hasta dónde confía uno en sus amigos? Sabemos que algunos amigos hablan mal de nosotros –a veces en serio, o enojados, a veces en broma, burlonamente o no tanto– cuando no los escuchamos; y a veces lo hacen para que alguien nos cuente lo que dicen. Y no pocas veces los más capaces de hacer eso resultan más confiables que los más “diplomáticos”. Las expresiones burlonas y los enojos hasta pueden ser una manera de querer. Enojarse demasiado por esas cosas puede ser un error.

Imagino que nuestra presidenta está enojada, al margen de la inevitable protesta protocolar. No la imagino tomándose esto con suficiente sentido del humor como para restarle entidad. Como sí imagino que podría haberlo hecho Néstor Kirchner. No lo sé. Ojalá que no pase a mayores. Pienso que sería un error enojarse demasiado con el presidente Mujica.

Ahora, más allá de eso, lo de los presidentes uruguayos despachándose con brulotes insólitos contra los argentinos se está pareciendo a una compulsión. ¿Qué les pasa, muchachos? Sabemos que nos quieren bastante, nosotros los queremos; sabemos que entre amigos se gastan bromas, inclusive bromas pesadas, y expresiones burlonas y duras… pero todo tiene límites. Sí, los argentinos somos más corruptos que los uruguayos –más “anómicos” decimos los sociólogos–; el presidente Batlle exageró pero pocos creen que no tenía bastante razón; pero no es esperable que esas cosas las diga alguien cuando ocupa la presidencia de un país.

Todo el mundo fuera de la Argentina piensa que los argentinos somos arrogantes, pero también que somos simpáticos y amigables; los presidentes suelen hablar de estos atributos buenos, o se quedan callados, pero no hablan de nuestra arrogancia; la gente, cotidianamente, habla de todo. Los uruguayos parecen más modestos, y también son simpáticos y amigables, da gusto estar con ellos. Los argentinos nos sentimos cómodos en el Uruguay y los uruguayos se sienten cómodos en la Argentina. El río nos une en lugar de separarnos. Y nos necesitamos mutuamente, ¡vaya si nos necesitamos!

Entonces, si somos amigos, portémonos como amigos, por favor.


*Sociólogo.



Manuel Mora Y Araujo