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Somos fotos viejas

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Me pregunto si habrá profesiones que establezcan una relación particular con el factor tiempo. ¿Vivirán igual el paso del tiempo el chofer del 132 y un artista? Si bien el tiempo es siempre tema del teatro, ¿aprendemos acaso los dramaturgos algo sobre él que un guardavidas no sepa?
Creo que no. Por más que lo tematicemos, lo arrinconemos, el tiempo se resiste a ser dicho. Por el contrario, es él quien aparece cuando nadie lo llama para manifestar, el dedo en alto, su siempre horrísono lamento.

Durante este festival, asisto a dos ejemplos cercanos. El primero es personal: me piden que reviva una obra de hace cuatro años y lo hago. No es tanto tiempo, me digo. En Berlín se celebraran los veinte años de la caída del Muro y yo escribía la obra a pedido. Después estuvo tres años en cartel, así que podría pensarse que reestrenar sería fácil, familiar. Es siniestro. En cada rincón de la obra las cosas son conocidas y alienígenas al mismo tiempo. Alienadas no tanto por su distancia, que es poca y tramposa, sino por lo que otros trabajos entre medio hacen con la escritura, con la memoria, con los públicos. Es una sensación muy extendida en los elencos: los cuerpos recuerdan cosas que la cabeza no, y el desfasaje se parece mucho al que deben producir las drogas de diseño. Parecería más fácil remontar lo lejanísimo. Como releer un libro en el que ya dejamos de pensar hace tiempo.

El otro ejemplo parece desmentirlo: Jan Fabre trajo una obra de hace treinta años. Tal vez sea porque duraba cuatro horas y media, tal vez porque el low-fi de los 80 es abrumador (usaba diapositivas y no videos, pausas en vez de prisa, marcas automatizadas en vez de humanos), el efecto es de enorme desconcierto. No resisto la broma más que unas dos horas. Huyo de la sala tratando de que nadie me vea. Muchos conocidos se quedan y se entretienen muchísimo con la rareza de este artista. Huyo pensando en esas fotos de teatro que tanto le gusta coleccionar a Mauricio Kartun, de actores maquillados como caricaturas, con gestos exagerados y ademanes gigantescos. ¿Esto le hará el tiempo a nuestro trabajo? Es obvio que sí. Y es claro que no hay por qué ni cómo evitarlo.

Si es verdad, entonces, que el tiempo (apenas el cálculo preferido de la termodinámica) hace lo suyo, inhumano y misterioso, es urgente rehuir toda moda. ¿Podremos esperar al menos que la coordenada opuesta (la del espacio) sea más compatible con nuestra experiencia sensorial, para que al menos ocupemos uno de los ejes como se debe? Soy poco optimista. El espacio es tanto o más ingrato. La visibilidad es un arte mefistofélica. El espacio en las portadas de los diarios se repartía hoy entre Cabandié peleando con gendarme en película casera y Moria echando a hija de programa en que trabajan juntas porque –parece– purreta llegó tres horas tarde.

¿Qué hará el tiempo con estas coloridas primerísimas primeras planas dentro de unos meses, unas décadas, cuando luzcan desteñidas y risibles? ¿O el futuro ya es hoy?



Rafael Spregelburd