COLUMNISTAS DESARROLLO DE LAS CIENCIAS

¿Somos solamente nuestro cerebro?

Los avances neurocientíficos poseen una potencialidad terapéutica indiscutida, y contribuyen a explorar muchos aspectos no conscientes de la toma de decisiones, pero ¿somos solamente nuestro cerebro?

En 1917, Santiago Ramón y Cajal publicó la segunda parte de su autobiografía, Recuerdos de mi vida. Historia de mi labor científica. Sus estudios sobre la estructura del sistema nervioso lo hicieron merecedor del Premio Nobel, y por sus pioneras investigaciones sobre la estructura microscópica del cerebro muchos lo consideran el padre de la neurociencia moderna. La neurociencia juega hoy un papel tan importante que son cada vez más las disciplinas que se apoyan en ella en un intento por comprender mejor nuestros procesos mentales. La neuro-economía busca comprender mejor cómo funciona nuestro cerebro en la toma de decisiones económicas. El neuro-marketing se interesa por los procesos cerebrales involucrados en la toma de decisión del consumidor. La neuro-ética quiere profundizar en la comprensión del pensamiento moral, la neuro-teología en la del comportamiento religioso, y podríamos seguir con más ejemplos.

Los avances de la neurociencia nos permiten conocer con mayor detalle la “geografía” de las zonas cerebrales. Pero identificar la base neural de los estados de conciencia ¿es todo lo que podemos saber sobre la persona humana? Los avances neurocientíficos poseen una potencialidad terapéutica indiscutida, y contribuyen a explorar muchos aspectos no conscientes de la toma de decisiones, pero ¿somos solamente nuestro cerebro?

 Una explicación es considerada una explicación científica cuando puede ser comprobada empíricamente por distintas personas. Los filósofos llaman a esta característica del método científico perspectiva de tercera persona. La ciencia analiza la realidad con objetividad, separando el objeto bajo estudio del sujeto que lo estudia. Pero los procesos mentales son fenómenos de primera persona, es decir, fenómenos que sólo son accesibles al sujeto en el que se dan. Por esta razón, no se puede prescindir del yo en el estudio de los procesos mentales. El propio punto de vista siempre se encuentra implicado en lo que percibimos, de manera que pretender pensar sin suponernos como sujeto es sencillamente imposible.

Esta doble perspectiva presenta sus dificultades. Para iluminar la relación entre el yo y el cerebro se han utilizado metáforas diversas, como la del piloto en la nave o la del programa en la computadora. Pero el yo no puede captarse de un modo empírico, sino que se presenta irreductible a la perspectiva neurocientífica. Si sólo aceptamos las explicaciones de la neurociencia, es decir, si asumimos que sólo somos nuestro cerebro, no existiría el yo. Por el contrario, si aceptamos la existencia de un yo, debemos asumir que entre lo cerebral biológico y lo que experimenta el sujeto no hay una continuidad explicativa. El cerebro y el yo se explican por caminos distintos.

El desarrollo de las ciencias del cerebro se ha convertido en uno de los fenómenos más importantes de las últimas décadas. Aunque todavía falta un largo camino para lograrlo, las innovaciones en el plano molecular y celular auguran, por ejemplo, una mejora en la prevención y tratamiento de las enfermedades cerebrales, como la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, aunque la neurociencia explica mucho, comprender con profundidad a la persona humana requiere un abordaje interdisciplinar. Por un lado, no hay un único modo de “leer” los resultados de un escaneo cerebral, porque los datos de las mediciones científicas sólo adquieren significado cuando se los interpreta en un marco que les confiere sentido. Pero principalmente, porque no es fácil distinguir la causalidad de una mera correlación, de manera que no es posible vincular una explicación de la persona que apele a causas neurales con otra que busque motivos o razones. Es necesario que la neurociencia, la psicología y la filosofía trabajen juntas si aspiramos a comprender mejor al ser humano. Las explicaciones de la neurociencia no agotan nuestro conocimiento de la persona, porque no somos sólo nuestro cerebro.

*Directora del proyecto “El cerebro y la persona". Universidad Austral.