COLUMNISTAS LA RUEDA DEL TIEMPO (II)

Super-Macri y cómo ascender equivocándose

Hoy se defiende contra su finitud Cristina Kirchner, ayer se defendieron Menem y Duhalde, mañana se defenderá Macri.

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Eslabones del devenir, Cristina Kirchner y Mauricio Macri.
Eslabones del devenir, Cristina Kirchner y Mauricio Macri. Foto:CEDOC PERFIL

Viene de ayer | La rueda del tiempo (I): "Mini-Cristina y el retraso de la conciencia

Hace cien días Macri estaba por quedar afuera del Mundial de la política y ahora ganó su pase a la final. Como en el último partido de la Selección, pasar de haber podido perder por seis puntos en agosto a ganar por tres, o lo que resulte, en octubre cambia todo el escenario. ¿Tanto mejoró la economía en estos cien días o lo que mejoró fue la necesidad de verla mejor?

En la eterna rueda del tiempo los presidentes, Macri o Cristina Kirchner, son actores que también deben entretener. A diferencia de los animales, los seres humanos podemos aburrirnos. Schopenhauer decía que lo divertido hace pasar el tiempo rápido y lo aburrido, lento: en alemán aburrimiento (langeweile) significa literalmente “rato largo”. Cristina Kirchner aburrió y su discurso envejeció. Schopenhauer asociaba la predisposición al aburrimiento con la edad: en la juventud, una actitud más receptiva se estimulaba más fácilmente con la novedad, haciendo al mundo lleno de posibles nuevas impresiones y cada día denso, sin aburrimiento. Lo contrario en la vejez.

Rebelándose contra el tiempo como algo absoluto, todos los presidentes niegan se obsolescencia.

El aburrimiento se relaciona con el vacío, con la sensación de que no pasa nada o que lo único que pasa es el tiempo. Cristina Kirchner, como una cantante de un género fuera de moda, aburre por repetida. La música de Macri no atrae porque sea mejor sino porque, por lo menos, es diferente, hasta que por fuerza de la repetición, en dos o seis años, aburra. Y la rueda del tiempo vuelva a girar.

Bosteza el tiempo en el aburrimiento que para Kierkegaard era “la raíz de todo mal”. Lo mismo pensaba Pascal, para quien las desdichas humanas son en parte resultado del aburrimiento. En la Edad Media, el aburrimiento era un pecado atribuido a la falta de fe en Dios y al vacío interior que generaba. En la sociedad posmoderna, donde ya hace tiempo “Dios ha muerto”, el aburrimiento es otra forma de pecado mortal masificado.

Todavía en el siglo XVIII Montesquieu escribía que sólo los ricos sufren “el azote del aburrimiento” y Rousseau, que la gente normal no padecía ese “gran flagelo de los ricos” –el aburrimiento– gracias a la vida activa que le demanda ganar su pan cada día. Pero en el siglo XXI, y desde fines del pasado, es la gran mayoría de la población –que ya no tiene que trabajar 14 horas diarias siete días a la semana– la que precisa del entretenimiento de una sociedad del espectáculo.

El horror vacui aparece cuando la repetición hace sentir que nada sucede, que el tiempo no quiere pasar, sujetando al sujeto. Y es justo en ese momento de mayor parálisis cuando las fuerzas del hartazgo impulsan la vuelta de la rueda del tiempo para volver a crear ilusión. Aunque sea con un discurso viejo renovado, porque el inmovilismo angustia. Finalmente, ¿no fue el Renacimiento un regreso a los orígenes?

Aun contándoles el final de 2001, ¿no hubieran votado igual por diez años de “uno a uno” muchos argentinos en 1991? Por eso no prende el discurso opositor advirtiendo que el endeudamiento de Macri terminará mal algún día. Desde el monotributista hasta los empresarios en IDEA podrían estar pensado: “Ya habrá tiempo, si esto dura seis años, para encontrar una salida, pero ahora tratemos de aprovechar lo que se pueda”.

Emplazada por el aburrimiento, la persona introduce el comienzo en sí mismo y suma su deseo a un tiempo donde el espíritu humano se da confianza y ánimo. El Super-Macri es producto del aburrimiento de Cristina Kirchner, un gobierno que, sumado al de su marido, ya había concluido su aporte en 2011.

Pero el error también puede ser creación en la política además de en la naturaleza: para Charles Darwin, la amplitud de las variaciones dentro de las especies era causada por mutaciones deficientes en la transmisión de la información hereditaria, luego se conserva la que más se adapta en la lucha por la supervivencia, y así la naturaleza asciende equivocándose. Sin el exceso de Cristina Kirchner nunca hubiera sido posible Macri. Y de los errores de Macri surgirá el nuevo cambio, cuando su ciclo se haya agotado.

La historia es una máquina a la que seguirle su compás. Se queda afuera como quien pierden un tren.

Por eso el Super-Macri actual no debería olvidar nunca el carácter irreversible de la flecha del tiempo y ser consciente de su propia caducidad. No dejarse arrastrar por esos momentos de gloria del instante mágico donde la persona parece elevarse por sobre el tiempo y cae en la tentación de la eternidad. Esos momentos de sentimiento exaltado, como en la plenitud del enamoramiento, donde todo se hace infinito, es cuando en la punta de un instante se balancea la eternidad. Como escribió Ludwig Wittgenstein, “si por eternidad no se entiende una duración infinita del tiempo, sino una atemporalidad, entonces vive eternamente el que vive en el presente”.

La mortalidad sigue siendo un escándalo y cada ser vivo lucha contra su final, los presidentes no son en eso una excepción, pero en su lucha arrastran a muchos. Hoy se defiende contra su finitud Cristina Kirchner, ayer se defendieron Menem y Duhalde, mañana se defenderá Macri.

Así como a Julio César lo acompañaba siempre un senador romano cuya función era repetirle sin parar “César, no olvides que eres mortal”, este Super-Macri enfrenta ahora el síndrome del tiempo infinito.

Puede ser más letal que la oposición.