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Sustituir políticas, no las exportaciones

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La Presidenta “festejó” en la semana que pasó el Día de la Industria (“seré curioso, señor ministro, ¿de qué se ríe?”, preguntaría Mario Benedetti), con la curiosa idea que planteó de “sustituir exportaciones”.

En realidad, es una política que ya puso en práctica en el sector energético, en donde la Argentina de estos años pasó de exportar por más de US$ 6 mil millones a tener que importar por otro tanto. No contenta con el fracaso energético, una de las causas, dicho sea de paso, de los graves problemas de flujo de dólares que tiene el país, propuso extender dicho fracaso a una industria que ya bate récords de importaciones per cápita, y que cada vez produce menos para exportar, por falta de inversión y por la suba continua de los costos.

Se ve que la Presidenta coincide con la irónica definición de éxito de Winston Churchill, que decía que el éxito consistía en “ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. En ese sentido, resulta conmovedor su entusiasmo por el fracaso de la política económica, en particular en el sector industrial.

Resulta claro que, en los tiempos que corren, y dado el tamaño relativo de la Argentina, un país de ingresos medios y poca población, la única alternativa razonable para la producción industrial es la de tener al mundo como mercado, y yendo de lo cercano a lo lejano, aprovechar las ventajas arancelarias y geográficas con los países vecinos. 

En particular, el mercado brasileño. Sin embargo, en el período en que toda Latinoamérica incrementó su capacidad de importar, por el mayor valor en dólares de sus productos de exportación, la industria argentina no sólo no aumentó su participación en los mercados regionales,salvo excepciones, sino que decreció.
Y esto no se dio por un mayor mercado interno, sino que se verificó en un contexto en que la industria no ha dejado de caer en los últimos dos años y en donde, como señaló el presidente de la Unión Industrial Argentina, el PBI industrial per cápita es el mismo que hace... cuarenta años.

Y este fracaso de la política industrial, en donde las pocas historias de éxito se dan, salvo alguna excepción, en contextos artificiales, de subsidios, regalos impositivos o mercados cerrados, es a la vez el fracaso de la inclusión social y de salarios reales elevados de manera sostenible. En efecto, en el sector industrial sólo se pueden pagar salarios altos permanentemente si se logra una gran productividad por trabajador. De lo contrario, la suba de salarios encuentra su techo, tarde o temprano, y viene el temido “ajuste”.

Pero para lograr una gran productividad por trabajador, es necesario asociar a cada trabajador con más unidades de capital y tecnología y con mayor capacitación y educación. En otras palabras, más productividad es combinar mejor capital humano con mejor capital físico. A la vez, esa productividad “interna” se tiene que insertar en un mejor ambiente “externo”, con bienes públicos en cantidad y calidad suficientes y con políticas tendientes a minimizar los costos de capital, para maximizar los ingresos del trabajo. 

Está claro que la política industrial argentina ha sido, exactamente, la inversa a la arriba descripta. El Gobierno se empeñó en deteriorar la calidad y cantidad de los bienes públicos, incluyendo dos bienes esenciales como la moneda y las estadísticas, incrementando, a la vez, los costos de esos bienes públicos de mala calidad, a través del sistema impositivo.

Está claro, además, que todo el marco regulatorio y de inserción global tendió a elevar drásticamente los costos del capital y a reducir los plazos de financiamiento, al punto final de restringir, casi totalmente, la capacidad de ingresar fondos del exterior de manera “normal y habitual”.

Elevados costos de capital, asociados a elevados costos del trabajo, fueron sumiendo el sector industrial en el aislamiento productivo y en el estancamiento. Por lo tanto, lo que la industria argentina necesita con urgencia es “sustituir políticas” y no exportaciones. 

Necesita una reducción sistemática de los costos de capital para incorporar tecnología que permita elevar los salarios reales y el empleo de calidad de manera sustentable. Y necesita más y mejores bienes públicos, incluyendo otra política monetaria y fiscal y otra política exterior.
En síntesis, “sustituir” un mal gobierno por uno mejor. Falta menos. 



eszewach