COLUMNISTAS EFECTO PRIMARIAS

Temor al vale todo

El massismo se prepara para el contragolpe K. Cristina, los talibanes y las contradicciones.

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Foto:Presidencia

Cristina logró la unidad nacional: todos los argentinos le tienen miedo. Después de fracturar hasta las piedras con su fanatismo castigador, la Presidenta consiguió el denominador común del temor hacia sus actitudes. Los dirigentes que la apoyan sienten pánico cada vez que se les cruza la idea de expresarle alguna crítica. No se animan a plantearle ni el mínimo matiz porque saben que su destino es la Siberia. Los candidatos que la enfrentan sienten terror de sólo pensar que puede llegar a hacer cualquier cosa con tal de embarrar la cancha. El kirchnerismo ya funciona como el Frente para la Venganza y toma represalias. Los intendentes massistas, reunidos el jueves, confesaron que tienen que levantar la guardia y abrir bien los ojos. Nadie descartó que una pueblada fogoneada por el cristinismo incendie alguna comisaría en Tigre o en Almirante Brown. Todos se preparan para lo peor: un carpetazo de Horacio Verbitsky y de sus compañeros de los servicios de inteligencia o, peor aun, que algún cadáver narco aparezca en el territorio enemigo de Cristina.

“Vamos por todo” fue reemplazado por “Vale todo”. El fin justifica los medios porque deliran creyendo que luchan por la liberación nacional contra la dependencia de las corporaciones destituyentes. Ya lo dijo Ella: Massa es sólo el títere, un suplente.

Los ciudadanos comunes también miran con susto a la Presidenta. Los que votaron por sus listas rezan para que Cristina vuelva a sus cabales, recupere cordura y deje de actuar como la jefa de campaña de Sergio Massa. Cada vez que la Presidenta habló, tuiteó o tomó alguna determinación, fue un error no forzado que llevó un puñado de votos más para su enemigo principal. Los que no eligieron las boletas de Cristina se inquietan pensando en la posibilidad del portazo. Dicen: “Si ya lo hizo una vez, lo puede hacer de nuevo”. Se espantan ante la posibilidad de que ella tire del mantel y se lleve todo puesto con un alto grado de arrogancia y despecho. “Este pueblo no nos merece, Néstor, renuncio”, dijo la noche terrible de la 125. Nadie descarta semejante nivel de irresponsabilidad si en el atardecer del 27 de octubre las cifras vienen peor o mucho peor que el 11 de agosto. Sería peligroso, aunque gane por goleada en la Antártida.

La situación más inquietante de todas tiene que ver con la estabilidad emocional de la Presidenta y con su mecanismo casi solitario para tomar decisiones. El único hombre que se anima a decirle que no a Cristina se llama Máximo, y no sabe, no contesta. Ella fue la mariscal de la derrota, porque eligió los candidatos, los spots, el discurso y las medidas económicas. Hoy atravesó la pantalla y perdió la confianza de quienes necesitan de su conducción. Esto es lo más grave que le pasó al proyecto después de la muerte de Néstor. No solamente padecieron la peor derrota electoral de la década, sino que Cristina perdió la brújula y eso confunde a todos.

Talibanes repudiados por la sociedad, como Carlos Kunkel, que fueron prolijamente escondidos durante la campaña, salieron a insultar a Massa. Ese “delegado de la oligarquía al que no le da el piné”, como lo definió, ganó en distritos donde vive la gente más humilde y donde el peronismo casi no había perdido nunca: Lanús, Tres de Febrero, Avellaneda y José C. Paz, entre muchos otros. Pero en otros lugares que forman el ADN del justicialismo hicieron elecciones muy por debajo de las anteriores o ganaron por poco, como en La Matanza o Quilmes, por ejemplo.

Por eso, se descontroló hasta el relato kirchnerista. El Barba Gutiérrez, que ganó por un pelito en Quilmes y quiere salvar su pellejo y la mayoría del Concejo Deliberante, salió con los tapones de punta contra Aníbal Fernández, que con ese “me importa un carajo” el voto de los demás no hizo más que seguir piantando votos y poner en lenguaje vulgar lo que Cristina expresó por Twitter.

El intelectual icónico de Carta Abierta, Horacio González, concluyó que Massa mira la realidad a través de una camarita de seguridad. Tan mal no le fue, porque los tres millones de votos que logró representan casi el 14% a nivel nacional: en un solo distrito, con un partido de cuarenta días y contra los aparatos más poderosos de la Nación, la Provincia y los municipios, Massa logró la mitad de los votos de Cristina en todo el país. Esta es la dimensión de la derrota. Algo se está gestando, se siente al respirar: el cristinismo observa la realidad a través del ojo de la cerradura de la ideologitis.

La falta de liderazgo de Cristina aparece en las contradicciones que dan suma cero. Un irreconocible Daniel Scioli (“se afilió a La Cámpora”, chicaneó un intendente) habla de patrulleros, cámaras de vigilancia y policía municipal para apoyar a Insaurralde. Pero, simultáneamente, otro militante de la causa como el juez supremo Raúl Zaffaroni dijo que la inseguridad “es una paranoia construida por los medios”. ¿En qué quedamos? Por lo menos no metan adentro las pelotas que van afuera. Son esos mismos diarios y canales a los que Cristina acusó por su derrota. Como si las seis millones de personas que la votaron en 2011 y no la votaron ahora hubieran dejado de leer Tiempo Argentino o de ver 6,7,8 y se hubieran pasado de golpe a leer Clarín y ver TN. Infantilismo que no resiste el menor análisis. Y menos para un peronista, que no puede acusar al pueblo de ser una botella vacía que llenan los periodistas con contenidos malignos. Ese concepto discriminador fue siempre propiedad de los gorilas. Hay más choque de discursos cuando el gobernador Scioli ofrece entrevistas a Clarín y La Nación, que –según Cristina– junto con PERFIL son arietes del golpismo. Algo no cierra. ¿Cómo Scioli, tan cristinista ahora, va a dialogar con el diablo mediático?

Massa festeja la reaparición de Felisa Miceli, condenada por corrupta por la Justicia y no por el periodismo, pero traga bilis cada vez que lo llaman para decirle que echaron de su trabajo a algún simpatizante suyo hasta en los niveles más bajos del Estado. O que la plata para terminar las obras no llega. O que le sacan tarjeta roja al segundo jefe de la policía sólo porque no aceptó operar contra Massa. La extorsión de Estado y el Frente para el Apriete no tienen límites. El abuso de poder es obsceno y obsesivo. Presionaron incluso a una de las principales terminales automotrices para que anulara importantes convenios de inversión en uno de los principales distritos del Frente Renovador. Tal vez no ganen un solo voto con eso, pero deja tranquilas sus almas dañinas y el viejo sueño autoritario de “al enemigo, ni justicia”. Por eso todos y todas tienen tanto miedo.



Alfredo Leuco