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Tentativas sobre un poema

Una amiga me manda un poema que leyó en internet (¿Dónde? ¿En Facebook? ¿Twitter? ¿En un blog? ¿Un portal?

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Una amiga me manda un poema que leyó en internet (¿Dónde? ¿En Facebook? ¿Twitter? ¿En un blog? ¿Un portal? En internet las cosas dan igual, son intercambiables como en un shopping). Pertenece a La altura, libro de Laura Wittner próximo a ser publicado por Bajo la Luna. El poema se llama Un cantero: “Un cantero de rosas/ de distintos colores:/ las veo sin anteojos./ ‘Parece que son rosas, y que hay/ amarillas y blancas,/ rosas, rojas’, me digo./ Para verlas en serio/ me pongo los anteojos:/ que dejen de ser bruma./ Pero el gesto de ponérmelos/ trae nuevas inquietudes/ y ahora que veo las rosas/ concretamente/ ya me olvidé de ellas./ Estoy en otra parte/ y no las veo”. Es un poema que abre a varias lecturas, pues empecemos por una: la tentación de lo efímero. El mandato de atrapar lo “eterno en lo transitorio”, como pedía Baudelaire, aunque aquí sospecho que la herencia recibida proviene de cierta poesía argentina de los 90, y más allá, del murmullo de Williams Carlos Williams, de la extrañeza ante lo cotidiano, o tal vez a la inversa: de lo cotidiano volviéndose cada vez más extraño. No ya el sujeto extrañado ante lo cotidiano –situación que haría que la acción recaiga sobre el sujeto– sino un sujeto que busca la normalidad de lo cotidiano sin llegar a encontrarla porque lo cotidiano se vuelve inasible –escena en la que la acción reincide en el objeto–. Allí está lo trivial (las rosas), la ironía sobre los lugares comunes (otra vez las rosas), la brevedad del poema, y el remate seco y final, que también lo emparenta con ese horizonte que, para simplificar, habitualmente se nombra como “poesía de los 90” (pero leer debería ser lo contrario, nunca simplificar, siempre tensar, encontrar hiatos, grietas donde parece que no las hay. Esa es la tarea de la escritura: profundizar la grieta).

En una segunda lectura, el poema se vuelve más interesante porque aparece la cuestión del deseo. Algo llama la atención –las rosas–, como un señuelo, una señal que dice “mírame, deséame”. Tal vez también “poséeme”. Un sujeto distraído es llamado por el deseo de un cantero de flores, en la falsa sencillez de lo anodino. El deseo descoloca al sujeto de su situación ordinaria, lo transporta a otro lugar. Le exige un esfuerzo (“verlas en serio”). Y cuando eso ocurre, ya es tarde. Es inevitablemente tarde: “Estoy en otra parte/ y no las veo”. ¿Deberíamos suponer que el deseo está siempre en otra parte y nunca se alcanza? Eso también es un lugar común, y por eso seguramente cierto. En parte. La otra parte reside en lo efímero amortiguando la tensión del deseo. No es que el deseo es siempre insatisfecho. No. Para el poema, el deseo es efímero. El deseo no dura.

En una tercera lectura, el poema gana en densidad cultural. Irrumpe el tema de la tecnología: para “verlas en serio”, hay que ponerse los anteojos: la máquina que ve “concretamente”. Lo efímero del deseo está mediado por el anteojo como fetiche (el fetichismo del anteojo y su secreto). Al acertar, la tecnología fracasa: permite ver las rosas, pero al hacerlo, “ya me olvidé de ellas”. Todo ocurre como si la vida fuese más intensa en la fase previa a la tecnología, cuando las rosas aún eran bruma. Pero ahora que dejan de serlo, sin embargo “trae nuevas inquietudes”. El anteojo útil rápidamente pierde sentido. El sujeto ya está en otra parte y las rosas no las ve.