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Teoría de la relatividad

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Hace ya varios años, en Alemania, un tipo publicó un aviso en internet donde decía que quería comerse a alguien. Otra persona –que quería experimentar ser comida– lo contestó enseguida.

Nunca deberíamos dejar de pensar que nuestras opiniones sobre el mundo son relativas. Hace poco viví otro hecho excepcional. Estaba sentado en un bar y pasó caminando Luis Ventura, el compadre de Rial. En mi lista de gente tóxica, ambos están en el top ten. Pero, ante mi asombro, los autos paraban y le gritaban “Vamos, Luis” o “Genio”. Pensé en principio que Ventura y Rial buscaban ser odiados, como esos personajes de Titanes en el Ring –Tufí Memé, William Bu, etc.–, pero ni ellos logran el consenso absoluto. Se me ocurrió que la gente que los admira está viviendo una variante del síndrome de Estocolmo, que es el caso patológico en que los secuestrados terminan amando a sus secuestradores. Pero quién sabe. Creo que una de las condiciones para alcanzar la sabiduría es la capacidad que tengamos para absorber a los que nos critican. Se está por estrenar la nueva película de Damián Szifrón y escuché a mucha gente destruyéndola sin haberla visto. La comparaban con El secreto de sus ojos, de Campanella. No vi la de Szifrón, pero sí vi la de Campanella. Me la habían recomendado enfáticamente. A mí me gusta que me gusten las cosas, no me pongo contento cuando pasa lo contrario. La película de Campanella, por desgracia, me pareció muy floja: Darín hacía de Darín, Pablo Rago estaba hasta mal maquillado cuando tenía que hacer de viejo, y el mensaje ideológico del film me parecía reaccionario. Claro que cuando uno se pone a ver “lo que dice políticamente una película” es porque la película ya hace agua. Me llamó la atención también que Campanella, cuando lo entrevistaban, mostraba cierto enojo por no gustarle a todo el mundo. Por lo general, me parece, las cosas que un autor pone voluntariamente en la obra para que se perciban son las que terminan haciendo fracasar las operaciones estéticas.



Fabian Casas