COLUMNISTAS EL DELITO DE PENSAR

Testigo en silencio

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La fría noche del viernes 28 de mayo de 1977 estaba en el gallinero del Teatro Colón, con mi novia del secundario y amigos en una extraña función de Carmina Burana de Carl Orff interpretada por Les Grands Ballets Canadiens de Montreal. En O Fortuna, el poema que abre la cantata, escuchamos un verso que resultaría premonitorio: “Vita detestabilis”, vida detestable. Según el diccionario latín-español existe otra traducción, más sombría: vida abominable.
A la salida de la función nos esperaba Joaquín con una noticia terrible. El día anterior, en distintos lugares y horarios, habían detenido a Margarita Ercole, Nina Goldberg (ambas de 18 años, estudiantes de la Universidad de La Plata), Rubén Gerenschtein, de 17 años, y María Silvia Bucci, de 16. Goldberg era egresada del Nacional de Adrogué, Ercole, como Joaquín y yo, habíamos egresado el año anterior de la Escuela Normal de Lomas de Zamora (ENAM), mientras que Gerenschtein y Bucci cursaban allí el quinto año. Por la metodología aplicada (hombres vestidos informalmente, autos sin chapa patente) sabíamos que el arresto era una desaparición, pero lo alarmante consistía en que no se trataba de militantes con entrenamiento militar, sino de apenas simpatizantes de una ya inactiva Juventud Guevarista que realizaba algunas reuniones informativas sobre su propia decadencia. Pertenecían al centro de estudiantes, del que formé parte en 1976, y cuya inconsistencia y nulo apoyo entre los alumnos era producto de la desmovilización política causada por el golpe de Estado. Ya en ese año el centro era una figura retórica, más un motivo de reunión para discutir la realidad que para actuar sobre ella. Entonces, ¿por qué? ¿Los desaparecidos figuraban en la agenda de un cuadro armado que fuera detenido? Ante el misterio ocurrió la estampida de todos aquellos conocidos de las víctimas; había que refugiarse de una posible detención. Al mes, cuando ningún otro hogar fuera visitado, todos retornamos a nuestras vidas. La incertidumbre y la angustia por los chicos detenidos resulta imposible de referir. ¿Iban por los que en un futuro cercano fueran capaces de oponerse a una dictadura? ¿Iban por los que podían pensar? ¿Cuál era el delito por pensar? A principios de agosto dejaron a María Silvia Bucci en la puerta de su casa; fue la única que regresó. En cuanto me avisaron comencé a visitarla, incluso estudiamos juntos, yo mis materias de Bioquímica, ella las que debía rendir para terminar quinto año porque no la reincorporaron por inasistencias. Su casa estaba maldita, en el reino del “algo habrán hecho”, la presunción social de una culpa inespecífica la merodeaba. De alguna manera teníamos un pacto: yo no preguntaba y ella contaba lo que quería, que fue muy poco. Con los años comprendí el porqué de su silencio. La habían regresado con el objetivo de que difundiera cuál era el destino de quienes osaran pensar, como vehículo del horror para generar más terror aún. Lejos de ello, María Silvia guardó su testimonio como un tesoro explosivo.
Desde diciembre de 2013 se realiza el juicio oral a los sujetos que llevaron adelante el centro de detención conocido como La Cacha, ubicado en La Plata, y donde los mencionados sufrieron tortura seguida de muerte. Hace menos de un mes, el testimonio de Bucci ante el tribunal fue contundente. Identificó a los siniestros verdugos, a las víctimas que conoció allí. Y algo más: el rastro de la colaboración civil. Durante los interrogatorios, su cancerbero le mostró los legajos escolares, cedidos por el interventor y subinterventor de la escuela a un evidente grupo de civiles armados que concurrió días antes allí en horario de clases. El interventor murió, lo sé, mientras su segundo ha trabajado como asesor del Ministerio de Educación (al menos hasta 2010) y es profesor de una prestigiosa escuela pública de Buenos Aires. No lo menciono, como no era necesario que hiciera lo que hizo. Tal vez la Justicia le explique la dimensión del verso “vida abominable”.

*Escritor.



Omar Genovese