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Tiempo al tiempo 11/02

Después de un viaje un poco mediocre al invierno inclemente vuelve a Buenos Aires.

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Después de un viaje un poco mediocre al invierno inclemente vuelve a Buenos Aires. Lo sorprende, como siempre, que ese galpón mal acondicionado en medio de la niebla funcione como un aeropuerto internacional pero, más todavía, el cachetazo de un aire helado y gotas de lluvia que parecen mimetizar las condiciones meteorológicas de las que creía haber huido. No le gusta el invierno, pero mucho menos el frío fuera de lugar, las vertiginosas corrientes de aire antártico que arruinan lo poco que le queda de verano.

Ya en su casa, lo espera una irritación mayor todavía: pagar cuentas (es comienzo de mes), intercambiar furiosos correos con su contadora en relación con temas impositivos perentorios porque se han modificado las escalas, las deducciones, la mar en coche (y afuera llueve en la ciudad).

Pasa un fin de semana armando montoncitos de plata y decidiendo si le conviene pagar el impuesto inmobiliario anualizado y con descuento o confiar en la depreciación de los montos mensuales que la inflación permite prever. Todo funciona en formatos digitales, pero se imagina armando pilas de monedas y la imagen lo deprime.

Muchos deben sentir lo mismo, porque los diarios siguen insistiendo en la depresión del consumo: nadie compra nada, y sólo se pagan las cosas esenciales. Depresión, depreciación (del salario), desprecio (de los administradores): le gustaría jugar con esas palabras porque siempre encuentra algo de felicidad en las aperturas del lenguaje, pero no tiene tiempo. “Ni tiempo tengo”, suspira. Y se da cuenta de que la más grande injusticia del sistema económico que habita es precisamente haber enajenado a todos de su propio tiempo.

Buscar recibos de sueldo, completar planillas, acumular comprobantes de gastos para rendir, organizar el trabajo del año, separar la plata en montoncitos. Trata de hacer todo a la mayor velocidad para encontrar algún resto de tiempo con el que jugar un poco.