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Tiempo Pro

El Gobierno define ejes, pero el futuro prometedor necesita respuestas de hoy.

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. Foto:Pablo Temes
El PRO empieza a escribir su futuro pasado como partido nacional. Aquel que recordarán en discursos o entrevistas propias y ajenas poniendo luz en los aspectos que más fortalezcan a cada uno. La historia que escribe el PRO va definiendo su identidad y tiene como ventaja ser reveladora por lo novedosa, lo cual difiere expectativas. Todavía sin salir del asombro de no estar gobernada por el PJ, la sociedad entiende que sabe poco de ellos, la energía se concentra en el futuro y escucha a sus protagonistas arengar para que todos mantengan la calma prometiendo gratas sorpresas una vez superado un presente tan incómodo como pasajero. Pero nada es para siempre, y la acumulación de pasado va permitiendo, en términos de opinión pública, construir una lógica, un código, que permita reducir la incertidumbre y predecir futuros desenlaces. Por eso es importante cada señal, cada acción, porque puede ser una anécdota que transforme un ánimo invadido por un inmenso y agradable futuro en otro en el que prevalezca sólo la continuidad de un presente lleno de obstáculos.

En este sentido, los últimos días pusieron de manifiesto de manera bastante nítida el estilo de construcción de la relación que la administración PRO decidió adoptar con dos públicos clave como son los sindicatos y las empresas. Dos actores, por cierto, muy poco atentos a la opinión pública pero que pueden sumar o restar fuertemente en el proceso de construcción de poder. Dato nada menor para una administración que se inició vulnerable en la conducción no sólo del país sino también de su provincia más importante y oscura dentro un contexto inflacionario y con graves problemas fiscales.

Así las cosas, y con un PJ plagado de tensiones, el Gobierno mostró capacidad para jugar con ambos mientras mantiene al resto de los líderes políticos mirando en la tribuna. Macri se deslizó cómodamente por el escenario público exhibiendo una nutrida agenda de la que desapareció la palabra “paritaria” para ser reemplazada por “bono” y en la que logró mantener el paro de la CGT en el limbo. Al mismo tiempo posaba sonriente con Máxima, le hablaba a Urtubey sobre la importancia del amor y despegaba hacia Roma en busca de esa sonrisa que tanto se hace desear.

Por algunos aspectos que componen la imagen del PRO, hubiera sido fácil imaginar una relación con los trabajadores con algunos niveles de conflicto ya que, no obstante contar como antecedente contrario la gestión en CABA, el universo gremial nacional es más complejo, diverso e incluye nuevos actores para el PRO. Además, el sindicalismo como negociador nacional se encuentra sometido a un mundo de equilibrios diferentes.

Así, si bien la decisión de la CGT de no ir al paro elimina un elemento de desgaste para el Gobierno, esto no diluye un aspecto no menos perjudicial en términos de imagen como resulta la falta de actualización del salario. La posibilidad de confrontación con la CGT produce daño no por tratarse de un actor legitimado frente a la opinión pública que, muy por el contrario, les reserva a estos dirigentes el podio integrado por los de peor imagen, sino por la amplificación que pueden dar a problemas reales de la población. El sindicalismo, si bien poco confiable (menos del 10% de confianza en población AMBA), puede poner el dedo en la llaga y revolverla convirtiéndola en herida mortal para gobiernos débiles. Bien lo sabemos. Ha decidido mantener su dedo alejado por ahora, sin llevar a las calles y a los medios el retraso en los ingresos, pero el problema subsiste y el “tema” salario puede empezar a ascender en las preocupaciones de la gente si la reactivación no llega, haciendo de éste un contexto más favorable a la oposición en 2017.

Encendidos. Por otro lado, y al mismo tiempo que la princesa paritaria se transformaba en sapo bono, los empresarios volvieron a encenderse en La Feliz. Con las dificultades de siempre en contribuir al contexto donde operan, actitud que ha quedado más expuesta con el cambio de gobierno (el 80% de la población informada del AMBA cree que los empresarios son poco o nada colaborativos con el actual gobierno), les ha llegado por fin un contexto más amable dentro del cual se les reserva mayor protagonismo.

Pero el empresariado también encuentra su felicidad en el futuro por ahora. Para ser justos, debemos reconocer que éste ha sido un actor muy impactado por múltiples y contradictorias propuestas de entusiastas transformadores de la realidad, por lo que quizás el “esperar y ver” sea razonable. No deben salir aún de la sorpresa de volver a contar con un presidente en la Rural, en IDEA, de volver a encontrarse con el equipo del FMI y tener un Davos propio en el mismísimo CCK. Otro país sin moverse un centímetro.
Si bien ningún nativo escapa a la aventura argentina, podemos afirmar que el viaje de las empresas ha sido el más vertiginoso, sin lugar a dudas. Lejos de los agravios a los que estuvieron sometidos hasta hace pocos meses, los responsables máximos de la política económica actual han destinado a ellas un lugar de peso dentro del plan y se espera que se conviertan en agentes de cambio. En este nuevo país, al sector privado le está costando alcanzar las circunstancias y demostrar, nuevamente pero en sentido opuesto, su capacidad de adaptación.

En esta línea, es interesante observar que en general la población no tiene muchas esperanzas sobre el rol de las empresas en términos de liderazgo o compromiso con la realidad. Los niveles de confianza en ellas se encuentran un poco por encima del 10%, y un tercio las considera responsables de su principal problema, que es la inflación. Este clima debería ser algo a revertir por las empresas argentinas, que no logran ser aceptadas como actor social de peso por la sociedad. El sector agropecuario puede atestiguar que no es poco lo que se consigue cuando se tiene a la gente de su lado.

La semana que pasó seguramente vio descender en algunos puntos la imagen de los sindicatos y de las empresas en la consideración pública, y si bien la administración Macri no ha visto mermar su poder en términos de apoyo de las corporaciones, ha tensado un poco más a una opinión que aún conserva sus esperanzas y cuenta con pocas alternativas.
Quizás haya llegado la hora de sentarse los tres a la mesa para empezar a trasformar ese optimismo diferido sobre un futuro inexistente en alguna alegría de un presente tomado por la pobreza, el narcotráfico y la inseguridad.

*Politóloga.