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Tiempos difíciles

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Qué hacer, Bertolt? Mienten hasta con los muertos. No eran 67, como dijo Scioli, son 89 los que murieron en la inundación de La Plata. Mienten con el Indec. No era esa la inflación que dibujaron durante cinco años. Ahora no miden el aumento de la pobreza ni de la indigencia porque saben que son cientos de miles más de los que dicen. Mienten con el presupuesto. No hay plata para los maestros, pero hay 2 millones de dólares por día para Aerolíneas. No hay para los jubilados, pero hay 1.500 millones de pesos para el escandaloso negocio del fútbol. No hay para una buena comida en las escuelas, pero hay 3 mil millones de pesos para mantener a los Szpolski, Garfunkel, Cristóbal López y toda la cadena del periodismo mercenario.

Qué hacer Bertolt, le pregunto a Brecht, alemán, poeta, dramaturgo, una de las cumbres literarias del siglo pasado. Perseguido, exiliado, por pensar, por dudar, por preguntarse, como uno de sus personajes en La ópera de dos centavos: “¿Qué delito es mayor, robar un banco o fundarlo?”. En Galileo recreó la persecución de los inquisidores de la Iglesia contra el astrónomo y matemático italiano. Tiempos difíciles aquellos en los que Galileo observaba el cielo con su telescopio y confirmó lo evidente, que la Tierra no era el centro del Universo.

Los cardenales temieron que sus cálculos desmontaran el verso divino de la creación y lo amenazaron de muerte. Galileo abjuró, se humilló públicamente y fue condenado a reclusión perpetua. Casi cuatrocientos años más tarde, el Vaticano autorizó una misa en su memoria, pero no pidió perdón. Ya se sabe lo que tardan esos trámites entre la Tierra y el Cielo.  

Puedo ver, detrás de sus anteojos, cómo me mira Bertolt Brecht. De pronto, leo cuando escribe: “Tiempos difíciles, amigo, aquellos en los que hay que demostrar lo evidente”. Escribía, Bertolt, entre guerras mundiales, ascenso del nazismo, economías devastadas, teléfonos fijos con demora y cartas manuscritas. Entonces no se sacaban “selfies”, ni se subían videos a YouTube, la información no circulaba en redes sociales.
Ahora todos sabemos todo. Podemos ver a Oyarbide en Spartacus. Mirar la foto de su anillo, y de sus fiestas. Leer lo que ha hecho. Ahora todos sabemos todo. Podemos ver en internet la ficha, con foto, de Gerardo Martínez cuando era informante de la dictadura y en el mismo álbum, años después, sonriendo junto a Cristina. Y escuchar cuando lo llama “Gerardo”. Y ahora, esta semana, cuando el secretario general de la Uocra sonríe en viaje de placer por Roma.

Y antes vimos las fotos de Cavalieri en el Caribe y hacerse millonarios a la mayoría de los “defensore de los trabajadore” y escuchamos decir a Barrionuevo que habría que parar de robar un par de años, y vimos en YouTube a Cabandié abusando de una empleada contratada, una “desubicadita” que quiso hacer cumplir la ley y vimos a Aníbal Ibarra cuando pretendía volver a ser elegido, después de Cromagnon, pidiendo que no le manden más gente pagada a saludarlo, y nos enteramos por las investigaciones periodísticas cómo “retornan” las “coimas” de los contratos de obra pública y cómo son los negocios de lavado de dinero negro con los hoteles. Y podemos ver a Néstor alabar a Menem y crecer la inmensa fortuna de los Kirchner, un matrimonio de empleados públicos. Y a De Vido, pasar de pobre arquitecto a terrateniente. Y más, y más, y más.
Con todas estas pruebas, escritas, filmadas, escuchadas, documentadas, reveladas, con fotos, papeles, testimonios, es probable que hasta el propio Bertolt, agobiado, saturado de información, se reescribiera: “¡Qué tiempos jodidos estos en los que todo es tan evidente que ya no hay nada que demostrar!”.

Así es, querido Bertolt, así están las cosas: todo está ahí,  hoy todos sabemos todo. Lo que no sabemos bien es qué hacer con nuestra indignación. A modo de consuelo, leo y recomiendo leer tu poema A los hombres futuros. También está en internet.  

*Periodista.



Carlos Ares