COLUMNISTAS

Todas fueron ruinosas

Por Silvio Juan Maresca

Se nos invita a pensar la transición, después de más de diez años de gobierno kirchnerista. No es la primera, al cabo de treinta años de democracia ininterrumpida. Pero todas obedecen a un denominador común: ser igualmente ruinosas.
La cosa estalla siempre por la “economía”; un mero síntoma incapaz de permitir ver el nudo de la cuestión. Estamos hartos –estoy harto– de oír hablar de la inflación, el déficit fiscal, la emisión monetaria, la cotización del dólar, el empleo público, la falta de inversión, el precio de la soja, las vacas vivas y las vacas muertas y últimamente los fondos buitre. En los días que corren todo, o casi todo, se “explica” en función de los fondos buitre. Una suerte de metafísica del buitre.
Tomemos distancia de esa jerga ininteligible y preguntémonos qué pasó. ¿Por qué han fracasado los gobiernos que rigieron el país desde 1983 en adelante? O para ser menos drásticos y admitir algunos logros, que en todos ellos los hubo, ¿por qué terminan tan mal?
En cierta forma, la respuesta es simple: porque no han sabido –o no han querido– llevar a cabo una gran política, formular un objetivo común acorde a nuestra historia y a nuestras raíces que movilizara las energías de la nación en pos de un mejor destino. ¿Qué han hecho en cambio? Adoptar irresponsablemente recetas extraídas de otras latitudes e implementarlas a contramano de la realidad y posibilidades ciertas del país.
Primero fue el “socialdemocratismo” de Alfonsín, sucedido sin solución de continuidad por el neoliberalismo de Menem y el progresismo de los Kirchner. Pero la sociedad argentina no es una pobre víctima inocente: lo frágil y confuso de su identidad cultural, su falta de conciencia nacional, su dependencia mental, la tornan terreno fértil para el cultivo de las ilusiones políticas más descabelladas. Así, fuimos socialdemócratas en los 80, neoliberales en los 90 y hoy, todavía hoy, progresistas.
Sin embargo, la Argentina fue capaz, en algunos momentos rutilantes de su historia, de llevar adelante una gran política, que en nada se contrapone a lo que hoy algunos políticos denominan “ocuparse de los problemas de la gente”, desentendiéndose de dogmatismos ideológicos inoportunos.
Una gran política no es una ideología, sino una orientación general provista, eso sí, de un ideario. Se cumple este año el centenario de la muerte de Julio Argentino Roca, conductor político de la Generación del 80, que en base al proyecto nacional alberdiano construyó el Estado argentino moderno. ¡Qué descaminados estaremos después de una década de progresismo para que hoy Roca sea una mala palabra, una personalidad política impugnada en nombre de unos románticamente idealizados “pueblos originarios”!
Con la Generación del 80 la Argentina implementó una gran política, sin perjuicio de las críticas que puedan efectuarse a ese emprendimiento. La otra ocasión fue el proyecto conducido por Juan Domingo Perón desde 1945 a 1955.
Representó el complemento plebeyo del proyecto oligárquico de 1880, a tal punto que puede considerárselo como contracara del mismo proyecto. Desde entonces nunca más hubo gran política entre nosotros. Pero, ¡atención!, tanto en 1880 como en 1945, más allá de los protagonistas y de los hechos, hubo un pensamiento rector. No hay gran política sin pensamiento.
Y eso es lo que en esta transición no vemos aparecer por ningún lado, ni en el kirchnerismo agonizante que busca perpetuarse ni en una oposición tan fragmentada como menesterosa de ideas. Se discuten pequeñeces, no se piensa en el imprescindible rediseño de la patria.
Se parlotea sobre “economía”, ni se sueña con la formulación de una gran política. Los intelectuales mediáticos se enzarzan en polémicas ridículas acerca de “izquierdas” y “derechas”, como si en el mundo actual eso tuviera alguna relevancia. Sepa disculpar entonces, estimado lector, mi pesimismo con relación al porvenir.

Filósofo.



Redacción de Perfil.com