COLUMNISTAS CUADROS

Todo tan lejos

Parece que llegó. Juraría que sí, que llegó. La primavera, digo, llegó. De modo que saco las reposeras, las abro y me tiro en una de ella y tomo sol. ¿Se acuerda, querida señora, de Noel Coward cuando decía que odiaba  a esos escritores que sólo podían escribir cuando llueve? Los hay, claro que los hay. Yo no, yo soy de otra laya, yo puedo escribir cuando hay un sol que raja la tierra, vea, le juro. Cuando llueve también. Pero a los primeros soles de la primavera lo que hago es recordar a mis antepasados lagartos y tenderme bajo los rayos de Febo que no se asoma sino que viene él todo entero de visita bienvenida. Tibiecito al principio, se va poniendo ardiente y pica, el muy atrevido. Pienso (¿ve?, puedo pensar bajo el sol) que en primavera el sol debe estar más cerca de la Tierra que en invierno. No, no, estimado señor, no me venga con la astronomía bajo el brazo porque yo ya la sé, pero el hecho de saberla no me impide disfrazarla, fantasearla y pintarla cual mina que sale al corso del carnaval de por aquí cerca. Ya sé, ya sé que el Padre Sol no se nos acerca, cómo no lo voy a saber. Creo que me lo enseñaron alguna vez en la secundaria en esos tiempos en los que la escuela no nos contenía pero nos educaba. Introducción a la Geografía se llamaba y empezaba con el cielo, ¿no es una maravilla? Y después una se fue aficionando y empezó a leer sobre el tema y descubrió que no estaba sola en esas averiguaciones. Aparte del placer y de la adquisición de una identidad, eso es lo bueno de leer: el descubrimiento. Ah, ¿así que imponentes señores de toga y coturno miraron hacia arriba bajo los cielos azules de la Hélade, de Babilonia y de Egipto? Mire usted. Igual que yo. Entonces, además de sentirme importantísima, ¿qué hago? Volver a los libros, eso es lo que hago porque, no se lo diga usted a nadie, es lo que suelo hacer en las distintas circunstancias de la vida. Y los libros no me desilusionan, no porque yo sea muy especial, que no lo soy, sino porque nunca desilusionan a nadie. Y me entero de lo que vieron, ellos, los imponentes señores antiguos. Incontables sueños, eso tuvieron. Pero además tuvieron verdades que se han mantenido a través de los siglos, de los milenios, de los fanatismos, de los oscurantismos, de las inquisiciones y de los infiernos. Desde el agua del señor Tales, el de Mileto, no sé si lo ubica, hasta las tortugas gigantes que sostienen el mundo pasando por los mapas del cielo con la Tierra en el centro del universo, claro, sin olvidar las medidas y la forma del planeta Tierra, conseguidas mediante la sombra de una varilla sobre la arena del desierto y los pasos de los camellos, todo eso y mucho más, todo eso cobijó a la humanidad y la fue llevando a través del tiempo, de las pestes, de las guerras y de la infinita estupidez para llegar a nuestro propio mapa del universo. Qué lástima, caramba, qué lástima por aquellos cuadros casi inimaginables, maravillosos, inspiradores, de oro y de fuego, todos equivocados pero nunca falsos, querida señora, nunca mientras el Padre Sol nos acaricie.



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