COLUMNISTAS PAGO DE DEUDA

Todo tiene precio

La Presidenta acepta negociar con los deudores a los que demoniza. Los fondos necesitan más plata que juicios.

Foto:Pablo Temes

Primero, la hojarasca. O sea, según el diccionario, las hojas inútiles de una planta que no permiten ver, o, por extensión, las partes secundarias de un discurso que nublan su significado. Si se traslada esa interpretación de hojarasca al problema judicial de la deuda con los holdouts –impensada y contundentemente contrario a lo que pensaban Gobierno, Estados vecinos o no, mercados, especialistas y medios, patria financiera local o bancos internacionales–, aparece un listado interminable de excusas como hojas sueltas para describir el shock: calificar de buitres a los que reclaman sus deudas; la ambigüedad de pagar a unos y no a otros, de negociar y no negociar, de enviar una delegación y no enviarla, de imputarle aviesas sospechas al juez Griesa; imaginar una conspiración del Consenso de Washington, la venganza del capitalismo contra un emergente que crece; definir cuestiones jurídicas como extorsiones; suponer que el mundo trastabilla por una eventual debacle argentina; hacer circular la creencia de que una potencia superior castiga a un no adicto; endosarles la culpa a funcionarios autóctonos de hace cuarenta años que, deliberadamente sin duda, suscribieron la jurisdicción de los tribunales de Nueva York para lastimar cuatro décadas más tarde a un gobierno nacional y popular. Generosa literatura, la hojarasca, para quienes deseen incursionar en el revisionismo futuro, en el pensamiento nacional, para acusar de buitres no sólo a los de “afuera”, sino también a los de “adentro” que, como se sabe, pueden ser peores por simple ejercicio deportivo. Ni siquiera por dinero.

Cuando en verdad se trata de pagar o no pagar lo que dictó la Justicia norteamericana más que de neoliberalismo abyecto o defensa de la soberanía. También, de ingresar o no a partir de agosto en las derivaciones indeseadas –ni siquiera por el Gobierno– de un default. Cristina precisó ayer, despejando algo de hojarasca, que negociará y honrará la deuda, a pesar de que un mínimo porcentaje de demandantes sean más exigentes que la mayoría. Unos dirán que lo hace en defensa propia, para culminar en un año sin zozobra su mandato; también con acierto habrá que admitir que lo hace atendiendo responsabilidades ineludibles de jefa de Estado: estaba atrapada, sin salida. O con la salida menos entusiasta.

Cada uno de los argumentos de la hojarasca viene acompañado por un antivirus. Si ha sido dañina la jurisdicción neoyorquina, por ejemplo, ¿por qué se volvió a su régimen en el último acuerdo secreto con la empresa Chevron, según explicó en su momento The New York Times que, en apariencia, no es controlado por Magnetto? Y además en otros pactos que van a venir por Vaca Muerta, para no hablar de recientes bonos emitidos por las mismas autoridades nacionales. Tal vez, como en el caso de la jurisdicción, los opositores disponen de múltiples antivirus para desarmar la encendida retórica oficial. Se contuvieron, quizás también en defensa propia. Cada uno en su desconcierto por la infeliz noticia judicial, esa imprevisión que no sólo ha sido kirchnerista. Aunque Cristina dijo que no la sorprendió el fallo, nada explicó sobre la cobertura que diseñó para neutralizarlo, prevenirlo, sofocarlo, disminuirlo, si lo sabía de antemano. Al margen de la hojarasca, quizás –como todos– confiaba en alguna gestión, una mediación por ella iniciada, que finalmente convirtiera el contante y sonante a pagar en un escalamiento de bonos que habrán de solventar, con los años, otros gobiernos. Del mismo modo pensaban los operadores, el mercado: los valores argentinos no cayeron tanto como obligaba a sospechar el posible ingreso a un default (tal vez, además, porque habían comprado títulos a precios demasiado altos, casi inconscientemente ante una eventualidad nefasta para sus intereses). No resulta improbable, sin embargo, esa concordancia general que en Rosario ayer confirmó la Presidenta: hay bancos intermediando, otros interesados en comprar el crédito a un valor menor para luego revendérselo a la Argentina, buitres convertidos en palomas interviniendo (David Martínez) y la certeza de que los acreedores triunfadores también se inquietan por la eventualidad de un default que les impida recuperar la moneda que los tribunales de EE.UU. han dicho que les corresponde. Parece que ese desenlace violento tampoco les convenía a ellos; es hora de tocar la plata, no sólo de verla en la vitrina del juez.

Por lo tanto, ahora se trata de pagar lo que resta, fundamentalmente de negociar el precio.
Si se logra un entendimiento en poco tiempo y finaliza la tentación de vivir con lo nuestro que iluminaba ciertos rostros oficialistas, quedarán olvidadas algunas improvisaciones: no atender debidamente el curso judicial (gran parte del trasiego estuvo en manos de una vecina de la familia Kirchner en Río Gallegos, apta seguramente, pero sin la debida experiencia), la modificación de sugerencias del estudio (cambiar el lobbysta ante la Corte de EE.UU. luego de haberse comprometido con otro), desmentir a los propios abogados ante el juez (uno de los letrados, hace una semana, pidió una reunión que luego la Casa Rosada levantó) o no concederle garantías de negociación al lobbysta de filiación republicana que iba a pedir una reconsideración transitoria a la Corte Suprema. También se olvidará que la hojarasca distorsionaba una política de reendeudamiento explícito que empezó con abonar en el Ciadi, satisfacer las demandas de Repsol, las del Club de París y, obviamente, culminaba con un acuerdo con los holdouts. No fue un trámite este último capítulo; habría que evaluar si resultó conveniente haber postergado esta negociación, no haberla considerado más prioritaria que las otras. Detalles, sin duda, aunque con costos diferentes.

Ahora no sólo Cristina tomará dinero a través de YPF, también gobernadores e intendentes, cualquiera sea su filiación. Para gastos, sueldos y alguna obrita. Todos felices, hasta el ministro Axel Kicillof, quien algo del mundo internacional empezó a entender cuando en una reunión del BID realizó altisonantes y burdas acusaciones al organismo y a su titular, Luis Alberto Moreno. Un momento difícil que Moreno soportó con estoicismo, para replicar por último: “Está todo bien, pero primero pagá”. Anécdota que puede rescatarse en el Ocean Reef de Key Largo, donde vive la madre de Moreno, en ocasiones se aísla Barack Obama, y que algunos relatan para describir a ciertos argentinos.



Roberto García