COLUMNISTAS

Todo tiene un precio

El enojo de Capitanich con la Auditoría General de la Nación revela la impotencia del oficialismo ante los datos adversos a su gestión que le brinda una entidad independiente.

Aun cuando las ocasiones han sido numerosas antes de hoy, pocas veces como en esta ocasión, corresponde definir al actual gobierno de la República Argentina como una conducción autocrática, esencialmente reaccionaria y pendenciera. Lo ha dicho negro sobre blanco el denominado jefe del Gabinete de ministros, que no puede ser jefe de un gabinete que no existe, pero que ha asumido ese rol para dedicarse a ser el parlanchín cotidiano de unas conferencias de prensa que en lugar de esclarecer confunden. Pero Jorge Capitanich, que es un todo terreno, no le hizo ningún asco a la jeringa, y este lunes 20 de octubre fue por más. A propósito de una información generada por la Auditoría General de la Nación, publicada por La Nación,Capitanich embistió: “La Auditoría General de la Nación es usina opositora”. ¿Por qué? La respuesta de Capitanich es asombrosa: “La Auditoría General de la Nación no es neutral en sus apreciaciones. Los opositores hacen política con esos informes, por lo tanto los informes lo único que tienen es un interés político”.

Se conoce la frase que define el sueño de los autoritarios: un país sin periodistas, y sin periodismo. Esta gente no solamente patrocina una sociedad sin periodistas ni periodismo independiente, sino que patrocina explícitamente una sociedad sin controles. La Auditoría General de la Nación es una institución creada por la Constitución Nacional de 1994 que por la propia definición de sus funciones tiene que estar conducida por la primera fuerza minoritaria bajo cualquier gobierno. Tras las elecciones de 2007, quedó en evidencia que esa primera minoría era la Unión Cívica Radical.Corresponde a un sistema democrático, para preservar los equilibrios y las ponderaciones entre las diferentes fuentes del poder, que haya un organismo de control fuera del alcance del Poder Ejecutivo Nacional. Por una razón muy simple: sería un oxímoron, una contradicción en términos, que el gobierno se investigara a sí mismo; que el auditor estuviera puertas adentro.

Como si todo esto fuera poco, Capitanich aseguró: “Hay que bajarle el precio a los informes de la Auditoría General de la Nación”. (He aquí otro botón de muestra de cómo piensa el Gobierno. La actual presidente, tal y como pensaba su marido cuando fue presidente, considera que la esencia de la política es pagar los costos que sea necesario para llevar adelante un determinado proyecto. Por eso, cuando dice Capitanich “hay que bajarle el precio a los informes de la Auditoría”, está admitiendo que no puede ser comprada la Auditoría, no pudo ser comprada. Este organismo, presidido por el doctor Leandro Despouy, ha venido batallando en soledad, porque los organismos de control de la Argentina han sido desmantelados por el kirchnerismo, para tratar de proporcionarle a la sociedad civil, a los organismos legislativos y a los medios de comunicación información autónoma de la que se cocina en la Casa Rosada.

El denominado Jefe de Gabinete, superó todos los récords de vergüenza institucional. Se quejó porque la Auditoría General de la Nación nunca destaca los grandes logros del Gobierno. Y para redondear su desvarío, dijo: “Los que le levantan el precio a estos informes son los referentes de la oposición”. O sea: economistas, políticos, medios de comunicación. Una vez más la noción de “precio”. Es la ideología profunda, in pectore,del kirchnerismo: como en la vida todo tiene un precio, se trata de tener los recursos para pagarlo, y literalmente, a otra cosa mariposa.

¿Qué había señalado el informe de la Auditoría General de la Nación? Que el 60% de las obras que tienen como responsable de ejecución a la Dirección Nacional de Vialidad, presupuestadas entre 2003 y 2012, no cumplieron con las metas previstas o directamente no fueron ejecutadas. De tal manera que el mismo día que Ricardo Etchegaray, a cargo de la Administración Federal de Ingresos Públicos, tuvo que salir a decir que la Presidente no es socia de Lázaro Báez, Capitanich salió a decir que ni siquiera el único órgano aún subsistente de control de cómo funciona este Gobierno puede seguir existiendo, porque no habla bien de este Gobierno.

Muy atrás y lejos en el tiempo han quedado antecedentes en democracia, por ejemplo, los que labró durante su gestión el doctor Ricardo Molinas, cuando fue Fiscal Nacional de Investigaciones Administrativas. Molinas era no solamente el hijo del gran caudillo demócrata progresista en Santa Fe, Luciano Molinas, sino en sí mismo un amigo personal del presidente Raúl Alfonsín, un hombre de los derechos humanos, un férreo combatiente contra la corrupción, y sin embargo, durante el gobierno de Alfonsín, Molinas no se amedrentó, y le dijo al Gobierno las cosas que había que decir, y sobre todo, no solamente dijo, sino que las investigó. Es que los organismos de control de una democracia verdaderamente seria se caracterizan por ser reticentes con el poder político y, eventualmente, beligerantes. Para eso están, no para agradar, aplaudir, elogiar, tal como le gusta a este gobierno en sus famosas astracanadas en la Casa Rosada, con los llamados chicos de La Cámpora aplaudiendo cualquier tontería.

No lo ha hecho el doctor Despouy, no lo han hecho sus compañeros de gestión, que, como corresponde al texto constitucional, conducen la AGN por pertenecer a la primera fuerza opositora en todo el país, la Unión Cívica Radical. Pero esto no es así para el Gobierno. No es así para sus ideólogos, para sus operadores, que se sienten molestos ante la más elemental mención crítica que se haga. Un Poder Ejecutivo serio, manejado profesionalmente y sobre todo con convicción democrática, en lugar de rasgarse las vestiduras porque un organismo del Estado ha dicho lo que ha dicho, debería responder con números, sin adjetivos calificativos, sin ofuscarse. Debería explicar por qué, en todo caso, estaba equivocada esa versión de la Auditoría. Pero, en lugar de hacerlo, ha salido a perorar su vieja concepción, según la cual todo tiene un precio. Por eso dice que los opositores hacen política con los informes, como si el Gobierno no hiciera política las 25 horas del día desde el 25 de mayo de 2003.

¿A qué se llama política, Capitanich? ¿A contar las cosas como son? Si está tan equivocada la Auditoría, ¿por qué no la desmiente con seriedad, con precisión, con minucias, con respeto por la sociedad? No es ése el pensamiento del gobierno. Por eso no hay que sorprenderse de su admiración por Vladimir Putin y por regímenes que ostentan legitimidad popular por elecciones. Es que el gobierno sinceramente admira y considera que ese modelo de ejecutividad, demagógica, populista, y en definitiva, autoritaria, es lo que más se parece a  su propio relato, su propio disco rígido. 

El enojo de Capitanich con la Auditoría General de la Nación revela la impotencia que siente el kirchnerismo cuando no hay precio que pueda pagar para conseguir el silencio que sigue necesitando, y en cuya ausencia, tanto los enoja, tanto los ofusca, tanto los saca.

(*) Emitido en Radio Mitre, el lunes 20 de octubre de 2014. 



Pepe Eliaschev