COLUMNISTAS TEO SE PELEA CON TODOS, FANTINO ENLOQUECE Y VERON VUELVE A LOS 42

Todos al diván

Durante su carrera, Juan Sebastián Verón impuso, en compañeros y rivales, un efecto aún superior a su propia virtud, que no era poca.

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“El esfuerzo mismo para llegar a la cima basta para llenar el corazón de hombre. Hay que imaginar a Sísifo feliz”  

Albert Camus (1913-1960); de ‘El mito de Sísifo’ (1942).


A ver: 0043 es Austria, 1 es Viena, tá, tá. ¡Llama!

—Hallo. ¿Es la casa del doctor Freud? ¿Puedo hablar con él?

—Sí, es Bergasse 19, Viena. ¿Quién lo busca? Habla su cocinera y le advierto dos cosas. Una: estoy por terminar su rindfleisch con salsa de hongos y en menos de 20 minutos lo tendré sentado a la mesa pues es la hora y ese plato es su total debilidad. Y dos: él odia hablar por este aparato.

(Por fortuna, en esta columna el idioma nunca fue una dificultad).

—Dígale que me llamo Asch y hablo desde Buenos Aires, Argentina. Prometo ser breve.

—¿Agentinien?

(Desde lejos se escuchó el refunfuño del doctor. No tenía ganas de hablar con nadie y menos conmigo. El nombre exótico del país quizá le dio curiosidad)

—Doctor Freud. ¿Quién allá?

—Hola doctor. Soy periodista, y quería consultarlo por dos casos que tal vez le interesen. Uno es el de un periodista, Alejandro Fantino, que muestra cierta similitud con Ernst Lanzer, su célebre caso del hombre de las ratas. Luego de perder con Brasil fue víctima de un grave estado de excitación psicomotriz en cámara y les gritó…

—Bien. Mándelo por escrito, con su historial clínico y lo leeré con mucho gusto. Ahora, si me perdona…

—Es que también quería hablarle sobre Teo Gutiérrez, un colombiano de modales de seda que, en la cancha, se demoniza. Es talentoso, pero su patología no lo dejó...

—Mire Asch. Me espera mi familia con la carne asada a punto y mi salsa de hongos preferida: 150 gramos de champiñones, 50 de gírgolas, dos tomates picados sin piel ni semillas, una taza de crema de leche, un pocillo de caldo de carne concentrada y un leve toque de pimienta y albahaca picada. Así que, como comprenderá, debo dar por terminada esta charla. Mis saludos para usted, para el nuevo señor de las ratas y el colombiano neurótico. Adiós. ¡Clank!

Al menos lo intenté. Probaré con Michel Foucault que tiene mejor humor que Freud y más ahora, que anda por acá cerca, en las playas de Bahía, a punto de dar su conferencia sobre Las redes del poder de 1967. Brasil es 0055, Bahía 71, tá, tá… Listo.

—Ahó. ¿O Panóptico Hotel? ¿Podría pasarme con la habitación de Monsieur Foucault? Obrigado.

—¿Qui parle?

—¡Michel! Soy Hugo Asch, periodista de Buenos Aires. Estoy por viajar a ver tu conferencia Las Redes del poder –mentí– pero antes quería hacerte unas preguntas relacionadas con la cátedra que darás dentro de 8 años, en 1975, en el Collège de France. Será sobre la Historia de los sistemas de pensamiento. Me interesa La anormalidad, una genealogía de lo monstruoso, visto del punto de vista jurídico, médico y político.

—Trabajo en eso sí, pero cómo tú supiste…

—Tranqui, es todo historia. Así son estas columnas. Me interesa el individuo peligroso en tanto monstruo y la caracterización que se hace con los llamados incorregibles. Aquí hay un futbolista llamado Teo y un periodista, Alejandro Fant…

—Perdona, pero se me hace tarde. Debo irme. Cuando estés aquí, hablamos, ¿sí? Una pena que te pierdas la fiesta que organizaron mis amigos. Voy con un tocado igual al de Carmen Miranda. ¡Es divino!

—Una lástima, Michel. No faltará oportunidad, je.

Llevo años intentando descifrar el dilema Teo y nada. Fantino tal vez lo haga por el rating, pero igual impresiona verlo. Debería tratarse. Y yo tengo que encontrar rápido otro tema. Mmm… Lo tengo. ¡El caso Verón!

Durante su carrera, Juan Sebastián Verón impuso, en compañeros y rivales, un efecto aún superior a su propia virtud, que no era poca. Lo manejaba como un maestro. Logró, además, algo conmovedor. Superó al padre, Juan Ramón, prócer del club, jugadorazo que ganó todo lo que había por ganar en los años 60. Sebastián volvió de Europa con 31, inició un camino de títulos y estuvo a minutos de ganarle la Copa Mundial de clubes al Barça de Messi.

Crack, ídolo, símbolo del club, Verón representa, en estado puro, la Voluntad shopenhaueriana. Se retiró y volvió dos veces. Quiso ser presidente y arrasó. Ahora decidió jugar la próxima Libertadores y el torneo local, a los 42 años. Una situación no muy cómoda para Nelson Vivas, el técnico.

“Siempre voy a sentirme jugador de Estudiantes”, dijo Verón, como para que Freud le prepare el diván. La lógica nos dice que no es compatible que un presidente sea, a la vez, jefe y subordinado del cuerpo técnico; o compañero de quiénes contratará, o despedirá, o discutirá por los premios. Salvo que el objetivo sólo sea vender más abonos, toda esta historia parece una locura. Con una diferencia: el propio Verón.

“Never come back”, sentenció Jack Dempsey y Alí fue campeón luego de tres años sin pelear por negarse a ir a Vietnam. George Foreman, harto de estar a los pies de Alí en las fotos de la histórica pelea de Kinshasa, regresó luego de 10 años en 1987 con 38 años, gordo y pelado. Todos se reían de él. Recuperó su título mundial a los 45.

No todos pueden. Hay tipos que vuelven impulsados por el efecto yo-yo y no pueden ni levantar las piernas. Pero, en el fondo, todos lo hacen para seguir siendo. Sergio Palma siempre me dice: “Yo no soy ex, yo soy un boxeador que está viejo para pelear”.

No soy amigo de Verón, ni lo conozco. Pero me atrevo a afirmar que ha sido el futbolista más influyente de los últimos 30 años. Que no se ofendan los riquelmistas: el Enganche Melancólico era el conductor, el virtuoso, el mejor de su equipo. Verón “era” su equipo, su líder: los otros diez corazones latían a su ritmo, con su misma sangre.

Ojalá Verón logre una nueva hazaña. No importa si esta vez no le sale tan bien. Para conocer a un hombre hay que verlo en dos situaciones límites. Si se atreve a hacerlo, aún con todo en contra; y si es capaz de levantarse después de un golpe duro. El resto es cotillón.

Siempre desconfié de los invictos, compatriotas.