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Todos cometemos errores

Es raro –en realidad es cada vez más raro– que alguien reconozca haber cometido un error.

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Es raro –en realidad es cada vez más raro– que alguien reconozca haber cometido un error. Reconocer los errores es difícil, requiere tiempo y no siempre existe la conciencia de que haciéndolo se puede aprender algo sobre uno mismo y sobre la vida en general. Errar es humano dice la parte más indulgente del famoso proverbio, y sin embargo, según un reciente artículo aparecido en The Economist, en los últimos tiempos nuestra capacidad de admitir un error empeoró, porque se multiplicaron las posibilidades de que ello influencie en nuestro comportamiento, en nuestras convicciones y en el comportamiento y las convicciones de los demás en relación a nosotros, aunque los demás también se la pasen cometiendo errores.

The Economist (se dice así, porque es sabido que las notas dce esa revista no llevan firma) cita un estudio de Roland Bénabou, de la Universidad de Princeton (EE.UU.), y del Premio Nobel de Economía 2014 Jean Tirole, de la Toulouse School of Economics (Francia), que está dedicado justamente a nuestra capacidad de aprender de los errores. Según Bénabou-Tirole, las conviciones pueden compararse con los bienes económicos: cada individuo invierte tiempo y recursos para construirlas y por lo tanto les atribuye un valor. Y dado que es algo propio, un valor alto, es decir más valor del que realmente tienen. Algunas convicciones funcionan como los bienes de consumo: más se acumulan, más se construye la propia identidad. Cuando entramos en contacto con nueva información hay posibilidades de que ésta ponga en duda nuestras convicciones, que tanto esfuerzo, tiempo y resursos nos costaron. Por lo tanto somos menos proclives a aceptar la nueva información porque ésta viene a descompaginar nuestras creencias. Es para evitar que una crisis así se verifique que hay que reducir como sea el costo de reconocer un error.

Otro diario de economía, el Econ Journal Watch, abrió una sección en la que se pide a los observadores económicos que cuenten sus previsiones y declaraciones de las que en su vida profesional se arrepintieron. Repetida con regularidad, se trata de una práctica que permite aprender a reconocer los propios errores, atribuirles su justo peso y sobre todo verlos en su totalidad, paso fundamental para llegar a modificar una convicción equivocada. De todos modos, no todos los participantes de la iniciativa del Econ Journal Watch actuan con honestidad: muchos, por ejemplo, tienden a descargar parte de su responsabilidad en otros; otros, en cambio, se muestran más abiertos y dispuestos a asumir sus responsabilidades.

El problema de fondo –y acá volvemos a The Economist– es que en una realidad altamente polarizada, donde a menudo los hechos son secundarios respecto a las convicciones, no siempre es ventajoso reconocer que uno se equivocó. Un político que pide disculpas se expone a las críticas de la oposición, que sólo está interesada en capitalizar políticamente el error de su adversario y no entender que salió torcido y qué enseñanza se puede obtener de ello. Lo mismo vale para los ambientes académicos, donde a menudo las teorías más establecidas y compartidas son reacias a recibir nuevos puntos de vista, incluso aquellos con más fundamentos. El riesgo es que las críticas desaparezcan o se vuelvan cada vez más irrelevantes respecto a a las basadas en convicciones equivocadas, cuya única fuerza radica en ser compartidas por muchas personas.



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